El artículo de esta semana titulado “Entre Dios y la ley”, del investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo Enrique J Nieto Estrada, corresponde al libro colectivo Transgresión y educación, siglos XVI-XIX, que es producto del seminario permanente religión y sociedad generado en 2014 y en el que participan académicos de las instituciones Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), delegación del Instituto Nacional de Antropología e Historia en Hidalgo y del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (ICSHu) de la UAEH.

A decir de Enrique Nieto, el día de hoy vemos como natural e inclusive como sana la separación entre el Estado y la Iglesia, binomio que operó de manera conjunta durante todo el virreinato de la Nueva España y que facilitó una forma de dominio muy eficiente, pues ambos entes estaban alineados en sus códigos, castigos y formas de hacer justicia que inclusive se complementaban.

En su descripción, el investigador agrega que no fue sino hasta mediados del siglo XIX cuando México vio el gran esfuerzo de separar la esfera del gobierno de la religiosa, entendidas entre lo público y lo privado. El medio para imponer esa separación costó sangre de mexicanos que, con una inmensa mayoría de católicos superior al 99 por ciento, vio como una imposición la aprobación y ejecución de un cuerpo jurídico que consideraban que ultrajaba a la Iglesia católica, que les prometía una eternidad en paz, y en aras de ella arengó a sus seguidores a confrontar al Estado.

Para sustentar su argumento, Nieto Estrada refiere a la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, que significaron la real ruptura con el antiguo régimen, en donde ambos poderes se enfrentaron y emplearon todo tipo de artilugios para vencer a su contrincante.

El Estado, por su parte, obligó a todos sus trabajadores a prestar el juramento a la Constitución de 1857 y las leyes que emanaran de ella, considerada no solo de corte abiertamente liberal, sino inclusive anticlerical. Aquellos que se negaran a prestar dicho juramento quedarían cesados de sus trabajos e inclusive serían considerados delincuentes y enemigos del Estado.

El artículo “Entre Dios y la ley” cita que por su parte, la Iglesia católica, que antes de que se conformara el Congreso Constituyente de 1856 que tenía como fin la redacción de una nueva constitución que sustituyera a la de 1824, pidió a toda su feligresía que el espíritu santo orientara a los diputados para que aprobaran una carta magna que reconociera a la católica como religión única, como lo habían hecho los cuerpos legales anteriores, desde los Sentimientos de la Nación escritos por Morelos o la misma Constitución de 1824.

Sin embargo, no fueron suficientes los rezos católicos, ya que el proyecto de la Constitución de 1857 era abiertamente anticatólica, y su artículo 15 negaba la supremacía de la religión Católica y dejaba de considerarla la única y de Estado.
Ante la presión católica, el Congreso Constituyente tuvo que matizar dicho artículo 15,

disgregando en otros las ideas liberales y quitando de plano las más “anticatólicas” que solo fueron retomadas tres años más tarde con la Ley de Libertad de Culto de 1860.
A pesar de ello, el arzobispo primado de México de la época consideró que la Constitución de 1857 era lo suficientemente enemiga de la religión Católica y prohibió que cualquiera de ellos la jurara como había quedado establecido en la misma ley. La pena por ese desacato era la excomunión, dejando a las almas de los juramentados al Infierno eterno.

En ese sentido, los trabajadores del Estado que profesaban la fe católica se vieron en un gran dilema: salvar el alma o guardar su trabajo, para muchos la única fuente de manutención.

Por lo tanto, formalizar a través de un juramento (en una sociedad en la que la palabra tenía una significación que comprometía la honorabilidad), cumplir con ese nuevo cuerpo legal y hacerlo cumplir significó para los católicos un caso de conciencia muy grave, pues lo que ponían en juego era su salvación eterna. Algunos de ellos se negaron, con lo cual perdieron sus trabajos y otros incluso fueron a la cárcel.

