No hay cosa tan complicada como ganar. Para muchos, la victoria es un objetivo; para otros, una consecuencia satisfactoria. De cualquier forma, cuando la gloria entra en su ocaso comienza a gestarse el inevitable demonio de la expectativa propia y ajena. Dirían por ahí: “Lo difícil no es llegar, sino mantenerse.” Hemos ganado, ¿ahora qué?

Piénsese en los grandes deportistas que nos tienen habituados a verlos ganar. Daría la impresión de que para ellos salir airoso de un partido o competencia se vuelve rutinario, “un día más en la oficina”. Por eso, cuando el titán es vencido se convierte en noticia y la opinión pública se le lanza como al peor de los tiranos.

Dado que los equipos de futbol suelen disputar varios torneos diferentes –de manera consecutiva a nivel de clubes–, la jerarquización de las competencias es latente e incluso lógica: el campeonato más deseado es el más difícil de conseguir. Esto no ocurre únicamente por la condición de rutina al momento de levantar copas menos competitivas, sino que hacerse del trofeo más pesado da un mensaje de superioridad hacia los rivales.

A la banalización de las competencias que son “triunfo seguro” para equipos fuertes le llamaremos torneo ingrato. Hemos visto algunos de estos casos a lo largo del presente año futbolístico. Barcelona, Juventus y París Saint-Germain fueron campeones de sus respectivas ligas domésticas, lo cual quedó eclipsado por las eliminaciones en la Copa de Campeones. Esta tercia domina en ligas locales, por lo que su conquista ha perdido relevancia.

Lo mismo ocurriría, por ejemplo, si México gana la Copa Oro: la obligación de reafirmarse como los gigantes de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Futbol (Concacaf) funge como motivación más allá de un deseo genuino por hacerse de la Copa en cuestión. En contraste, de darse un resultado fuera de lo previsto se creará un vendaval mediático que señale a posibles responsables y pida la cabeza de dos o tres jugadores.

La contraparte del torneo ingrato sería el torneo fetiche, aquel que obsesiona a jugadores y equipos, y que suele convertirse en un calvario cada vez que no se conquista. Para los europeos antes mencionados es la Champions; para la selección mexicana, la Copa del Mundo –concretamente, llegar al alucinado quinto partido–.

La naturaleza de los torneos ingratos se centra en que cobran relevancia solo cuando no se conquistan. La derrota es noticia, mientras la victoria es costumbre. Así de complicado es ganar: te obliga a ser humilde y desprenderte de la costumbre de ser el número uno.

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