No es secreto que Wittgenstein figura entre los personajes más controvertidos de la filosofía y que su obra ocupa un lugar protagónico en el pensamiento moderno. Además de haber heredado una fortuna que dejó a sus hermanos para dedicarse a la docencia rural, luego de ser artillero voluntario en la primera Guerra Mundial, donde fue hecho prisionero, para regresar a Viena, donde se dedicó a la jardinería, de no ser porque Moritz Schlick del Círculo de Viena fue en persona para visitarlo y prácticamente rogarle de rodillas que contribuyese con su participación al Círculo.

Lo que Wittgenstein ignoraba es que el Tractatus logico-philosophicus fue el objeto de prácticamente todo el espíritu detrás del Círculo, pese a que se trataba de un texto publicado sobre todo con la ayuda de Bertrand Russell y en el que Wittgenstein llegó a postular –por influencia de Russell– que la principal obligación de la filosofía debería apuntar hacia el esclarecimiento de todo aquello que la ciencia no puede comprobar, así como las lagunas del propio pensamiento científico.

Schlick y todos sus afiliados no solo estaban por completo con el uso del Tractatus como un modelo de trabajo, ambiciaban que la lucidez de Wittgenstein fuese por sí sola una postura que debía orientar el carácter de todas las producciones teóricas creadas bajo el amparo de la obra de su autor.

El sistema de proposiciones a partir del lenguaje como un sistema molecular desde el que debían desprenderse todas las variantes que sirviesen a la construcción de un modelo complejo, gracias a que Wittgenstein no se encontraba presente, fueron tomadas casi como un libro de máximas, cuando el autor no pretendió que se llevaran de tal forma.

No obstante, gracias al reencuentro con el Circulo de Viena, Wittgenstein decidió volver a su lecho de origen en la filosofía y eso representó un segundo momento en la obra del pensador alemán, en La filosofía del lenguaje ordinario, cuyo atributo central fue oponer todas aquellas suposiciones hechas a partir de lo elaborado el Tractatus…, salvo porque en la práctica, su nuevo trabajo llegó hasta el punto de oponerse con la estructura de su título anterior.

De temperamento explosivo y bastante veleidoso, se sabe que Wittgenstein podía arremeter con argumentos de una calidad y énfasis fuera de serie, dada su capacidad para argumentar con razonamientos muy bien estructurados, además de contundentes. Por ese renglón, sus gustos musicales, de lo que se conoce, formó parte de su melomanía, aunque no son parte de un cuerpo abundante, llama la atención la elección estilística de las obras en que se fijó.

Por una parte, sin importar el título de su elección, cada obra de sus favoritas era muy tendiente a un rasgo característico y era esa faceta “puntuada”, de literal contrapunto para subrayar la evolución de las notas sobre los compases, sobre un instrumento protagónico, cuando no le daba importancia al conjunto en el que se ventilaba una especie de efecto general sobre el cuerpo de la composición.

Como pocos filósofos de los que se tenga registro, de la misma forma que sus textos tenían un componente puntual, aforístico y que constituyen una de las referencias centrales del pensamiento europeo de preguerra, la música refleja también la capacidad de Wittgenstein para identificar el gusto con las operaciones abstractas que lo distinguieron.

Pasa lo mismo por el Concierto para violín de Félix Mendelssohn, que bien podría considerarse meloso y reiterado en su carácter, con la representación de autores relativamente oscuros pero de la preferencia clara del autor: Josef Labor, Yvette Guilbert, hasta L’Arlesienne de Bizet, contra el lugar común que supone Carmen.

Quién imaginaría que una de las posturas más complejas del pensamiento puede muy bien ver su reflejo en una selección musical tan análoga, así como dispar.

Correo: [email protected]
Twitter: @deepfocusmagaz

Comentarios