Uno de los tres será presidente de México. Andrés Manuel López Obrador, José Antonio Meade o Ricardo Anaya. El PRI y el PAN han intercambiado el poder los últimos 18 años, pero AMLO fue segundo lugar en las dos últimas elecciones y piensa que la tercera es la buena. Las tres fuerzas políticas tienen argumentos para vencer el próximo verano. Y sin embargo, la historia indica que la elección presidencial normalmente se decide entre dos finalistas, nunca ha existido un threesome sobre la línea de meta. Siendo así, la pregunta es ¿cuál de los tres abanderados se desinflará en los próximos meses?
En 1988 la disputa se centró entre el candidato del PRI Carlos Salinas y el de la izquierda Cuauhtémoc Cárdenas, con un rezagado Manuel Clouthier del PAN. En 1994, por el contrario, fue el PAN el que dio batalla, aunque infructuosa al PRI. Seis años más tarde, en el 2000, el PAN regresó por la revancha y venció por vez primera al partido oficial. En ambas elecciones la izquierda ocupó un triste tercer lugar con porcentajes de votación inferiores al 17 por ciento. La figura de Andrés Manuel López Obrador modificó todo para la izquierda: en 2006 perdió por una pestaña frente a Felipe Calderón del PAN y en 2012 por un margen de cinco puntos ante Enrique Peña Nieto.
En otras palabras, salvo en 2006, el PRI siempre ha sido contendiente y es el PAN o la izquierda quienes toman turno para subirse al ring en la batalla final. Parecería que en materia electoral los votantes están fragmentados en “tres mitades”, aunque en cada elección suelen activarse solo dos.
¿Cuál de los tres que ahora contienden se rezagará en los próximos meses? Mi vaticinio es que López Obrador será de nuevo uno de los finalistas. Por un lado, porque tanto el PRI como el PAN exhiben el desgaste de haber sido gobierno. El PAN resultó dañado tras dos deslucidas gestiones y el PRI de Peña Nieto padece los niveles de reprobación más altos en la historia reciente de México. Muchas personas se preguntan si no ha llegado el momento de ofrecer una oportunidad a la otra alternativa, la de izquierda.
Por otro lado, los candidatos del PRI y del PAN en esta ocasión tienen similitudes, que llegado el caso, los puede hacer intercambiables en el ánimo del ciudadano. Con el propósito de eludir el antipriismo, el partido oficial eligió a un candidato funcionario, José Antonio Meade, notoriamente no priista. Ministro, incluso, del anterior gabinete panista. Los dos, Meade y Anaya, se presentan a sí mismos como candidatos jóvenes, modernos, instruidos y cosmopolitas, ajenos a la política tradicional (otra cosa es que lo sean). Curiosamente, Anaya despierta desconfianza en algunos círculos panistas tradicionales, notoriamente entre los calderonistas que le son adversos. Misma irritación que provoca Meade entre las filas del priismo ortodoxo. Ideológicamente ambos convergen en algún punto indefinido de lo que podríamos llamar el centro del conservadurismo.
Esta no necesariamente es una buena noticia para Andrés Manuel López Obrador, actual puntero en las preferencias electorales. La similitud entre sus dos competidores seguramente provocará el fenómeno del llamado voto útil en su contra. Simpatizantes de Anaya que preferirán votar por Meade (en caso de que Anaya ostente un tercer lugar en las encuestas durante la recta final) con tal de que no gane el candidato de izquierda; algo similar ocurriría con los filo priistas, que optarán por Anaya si es Meade quien no da el ancho.
En los próximos meses observaremos dos constantes a lo largo de la campaña: una cargada masiva de todos contra AMLO como corresponde al hecho de ser líder en las encuestas, pero también un golpeteo brutal, aunque más soterrado entre Meade y Anaya para asegurarse de que sea el otro el que se desinfle. Ya lo estamos viendo.

@jorgezepedap

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