Es curioso cómo un colombiano puede ejecutar a la perfección la definición de la expresión “a la mexicana”. Ese atropellado y singular modus operandi del nacido en tierras aztecas que, según se cuenta de generación en generación, consiste en realizar tareas de pequeña, mediana y gran importancia a la última hora, de “trancazo” y poniendo a prueba las capacidades creativas del ejecutante. Eso sí, siempre poniendo en alto el mantra mexicano “tarde, pero seguro”.
Ese es precisamente Juan Carlos Osorio. Un entrenador que quizá está adelantado a su época y, ¿por qué no?, comienza a consolidarse como uno de los estrategas más innovadores del mundo. Pero eso, claro está, observándolo con un pensamiento idealista. La realidad es que 95 por ciento de los aficionados mexicanos al futbol piensan que a Osorio le encanta jugar con el corazón de los hinchas, esto en un país en el que los problemas cardiovasculares son la principal causa de muerte.
Impredecible, incorregible y a veces hasta ilógico para críticos y fanáticos. Lo cierto es que, nos guste o no, los números fríos respaldan a uno de los técnicos más polémicos que ha tenido la selección mexicana –¡y vaya que competencia en ese rubro le sobra!–. No solo tiene el boleto al Mundial de Rusia 2018 prácticamente asegurado, sino que ha llevado al combinado nacional a las semifinales de uno de los torneos más prestigiosos del mundo futbolístico. Además, con la posibilidad de redimir la Noche Triste vivida ante Chile hace poco más de un año en Copa América.
Los juegos han sido un intento tras otro por encontrar un equilibrio. Ante Portugal, la premisa de enfrentar al campeón de Europa se convirtió en una tarea de laboratorio para los de pantalón largo que, al final, concluyó con un nada despreciable empate a un gol. Contra Nueva Zelanda, por el contrario, de cascareó de más y por poco nos llevamos un susto a manos de un equipo que no anotaba desde 2010. Enfrentar al local fue el ejercicio perfecto para terminar de redondear un estilo que, insisto, sigue sin convencer. No obstante, la estadística se impone ante la estética. Solo puede haber un Guardiola.
Dicen que los grandes genios a lo largo de la historia han sido seres incomprendidos y adelantados a su época. Esperemos que lo mismo suceda con Osorio y que la entradilla de la próxima columna no sea “jugamos como nunca, perdimos como siempre”.

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