Otros más prefirieron jugar con el tiempo y realizaron el acto protocolario, pero cuando su conciencia se lo reclamó, hicieron público su repudio; otros más, para poder recibir algún sacramento como el matrimonio. Esto refleja un episodio de gran relevancia en la historia de México y que significó el inicio y consolidación del proyecto liberal, mismo que el día de hoy nos garantiza algunas libertades y derechos en materia religiosa y que, sin lugar a dudas, perfiló la política del Estado mexicano hacia los cultos religiosos, la tutela de la libertad de cultos y las relaciones con las iglesias. Sin embargo, esas libertades logradas se cimentaron en el dolor, angustia y rabia de la mayoría católica mexicana de mediados del siglo XIX, y esas voces que se levantaron y no pudieron impedir las reformas del gobierno liberal hoy vuelven a escucharse para mostrarnos el otro lado de esa lucha, muchas veces acalladas por la historia oficial que sobrepone los logros alcanzados en materia de libertad religiosa y no supeditación del Estado a ninguna iglesia a pesar del sentir de parte de un pueblo mayoritariamente católico que tuvo que decidir, en diferentes momentos e intensidades entre la vida pública, las libertades y su conciencia y apego a las normas de su religión.

Dentro de la investigación, Enrique Nieto comenta que la Iglesia Católica implementó una vía de salvación para todos aquellos que se sintieran en esa terrible disyuntiva entre elegir la salvación de su alma o la conservación de su libertad o de su trabajo: la retractación, que era hacer manifiesto ante un párroco u otra figura de autoridad del clero un repudio al acto de haber jurado la Constitución de 1857 o haber comprado bienes desamortizados. Para que tuviera eficacia, debía el penitente redactar y firmar de puño y letra que se retractaba de haber prestado dicho juramento y que haría todo lo posible para no obedecer esa ley en lo que fuera anticatólico y que autorizaban a la Iglesia para hacer pública su retractación, en particular a los jefes de los retractantes y demostrar la fidelidad de los católicos a su Iglesia.

Sin embargo, no siempre se hicieron públicas esas retractaciones, pues a la Iglesia católica le convenía tener a sus leales feligreses dentro del gobierno y fueron resguardadas en los archivos eclesiásticos y utilizadas de acuerdo con la conveniencia de la Iglesia. Incluso se podían ver ese tipo de manifestaciones en la prensa mexicana de la segunda mitad del siglo XIX, donde se hacían públicas dichas retractaciones.

Lo que expone el trabajo de Enrique Nieto “Entre Dios y la ley” dentro del libro Transgresión y educación, siglos XVI-XIX, coordinado por Felipe Durán y Elena Díaz Miranda, bajo el sello editorial de la UAEH, es parte del drama al que se enfrentaron los mexicanos católicos del siglo XIX que tuvieron que elegir entre cumplir la ley de los hombres o la de Dios.

Con ello en mente, ese trabajo es una invitación a pensar en nuestra libertad de culto, en la separación entre Iglesia y Estado, en un Estado laico que no favorece ninguna religión y sí la protección de todo aquél credo que se constituya de forma legal y comprender los procesos históricos por los que tuvo que pasar México para que el día de hoy, aún con sus asegunes, pueda considerarse como una nación plurirreligiosa, donde al menos en las leyes se consagra como un derecho humano la libertad de credo, aunque la génesis de ese episodio haya sido dura, con angustias y sangre derramada, pero que hoy nos perfila a la tolerancia y respeto del ejercicio de cualquier religión.

La libertad de culto religioso y demás garantías individuales y sociales inscritas en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos fincan las bases de la organización de nuestro sistema político y marcan la historia de la libertad y soberanía del pueblo mexicano.

Conservar las libertades y la autonomía en nuestra universidad permitirá a esta desarrollar su proyecto de largo alcance y, en consecuencia, cumplir con el compromiso social de atender la educación superior, generar la ciencia, difundir la cultura y vincular sus acciones con la sociedad.

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