‘Todos somos parte de una misma cosa’

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Enrique Navarro / Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Tiene unos lentes que, aunque necesarios, usa más como accesorio que por prescripción, como si los cristales le estorbaran a esa mirada entrecerrada con la que analiza el mundo, los cuestionamientos que se le hacen y la humanidad.

No es fortuito que, después de José Mujica, la mirada uruguaya más reconocida en el mundo actual sea la de Jorge Drexler, un compositor que, en sus canciones, retrata con sencillez y neutralidad los dilemas del mundo global.

La poesía de este heredero del talento de Mario Benedetti y Eduardo Galeano cautivaron a Joaquín Sabina, quien se lo llevó a vivir a Madrid en 1995, y le valieron dos premios en el Grammy Latino y el Óscar a Mejor Canción Original en 2005.

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En su vida y carrera, representada como microcosmos, Jorge Drexler es el éxodo y la globalización. Nació de un hombre judío alemán y una mujer de raíces asturianas y creencias católicas.

En 1972, el mismo año en que José Mujica era apresado por su pertenencia al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, el Ejército de la dictadura “cívico-militar” allanaba la casa de una familia izquierdista en la que convergían judíos, católicos y emigrantes.

En esa vivienda, a sus ocho años, Jorge aguantó la presión de un interrogatorio, y guardó en secrecía el lugar en el que su padre escondía una pistola. Fue una pequeña victoria que duró siete años y, en 1979, la familia tuvo que huir a Israel, donde vivió la adolescencia.

De regreso a Uruguay, tras la caída de la dictadura en 1985, Jorge se convirtió en médico cirujano.

Pero lo suyo era la música. Estudió las décimas para compartir sus sentimientos en verso, aprendió guitarra para musicalizarlos y nunca dejó de cultivar su espíritu revolucionario.

En 1995, invitado por el español Joaquín Sabina, se mudó a Madrid para forjar carrera y concebir tres hijos españoles. Uno fue con la compositora Ana Laan y otros dos con su actual cónyuge, la actriz y cantante Leonor Watling.

“Me fui a España en el 95 y, hasta el 2004, fui el peor vendedor de discos de mi generación”, dice sin empacho.

Durante nueve años, se movió en un circuito de bares, mientras a su alrededor florecía la industria discográfica. Los más exitosos vendían 300 o 400 mil copias, él ni preguntaba, porque no pasaba de 4 o 5 mil.

“Aprendí a no preocuparme por las ventas, a no compararme con los colegas que vendían más discos, sino conmigo mismo. Aprendí a preguntarme: ‘¿de dónde vengo yo?’, de hacer guardias de 24 horas en un hospital, de trabajar en el quirófano tres veces por semana…. Ahora, estoy en una camioneta con dos músicos que son mis vecinos, que los quiero, y vamos a tocar en Valencia, donde hay 60 personas que quieren escuchar el concierto…’. Y fui muy feliz con el cambio vital. Podía vivir de mi música. Me había comprado un coche de segunda mano con 200 mil kilómetros y 10 años de vida, pero nunca había tenido un auto propio. Tuve un hijo y lo podía mantener, aunque me ajustara el cinturón”, recuerda.

Hoy, Drexler canta en inglés, español y portugués, escribe sobre cualquier rincón del mundo, y sus letras se desperdigan en todo tipo de géneros y voces.

Ha compuesto para la argentina Mercedes Sosa, la colombiana Shakira, el cubano Pablo Milanés y los españoles Ana Belén, Víctor Manuel, Ana Torroja y Miguel Ríos.

En mayo, el uruguayo grababa en México su nuevo álbum, Salvavidas de Hielo, cuya creación se basó únicamente en las sonoridades de la guitarra. Compartía una vez más su talento con íconos de otras latitudes: la veracruzana Natalia Lafourcade, la tijuanense Julieta Venegas y la chilena Mon Laferte.

Y representaba, además, un nuevo acercamiento al internet, donde ya antes había desarrollado el mini álbum N, en formato de aplicación web. Jorge irá develando sus canciones vía Facebook Live, de una en una, hasta el lanzamiento oficial programado para el 22 de septiembre. El primer tema, Telefonía, lo dio a conocer el 6 de julio en un lanzamiento global a través de la red social.

