Óscar Baños

Ella recorría el camino a la escuela al menos dos veces al día, con el lodo que se mimetizaba en una piel que era del mismo color

El camino era una gran serpiente a la que los pasos le habían marcado el cuerpo desde hacía mucho tiempo; en su carne de tierra el viento levantaba muros de polvo rojizo y la lluvia dibujaba rostros. Aquel lugar estaba lleno de veredas que como culebras entraban al bosque, cruzaban los arroyos, salían del pueblo y llegaban a él.

Ella recorría el camino a la escuela al menos dos veces al día con el frío en los pies agrietados, con el lodo que se mimetizaba en una piel que era del mismo color. La distancia era grande y su cuerpo pequeño la salvaba a veces lentamente, en ocasiones corriendo.

El cansancio no le daba espacio, se colgaba de su espalda y apenas comenzaba el día, moler el maíz, hacer las tortillas, dar de comer a los animales, cargar los libros como enormes lozas, los libros que hablaban con sus letras juguetonas, que la retaban a descifrarlos. Recorrer el camino, andar sobre él como en las escamas de una serpiente antediluviana y caprichosa que la hacía sudar y si estaba de buen humor le daba de cuando en cuando un regalo, ya un venado que cruzaba dando saltos, ya un hongo con los colores del fuego en su cuerpo venenoso, ya los charcos como pedacitos de cielo regados aquí y allá.

La idea llegó una mañana como cualquier otra. Ella la había visto muchas veces a un lado del corral, recargada en la cerca de madera, inmóvil, olvidada. Su tío la dejó cuando se fue del pueblo y desde entonces nadie la había tocado. Era habitual ver a los hombres usar bicicleta para trasladarse a las comunidades cercanas, algunos niños llegaban a la escuela en bicicleta también, sin embargo, ella nunca había manejado una y no recordaba haber visto a niñas o mujeres hacerlo. Esa mañana tomó una decisión.

Después de las clases se dirigía al corral en el que se encontraba la bicicleta y se subía en ella, pedaleaba apenas y caía irremediablemente. Todas las tardes a escondidas de su madre repetía la maniobra con resultados parecidos, aunque a cada intento las caídas eran más espaciadas, los pedaleos más numerosos y la distancia recorrida más grande. Practicó muchas veces, a pesar del frío y de la niebla que le empañaba la mirada, a pesar del cansancio por los quehaceres diarios, a pesar del miedo. Una tarde no cayó, dio vueltas en círculos alrededor del corral y se detuvo bajando un pie para equilibrarse, lo había logrado.

Temprano al otro día fue directo hacia el corral, se colgó el morral de tal forma que no le estorbara y pedaleó. Notó el viento y la velocidad, las miradas de las personas con las que se encontraba, los ojos sorprendidos de sus compañeras y compañeros al verla llegar a la escuela en la bicicleta, con una sonrisa que llevó toda la mañana.

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