Lejos, al caer la tarde, el navegante miraba el horizonte rojizo desde la torre vigía. Barruntaba una gran tormenta, pese a que el cielo estaba sin nubes. Le dolía el palo de su pierna y eso significaba demasiada agua para tragársela de golpe.

Las velas apenas se mecían en el escaso viento, parecían odres vacíos a los que se hubiese exprimido casi la última gota de ron. La tripulación yacía en la cubierta adormilada por un calor achicharrante, que se mantenía constante desde la mañana sin apenas variación perceptible para la piel de aquellos miserables.

Dio un grito desde allí arriba para que despertaran y se apresurarán a arriar las velas y cambiar el rumbo; maniobras que solo aminorarían el impacto, pero que podrían ser insuficientes para evitar la tragedia que llevaría al buque y a sus tripulantes al fondo del océano.

Los marineros, que conocían perfectamente al hombre que los guiaba y sus previsiones acertadas, se pusieron manos a la obra de forma inmediata y con un afán que se hubiese considerado, momentos antes, imposible.

Apenas habían terminado con el trabajo ordenado cuando estalló el huracán con una fuerza monstruosa. Poco quedaba por hacer y cada cual buscó su salvación en algún rincón y encomendándose al santo patrón de su preferencia. Su máximo temor era morir ahogados.

El capitán se ató férreamente sus dos manos de Sansón al timón. Gobernaba su nave solo cuando el peligro iba de a deveras. Todos en el barco, al alzar los ojos, entre la cortina de lluvia que arreciaba llevada por el fuerte viento, veían al fiero luchador que los guiaba y lo admiraban.

Era el único que confiaba en su valor en aquellos momentos terribles.

72 horas duró la tormenta y en todo aquel tiempo en ningún momento se rindió el capitán pirata. Cada seis horas se le acercaba un hombre, por turno, para llevarle un té, que fue su único alimento mientras se encontraron en peligro de fenecer.

Más de uno de aquellos valientes cayó al mar al intentarlo, sin que nunca más se supiera de su suerte.

Después de la tormenta vino la calma y con ella el adormecimiento general de la marinería. Sobre todo, porque el héroe de esta historia yacía tirado en su camarote, donde permanecería toda una semana.

El Royal Fortune no se hundiría en aquella ocasión. No lo haría hasta un año más tarde, en las costas africanas de Cabo López, Gabón, a manos del HMS Svallow gobernado por Chaloner Ogle. Esto sucedió la mañana del 10 de febrero de 1722. Terminó así la suerte del capitán galés Bartholomew Roberts, uno de los piratas más temidos entre los oficiales de los buques reales.

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