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De manos de Prince, en 2005, Jorge Drexler recibió la estatuilla a Mejor Canción Original por Al Otro Lado del Río, de la cinta Diarios de Motocicleta, pero La Academia no le permitió cantar el tema, por considerar que aún no era una personalidad reconocida. Y la canción fue interpretada por Antonio Banderas, acompañado de Carlos Santana.

Al recibir el premio, Drexler hizo una reverencia a Prince y cantó en español, como discurso de aceptación, las primeras estrofas de su melodía.

Clavo mi remo en el agua / llevo tu remo en el mío / creo que he visto una luz / al otro lado del río…

Su rebeldía fue premiada con aplausos en el Teatro Kodak y, a la fecha, el video de aquella polémica acumula vistas en YouTube, gracias a una globalización que, para él, no termina por ser buena o mala.

“Yo tengo un concepto neutro de la globalización. Ni bueno ni malo. Depende qué globalizas, ¿el hambre o los derechos del niño? En el mundo, se han globalizado las vacunas… y hoy es más difícil tener un esclavo, en comparación a hace 500 años. Es más difícil ser un dictador hoy en día, porque la gente tiene un teléfono que es un arma poderosísima para documentar injusticias”, dice en entrevista.

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Si los lentes de Jorge Drexler se intercambiaran por los de una cámara montada en un satélite espacial, no habría cambios en su filosofía, a pesar de la distancia.

A la lejanía se aprecia un único globo, sin fronteras, en el que el común denominador es la humanidad.

El uruguayo cita al filósofo español Fernando Savater y al catedrático israelí Yuval Noah Harari, y su discurso se asemeja al de su admirado ex presidente Pepe Mujica, quien aseguraba que “o gobernamos la globalización, o la globalización nos gobierna a nosotros…”.

Sentado en una sala de los Estudios Noviembre, en Naucalpan, Drexler coincide con el ex presidente.

“Cuanto más nos parecemos a alguien, más hincapié hacemos para diferenciarnos. Y creo que en esa encrucijada se juegan muchas cosas del mundo hoy, porque, como dice Harari en sus últimos libros: la mayor parte de los problemas reales en el mundo, como el calentamiento global hasta el problema migratorio en Europa y Latinoamérica, no se pueden resolver si no es de manera global.

“Tenemos que entender que todos somos parte de una misma cosa. No vas a resolver un problema global de manera local. Tenemos una economía totalmente comunicada, pero tomamos las decisiones políticas de forma separada en problemas importantísimos”, reflexiona.

La tesis de Drexler sobre el mundo global cabe en frases sencillas, como: mirando de cerca hay diferencias, pero de lejos, no.

Y su música, esa que va de la milonga a los ritmos colombianos, que es cantada por Sabina o interpretada por la pop star Shakira, confirma sus hipótesis.

“No soy ni embajador ni tengo una función clara. Pero me he dado cuenta de que mis canciones van en esa dirección. La música es una disciplina empática”, dice este judío charrúa que vive entre gallegos y nació en un país con el nombre de un río.

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Las gafas de Jorge Drexler descansan sobre la mesa, puestas con cuidado, como en tregua, pues diario van de un lado al otro.

El cantante suele llevárselas al bolsillo de la camisa cuando las considera inútiles, las sostiene con la misma mano con la que se lleva la taza de café a los labios, y sus patas se abren y cierran incontables veces.

“Hace unos años que me cuesta ver de cerca por la presbicia, la vista cansada. Tengo que usar gafas para leer… Antes, cada vez que mi madre tenía que enhebrar una aguja me llamaba a mí, que tenía la mejor vista de la familia. Pero ahora me cuesta…”, dice.

Juega así. Va y viene entre sus recuerdos y su filosofía. Entre la anécdota personal y la conceptualización del mundo actual.

“Tenemos todos, de hace 150 mil años, una tátara-tátara-abuela que estaba en África y que, a través del ADN mitocondrial, que sólo transmiten las madres a los hijos, nos fue dejando huellas hasta hoy. Y, si te pones a ver, tenemos genes de todos lados, y más en Latinoamérica. Tenemos de África, Europa, indígenas precolombinos, que a su vez vienen de Asia, de un tiempo anterior…

“Mira: para acabar con la xenofobia, las bibliotecas y, ahora, los exámenes genéticos, para dejarnos de tonterías. Tenemos muchas cosas más en común de las que nos gustaría ver”.

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