Después del debut de El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha en calidad de una de las novelas más ambiciosas creadas por ser humano alguno, no hay suficientes trabajos ni autores que hayan emprendido la misma tarea con igual grado de acierto ni complejidad.

Además de James Joyce con Ulises y Finnegan’s wake, Rayuela de Julio Cortázar, acaso otro título espectacular que cambió los paradigmas y se le menciona muy poco es Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero. En pleno siglo XVIII, Tristram… representó una cubetada de agua fría para todas las convenciones existentes, desde el tono y temas que estaban de moda, hasta los recursos visuales y tipográficos de la época, que se adelantaron más de 200 años a cualquier escritor y artista visual.

Prueba de su originalidad es la famosa página al final del capítulo 12, cuando Tristram se lamenta por la muerte del sacerdote Yorick y lo que sigue es un recuadro negro donde debería existir una caja tipográfica, que convierte el duelo en una realidad que trasciende el aparato de la referencia textual, para transformarse en un momento visual análogo la pérdida que experimenta el personaje titular.

La narración es un relato de aquello que Tristram, el protagonista, pretende articular en torno a lo que le sucede y medita de la existencia tal cual se le presenta, pero dado que se trata de un sujeto con notables limitaciones para expresarse y armar un argumento congruente, no se sabe a ciencia cierta si dichos pasajes son en más una ocasión remiendos del padre Yorick o brotes de lucidez de Tristram, pero la fluidez de la narración si algo tiene como sello estructural es precisamente la falta de un principio de linealidad que articule el pasado con el presente de la propia narración.

Concebida como una pieza sin ánimos de consagrarse en el panteón de la literatura universal, lo que empezó como una publicación por entregas se convirtió en una de las panaceas de su tiempo e indujo la carrera de Laurence Sterne, pese a que en vida fue muy criticado y recibió críticas personales que bien pudieron disuadirlo de continuar con los siete volúmenes que comprenden el Tristram…

Lo cierto es que así como se puede antojar un ejercicio del capricho, una de las mejores versiones al castellano es la traducida por Javier Marías, cuyos preliminares no cesan en arrojar flores y desvivirse por los numerosísimos aciertos de Laurence Sterne cuando concibió su obra mayor. Incluso, aunque Francois Rabelais se supone el punto de partida para el humor de la novela, Sterne no cierra los ojos a la hora de rendirle culto a Cervantes, que constituye precisamente la primera libertad importante del capítulo 12 y es la primera advertencia clara de que todo cuando produzca, en adelante será objeto de las mayores audacias formales concebibles.

Quién sabe si Pedro F Miret, otro de los grandes desconocidos de la literatura mexicana, contemporáneo de Francisco Tario y amigo personal de Luis Buñuel, quien tenía un muy especial uso de la puntuación sobre el que fijó un uso obsesivo del punto y le concedió una personalidad aparte, tomó sus libertades del mismo Tristram. Asimismo, cuando se revisa la existencia del “filete” al que en la actualidad se le confunde con las “plecas” del diseño editorial, aparece como tarjeta de presentación adentro de esquelas e invitaciones en el curso de los capítulos, recurso bastante inusual en trabajos y editoriales, hasta la década de 1960 en la literatura posterior a Marshall McLuhan.

Gracias al poder novedosísimo del Tristram, Roger Marsh en la Universidad de York, concibió una suerte de homenaje musical abocado en su totalidad a la estructura de la novela, en calidad de curso y proyecto de iniciación para todo el alumnado incorporado al programa de música, quienes cuentan con la oportunidad de integrarse a un montaje consagrado en su totalidad a las vertientes que se pueden extraer del clásico de Sterne.


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