En el imaginario social prevalece la percepción, cada vez más grave de desesperanza, incertidumbre, miedo; la paciencia ciudadana ha sido llevada al extremo, ese contexto, por sí asfixiante, se hace acompañar de sustancias políticamente inflamables como la pobreza, la precarización salarial, el desempleo, la violencia criminal; que definen hoy al país, en medio de ese difícil escenario, poco más de 85 millones de mexicanos saldrán a votar el primero de julio. Con qué impulsos, emociones y temores definirán su voto, muchos electores cruzarán la boleta con enojo, rabia, perfectamente entendible; otros más con la ilusión del cambio, habrá temor, desesperanza, también resignación o defensa férrea del modelo económico-social. Sin embargo, hasta ahora, los estudios demoscópicos auguran la transición, la inquietante pregunta es: ¿transición para qué? transición hacia dónde, de los cerca de 130 millones de ciudadanos que constituyen el universo poblacional, la mitad vive en el espacio clasemediero, la otra mitad en la pobreza. Es decir, cohabita al mismo tiempo el México que encuentra en la globalidad su razón de ser, políglota, productivo y competitivo que exporta un millón de dólares por minuto, que se plantea como meta producir 5 millones de automóviles para 2020, y el otro México, el de la pobreza, la exclusión, subempleo, economía informal, en medio de esa polarización cuál debe ser el modelo de desarrollo de los próximos años. Los tres candidatos más visibles han planteado dos visiones de país: la primera, insiste en mantener como eje articulador al modelo neoliberal, la otra ha sido insistentemente calificado de populista. El primer modelo, que ha sido largamente tratado y discutido, es abordado en un texto reciente por Wendy Brown, profesora de ciencias políticas en la Universidad de California, Berkeley, en ese documento (“El pueblo sin atributos”), la autora destaca: el neoliberalismo ataca los principios, las prácticas, las culturas, los sujetos y las instituciones de la democracia, el neoliberalismo, nos (re) confirma la profesora, menoscaba las expresiones más radicales de la democracia. El argumento del texto no es solo que los mercados y el dinero corrompan o degraden la democracia, que las finanzas y el capital corporativo dominen cada vez más las instituciones y los resultados políticos, o que la plutocracia esté reemplazando a la democracia, la razón neoliberal está convirtiendo el carácter claramente político, el significado y la operación de los elementos constitutivos de la democracia en algo económico. En el caso particular del país, sus efectos se traducen en los dos “méxicos” de lo que se ha hablado.
La otra visión es señalada de populista, aquí lo primero que se debe hacer es aclarar cuáles son los contenidos, alcances y límites del concepto, para ello es conveniente recuperar la definición que el entonces presidente Barack Obama planteó el 30 de junio de 2016, frente al Primer Ministro canadiense Justin Trudeau, y el presidente mexicano Enrique Peña, ahí, afirmó “no estoy preparado para conceder razón a la retórica contra el populismo (…) cuando este tiene que ver con proteger a las personas vulnerables frente a los grandes intereses corporativos, garantizar oportunidades educativas independientemente de la riqueza, o garantizar condiciones justas para los trabajadores. Supongo que todo eso me hace un populista”. Esa interpretación se puede ajustar perfectamente a la realidad mexicana. Existen otras definiciones del término, por ejemplo, la que ofrece Jan-Werner Mûller, en ¿Qué es el populismo? (texto que será abordado en otra entrega). Esas dos visiones polarizadas realizan un diagnóstico y proponen un cambio profundo en México. El primero de julio los mexicanos deben decidir si optan por la transición o la continuidad.

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