Enrique Peña Nieto llegó a su mayor nivel de incompetencia política. No cabe duda que el de Atracomulco rompió todos los estándares de insensibilidad, ignorancia y descaro al no atender en su momento la compasión y el ruego que todos los sectores del país le hicieron para que tomara una decisión que pudiera lavarle la cara, aunque fuera con unos puntitos de preferencia, ante la opinión pública.
Se necesitaban dos dedos de frente para poder hacerlo. Las condiciones estaban dadas para resurgir. Le pusieron en charola de plata la posibilidad de esquivar los bastonazos de un imbécil enfurecido… ¡y la dejó ir! Él mismo puso sobre sus despojos políticos la lápida histórica, el repudio popular, la vergüenza pública sobre su paupérrima conducta.
Al no descartar de cuajo la visita a Washington el próximo martes 31, únicamente para ser regañado y exhibido en sus miserias por el lenguaraz Donald Trump, y en vez de ello, decidir empinarse ante esa montaña de soberbia, demagogia y despropósitos que caracteriza al anaranjado del bisoñé estrambótico, EPN liquidó todas las aspiraciones de los bien nacidos mexicanos.
Decidió no asistir, finalmente, 20 horas después de la reunión con su gabinete, ¡y tres horas más tarde! de que Trump lo desinvitara –o le contraordenara–, al decirle vía Twitter que si no iba a acordar el pago del maldecido muro mejor que no fuera.
Bailó, otra vez, al son que le tocó el empresario inmobiliario.

El emisario Vi(rey)garay, cegado
por su ambición presidencial

Sí. El 25 de enero del 2017 pasará a las efemérides del panteón político como el día más negro de un pobre sujeto que se hace llamar presidente de la República –vapuleado por los bastonazos de un imbécil abusivo extranjero–, cegado por la ambición presidencial del emisario Vi(rey)garay, paralizado por su propia ignorancia y desconocimiento del carácter nacional, sentenciado, ahora sí, contundentemente, por el pueblo. ¡Ni cómo ayudarlo!
La mañana de ayer la opinión pública nacional, azorada, seguía atenta el desarrollo de acontecimientos lesivos al país y a los intereses fundamentales, esperando se respetara su dignidad y paciencia. A cambio, obtuvo con la insensata opción del pobre Peña Nieto, la determinación de dar la última palada a esa forma chabacana de portar esa ya inútil investidura presidencial que los toluquitas han insultado y denigrado.

Desoyó en su momento el
clamor popular: ¡defiéndenos!

Por si fuera poco, la encuesta del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados revelaba los magros seis puntos de aprobación nacional de Peñita. La descalificación absoluta de la reforma educativa, de la pantalla de lucha contra el narcotráfico y del naufragio de todas las reformas estructurales. Ante ello, la gente optó por darle un espaldarazo de confianza a su aventura diplomática, de algún modo había que llamarla, usted sabe. La gente clamaba defensa.
Unas horas antes, Donald Trump había tomado la decisión de empezar a construir el muro, añadir 5 mil elementos a la patrulla fronteriza, dizque diezmada por los migrantes forajidos (?), y girado instrucciones a sus sheriffes que, a cuanto “sin papeles” agarraran, no solo lo deportaran, sino les incoaran un proceso penal. Los tratarán como delincuentes de la peor ralea.

Feliz “la basura blanca” de EU;
favorecida por un plato de lentejas

No contento con esas barrabasadas, el esquizoide anaranjado, rayando en la línea demencial de un ignorante empoderado, dispuso que los fondos federales destinados a las 54 “ciudades santuario” de migrantes –entre ellas Nueva York, Chicago y Los Ángeles– les fueran bloqueados, ¡creyendo que por ley lo puede hacer! Gobernadores, como el de California, y alcaldes de toda la geografía estadunidense ¡se rebelaron a Trump!

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