…porque todos pudieron tener sus muy particulares incógnitas sobre la operación pero, había una que seguramente compartían todos, y es que el doctor aún no les había dicho qué o cómo funcionaría la dichosa trampa para atrapar luciérnagas

–Por supuesto que el reto no es menor, deben procurar que el silencio rija su operación, algo que evidentemente es más sencillo cuando no van acompañados, pero esa posibilidad está descartada, necesitan uno del otro para atraparlas a todas, así que deben ingeniárselas para no comentar sus impresiones en el momento, porque, júrenlo, lo estarán, estarán tan impresionados y embelesados con tanta belleza que corren el riesgo de sucumbir en la hipnosis de su luminiscencia.

–Ammm, perdón, yo tengo una pregunta.

–¡No! ¡Ya dije que no hay preguntas! No ahora. A ver, juro que si me hacen repetirlo de nuevo, esto se cancela. Es el silencio muchachos, ¡la escucha y la contemplación! Son claves insoslayables para el encargo. Lo de hoy es entrenamiento, por eso les decía que debían escuchar todas las instrucciones sin interrumpirme, sus dudas u opiniones, se las guardan en el pecho y las despejan cuando termine la jornada silenciosa. ¿Está claro?

–¡Sí!

–¡Que no me respondan en voz! Limítense a asentir con la cabeza, se los ruego. Eso es. Así. ¡Vaya! ¿Sí que es complicado mantener la boca cerrada, no? Ya lo verán, no es imposible, y cuando lo logren, serán capaces de subir a ese sitio sin que ellas lo noten.

Verán, hasta las bestias más salvajes saben, en su instintivo actuar, que la cautela es vital para hacerse de su presa, ¿recuerdan cómo los feroces felinos guardan las garras entre las acolchonadas almohadillas de sus patas para reducir el ruido? Hasta moderan su respiración, son fríos estrategas, ustedes cuentan con la ventaja de tener algo más que instinto, son seres pensantes, capaces de analizar y elegir entre un mar de opciones. Ahora sigan por aquella vereda, como podrán ver, hay demasiada hojarasca, este es un factor que jugará en su contra, sobre todo para quienes persiguen el absurdo placer de sentir el crujir de las hojas muertas bajo sus pies; de una vez les digo, absténganse, dejen de arrastrar las botas y depositen las plantas con la máxima mesura, ténganlo claro, este es el bosque silencioso, imaginen que su vida depende de garantizar que lo siga siendo, eviten emitir el más discreto sonido, no importa lo lento que deban avanzar, ellas estarán ahí toda la noche. Cuando ingresen en su territorio aún tendrán luz diurna, aprovéchenla, en los primeros minutos ya podrán ver a un par de ellas revoloteando en los arbustos de manera esporádica, conforme continúen habrá más y cada vez más hasta que ustedes se conviertan en navegantes de un mar puntillista de luces intermitentes. Queda estrictamente prohibido tocarlas, ellas sí pueden tocarlos a ustedes, desde luego, y cuando eso suceda, imitarán la condición de las estatuas para no incomodarlas. Al llegar a la cima, cuando la Luna se proyecte en dirección cenital, coloquen la trampa, asegúrense de que cada esquina quede perfectamente atada a un objeto estable; habiendo hecho esto, su misión habrá terminado. Todo lo que dije es todo lo que tendrán que hacer, todo esto y no más. Ahora volvamos.

El equipo caminó cuesta abajo por el bosque silencioso, cada uno sosteniendo en su interior la dosis de intriga que el doctor había sembrado en ellos, porque todos pudieron tener sus muy particulares incógnitas sobre la operación pero había una que seguramente compartían todos, y es que el doctor aún no les había dicho qué, con qué o cómo funcionaría la dichosa trampa para atrapar luciérnagas. Todavía faltaba un par de kilómetros para volver al campamento cuando el choque de dos nubes cargadas adelantó la inminente precipitación que ya se advertía al comienzo del recorrido. El repentino golpe climático los obligó a refugiarse en una reducida cueva, en espera de que la lluvia cediera, y cedió, pero no antes que el Sol ante la noche anticipada.

La brigada abandonó con sigilo la cueva con la intención de reanudar el camino de vuelta, pero en un abrir y cerrar de ojos ya estaban colmados entre una alucinante danza de incontables luces. El doctor les hizo señas para indicarles que era el momento y los incitó a proceder con la operación. No tuvieron más opciones, confundidos, aplicaron todas las medidas que horas antes les habían pautado.

Uno detrás de otro, siguió, cauteloso, con pasos muy conscientes y cadenciosos, sin concertar el menor indicio de interacción, justo como lo dijo el doctor. Y justo como él se los narró, en ese mismo orden ocurrió todo a su alrededor, todo, menos la última escena, la de la cima, la de la Luna en cenit, la de la colocación de la trampa, la de asegurarse de que todas las esquinas de no sé qué quedaran bien atadas. Ninguna de las imágenes que cada brigadista se formó en la mente de lo que sería la culminación de su encomienda coincidió con lo que cada uno tuvo que vivir sin opción a contar.

El silencio prescrito y suplicado al equipo para una temporalidad ensoñadora terminó en un frío mutismo sin retorno. No puedo ni imaginar cuántas intrigas se quedaron atrapadas en esos jóvenes pechos que quedaron separados de sus extremidades repartidas en aquella cima sangrienta.

A 28 días de la masacre del bosque silencioso, no faltan las voces imprudentes que atinan a presuntas prácticas de canibalismo a quien, también presuntamente, habría mostrado falsas credenciales de biólogo doctor para perpetrar el crimen, otros, los más atrevidos, aseguran que aquel hombre mutiló los cuerpos para ofrecerlos en una terrible ceremonia oscura a la luz de las luciérnagas. Si me preguntas, claro que no lo creo.

@AlejandroGasa
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