El paso por instituciones ligadas a la salud pública me hacen recordar cuestiones que, al sumarse en el transcurso del tiempo y lugar, nos da una pista del porque hoy pocos sentimos la seguridad por nuestra salud.

Recuerdo que la normatividad federal relativa a la inversión para la construcción de hospitales, clínicas o casas de salud, obligaba a quien solicitaba inversión para la construcción el tener primero comprometido el recurso para la operación. Sino, nomás no pasaba su solicitud. Eran tiempos de mayor disciplina burocrática, y menos ambición entre los gobernantes.

Pero, a raíz de la transferencia de los recursos y atribuciones del gobierno federal hacia los estados, estos laxaron los criterios y con ello iniciaron lo que hoy vemos por todo el país: elefantes blancos de todos tamaños. Hospitales abandonados que solo sirven como monumentos a la corrupción y la impunidad.

Hidalgo tiene muchos. Las últimas dos décadas han sido de un saqueo criminal de los dineros para la salud, la educación, la vivienda y casi todo.

Quien quiera explicarse por qué de nuestra fragilidad y vulnerabilidad con nuestra salud, baste con que se asome a cualquier centro de salud hidalguense, (ahí donde se debe prevenir y complementar la educación en el cuidado de la salud) y verá que reina el desorden. Edificios envejecidos, mobiliario caduco, personal sindicalizado que en su mayoría solo hace antigüedad. Y esto lleva a que los que saben que el presupuesto asignado tiene la obscura ventaja de la severa dificultad para poder ser evaluada y verificada en su total y correcta aplicación, así como en educación cobran por alfabetizar varias veces al mismo individuo, en salud también se dificulta auditar, por lo tanto, ¡ahí está el negocio! Recuerdo a buenos médicos como secretarios de Salud, Irma Eugenia Gutiérrez, o al doctor Jonguitud, por ejemplo. Pero también, aberraciones como el poner a un notario público o un agrónomo, o un abogado, al frente de tan delicada labor.

Se perdió el rumbo desde que los políticos como Jesús Murillo interpretaron esta tarea como la posibilidad de acomodar a sus adeptos, aunque ineptos. Se “evolucionó” a las facturaciones de los medicamentos al mil por ciento más caras. Se perdían los cheques dentro de la misma secretaría y nunca pasó a mayores. Se olvidaban de comprar las vacunas, como hoy se supo que el doctor Chong Barreiro nunca recibió los reactivos requeridos para hacerle la prueba que Fayad exigía, ¡porque Fayad no los había comprado! Y la salida espectacular del gobernador fue lo que nunca se debe hacer: ¡Cambiar de caballo a mitad del río! O dar positivo, cuando tu obligación es mantenerte sano para guiar a buen puerto a tu pueblo.


En fin. Será lo que tenga que ser. Educación para la salud pública no hay, porque nadie la ha fomentado con profesionalismo. ¿Miedo? ¡Tampoco lo hay! Pues ya tenemos el remedio para el espanto. Y si no me creen, vengan a ver cómo sigue actuando la Secretaría de Salud del gobierno estatal acá en la Sierra y Huasteca. Sin médicos, sin materiales y medicamentos, por eso los campesinos de Las Piedras, Orizatlán y sus alrededores vienen en turba y se llevan a los inocentes empleados de la jurisdicción sanitaria (lo de inocentes es porque nunca hacen nada), pero sobre todo con un total desorden. Desorden que significa el gran negocio para los que afilan las uñas e ir por los votos usando la estructura humana de salubridad. Pedir a todo empleado que labora por contrato y que cuando se acerca una elección la contratación se multiplica, un listado de familiares comprometidos a votar por el PRI será la gracia próxima a ver, ¡si el Covid-19 nos lo permite!

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