Tomás Serrano Avilés

En la última década, las enfermedades y la mortalidad en México están presentando profundos cambios. De acuerdo con los registros de Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), experimentamos una transición epidemiológica sin precedentes que afecta a todas las clases sociales y a los diversos grupos de edad.

En el país y en Hidalgo, las tres primeras causas de muerte son por orden de importancia: los infartos al corazón, la diabetes y el cáncer. Pero tales resultados están sesgados debido al peso que tienen los ancianos, pues transcurrido el boom demográfico acaecido en la década de 1960, ahora representan un riesgo de seguridad económica y de salud, dada su magnitud.

En particular, en 2015, las cinco principales causas de muerte de los hombres hidalguenses fueron provocadas por enfermedades del corazón (21.1 por ciento), diabetes mellitus (13.1 por ciento), tumores malignos (11.8 por ciento), enfermedades del hígado (8.6 por ciento) y los accidentes (8.5 por ciento). El mismo patrón fue observado en las mujeres que fallecieron por enfermedades del corazón (23.5 por ciento), diabetes mellitus (17.2 por ciento) y tumores malignos (13.1 por ciento).

Los datos contenidos en la página de Inegi no son nada accesibles, por lo que puede decirse que en el país no hay información actualizada, por ejemplo, de casos de cáncer. En este escenario, la información de defunciones por tipo de causa está muy dispersa, ya que es registrada desde diferentes instituciones y hospitales.

Mientras en los países desarrollados, el cáncer es la primera causa de muerte, la tendencia se visualiza hacia la disminución de la mortalidad por el uso de métodos eficientes de atención. En cambio, en México ocurre lo contrario, ya que la mortalidad por cáncer continúa en expansión.

Hay que ser muy terco y bastante obstinado para no darse cuenta que nuestro sistema de salud pública no tiene alguna posibilidad para atender siquiera los tres problemas prioritarios de salud que están triturando a la población.

En fin, hay hospitales de primer mundo como los de la Secretaría de la Defensa Nacional, Petróleos Mexicanos o de la Marina. Los demás hacen lo que pueden, pero no lo suficiente. La peor decisión que toma la mayoría de mexicanos es resolver los problemas en los hospitales privados. Basta con que tengan quirófano para cobrar lo que se les dé su regalada gana, precio estimado, según el valor de la vida que pueden salvar.

En este renglón no hay transparencia en la rendición de cuentas. Los hospitales de primer mundo mexicanos no declaran el costo de curar un pié diabético, ni los hospitales privados declaran ante Hacienda el dinero con que se hinchan. El resto de hospitales públicos no paran a causa de la elevada demanda de pacientes y la falta de medicamentos.

A propósito, es interesante que en los Estados Unidos recientemente hayan desenmascarado a las farmacéuticas como un tipo de organizaciones colectivas mundiales que lucran imponiendo los precios que se les ocurren y por los efectos secundarios de los químicos.

En el país, al poner atención a la ocurrencia del carecer por grupo de edad, el problema es catastrófico. Todo porque no existe la infraestructura ni los recursos suficientes para un diagnóstico y tratamiento de los niños con cáncer, por ejemplo. Es más, se tiene que decir que cuando un padre de familia tiene un niño con cáncer se llega a un callejón sin salida, ya que están completamente solos. En particular, en todos los grupos de edad definidos de población pediátrica (cero a 18 años), el cáncer se ha disparado recientemente de forma desproporcionada y sin control.

La solución al grave problema de salud pública demanda un diagnóstico más oportuno y un mejor tratamiento para los enfermos. Sin embargo, con base en los niveles de mortalidad observados, el panorama es extraordinariamente desalentador. No obstante debo reconocer que de todos los sistemas públicos, el de salud es el mejor. Imagínese entonces cómo estarán los demás, de los que es mejor ni hablar.

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