Trastornos de la conducta alimentaria en la adolescencia

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Anahí Gaspar y Rebeca Guzmán

La alimentación y la elección de alimentos es un fenómeno complejo que no solo está determinado por factores biológicos y nutricionales, pues elementos sociales, psicológicos, económicos, culturales y simbólicos influyen en las conductas de alimentación del individuo.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) la nutrición es la ingesta de alimentos en relación con las necesidades dietéticas del organismo. Una nutrición adecuada (es decir, una dieta suficiente y equilibrada combinada con el ejercicio físico regular) es un elemento esencial para la buena salud. Por lo contrario, una mala nutrición puede reducir la función que realiza el sistema inmunitario, aumenta la probabilidad de padecer enfermedades, altera el desarrollo físico y mental, y reduce el desempeño diario.

En los niños, una mala nutrición puede generar crecimiento físico bajo y deficiente rendimiento cognitivo. En la adolescencia, es una situación de alto riesgo para presentar alguna enfermedad crónica en el futuro. Cabe señalar que los niños que relativamente se encuentran bien alimentados pueden desarrollar desnutrición en la adolescencia como resultado de la adquisición de hábitos dietéticos poco saludables que son influenciados por la obsesión por la delgadez.

La adolescencia, de acuerdo con la OMS, es una de las etapas de transición más importantes del ser humano, la cual está caracterizada por un ritmo de crecimiento acelerado y lleno de cambios biológicos, psicológicos y sociales. En esa etapa se necesita un aporte nutricional equilibrado y ejercicio físico para tener un óptimo estado de salud, además de un adecuado crecimiento y desarrollo físico y psicosocial.

Sin embargo, la adolescencia también es una etapa en el la cual el contexto social puede influir de manera negativa, poniendo al adolescente en una situación de riesgo considerable, pues la figura corporal está sujeta a cambios y modificaciones que reestructuran la imagen que se tiene sobre el propio cuerpo, lo cual puede incrementar la insatisfacción corporal, y debido a que muchos adolescentes cambian sus hábitos alimenticios ante una preocupación por su imagen corporal, esto puede representar un riesgo para el desarrollo de trastornos conducta alimentaria (TCA), los cuales de acuerdo con el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) son una alteración persistente en el consumo de alimentos, causando un deterioro significativo de la salud física o del funcionamiento psicosocial.

Los TCA más frecuentes en la población son la anorexia nerviosa y la bulimia nerviosa. La primera se caracteriza por un miedo intenso a ganar peso o engordar, por ello, se realizan comportamientos persistentes para no aumentar de peso, llegando a tener incluso un peso significativamente bajo, pues se tiene una distorsión en la forma en que se percibe el propio peso.

Por su parte, en la bulimia nerviosa se presentan episodios recurrentes de atracones (ingerir una cantidad de alimento superior a la que la mayoría de las personas ingerirían), seguidos de comportamientos compensatorios inapropiados como vómito autoinducido, uso de laxantes, diuréticos, ayuno o ejercicio excesivo, conductas recurrentes para evitar el aumento de peso. En la bulimia nerviosa también existe una distorsión en la forma en que se percibe el propio peso.

La incidencia de los TCA ha incrementado en todo el mundo, afectando principalmente a adolescentes y mujeres jóvenes. Algunas estimaciones internacionales consideran que la frecuencia de los TCA oscila entre 0.5 y 3.5 por ciento de la población general, siendo más frecuentes la anorexia nerviosa y bulimia nerviosa entre las mujeres jóvenes con un 0.3-2.2 por ciento y 1-1.5 por ciento, respectivamente.

La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut, 2012) reportó que en México 1.3 por ciento de adolescentes está en riesgo de tener un TCA, donde 1.9 por ciento está representado por mujeres y 0.8 por ciento por hombres. Mientras que Hidalgo presenta un riesgo moderado para presentar conductas alimentarias de riesgo (CAR).

Los TCA se han asociado con la imagen corporal y la insatisfacción hacia el propio cuerpo, esta imagen corporal se va construyendo desde la infancia e incluye sentimientos, creencias y comportamientos en torno a la apariencia física, las cuales van a intervenir en que el adolescente acepte o no su cuerpo. Muchos adolescentes se sienten presionados por ser más delgados de lo que se requiere para una buena salud, por lo que pueden someterse a elecciones nutricionales peligrosas. Diversos estudios han encontrado que las CAR más frecuentes en los adolescentes son; preocupación por engordar, comer demasiado o dejar de comer, realizar ejercicio excesivo, utilizar conductas para bajar de peso como vomitar, “hacer dieta”, ayunar, usar laxantes o diuréticos.

Así, las prácticas no saludables para controlar el peso están asociadas con efectos negativos físicos y psicológicos. Dentro de las consecuencias físicas se encuentran el retraso en el crecimiento y la desnutrición. Respecto a las consecuencias psicológicas la bulimia y la anorexia nerviosa como se mencionó anteriormente son parte de ellas, así como una menor autoestima en los adolescentes. En el otro extremo se encuentra la obesidad, que tiene consecuencias desfavorables para la salud en las etapas iniciales de vida, debido a que aumenta el riesgo de padecer asma, diabetes tipo dos, problemas para dormir y enfermedades cardiovasculares, por lo que también se ve afectado el crecimiento y desarrollo psicosocial durante la adolescencia y con el paso del tiempo también la calidad de vida y la longevidad.

Es así como múltiples factores influyen en el comportamiento alimentario, entre ellos comidas familiares y hábitos dietéticos, estado de peso y normas sociales para la delgadez, las cuales están relacionadas con la percepción del peso corporal. Ahora bien, las conductas alimentarias que se llevan a cabo son en gran medida determinadas por las prácticas familiares y culturales, por lo que un mayor contacto y comunicación con la familia es un factor protector para desarrollar un TCA, o contrariamente, la ausencia de estos puede ser un factor de riesgo para desarrollarlos o mantenerlos.

La familia trasmite una serie de creencias, actitudes y modela las conductas relacionadas a los alimentos, pues esta conducta alimentaria es adquirida a través de la experiencia con la comida que al mismo tiempo va acompañada de emociones y pensamientos sobre el acto de comer. Algunos estudios indican que en las familias de adolescentes con los TCA existe poca expresión emocional, comunicación de unión familiar, percibiendo rechazo de sus familiares y sintiéndose ignorados y poco amados.

Es así como la familia tiene un papel decisivo en la prevención de los TCA y CAR al proponer y enseñar hábitos y estilos de vida saludables, sin caer en estereotipos y prejuicios sociales, siendo importante atender las emociones de sus hijos, potenciar la autoestima y brindar un espacio de comunicación, confianza y diálogo, el cual permita favorecer conductas saludables, las cuales sirvan de modelo de reproducción para otras personas.

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