Si Trump se reunió con el mandatario Kim Jong-un en Singapur con el fin de resolver un rescoldo añejo de 65 años que se gangrenó a escala nuclear, a fortiori, su anhelada cumbre transcendental con el zar Vlady Putin se ha vuelto un imperativo para reordenar al mundo hoy inmerso en un caos global.
De cara a las cruciales elecciones del primer martes de noviembre, interconectadas nolens volens con las de México cuatro meses antes, Trump abrió varios frentes: a escala domestica –mediante su “guerra demográfica” que no se atreve a pronunciar su nombre contra los mexicanos–, a escala regional –con sus pleitos comerciales con sus socios humillados Canadá / México, el amago de una invasión militar a Venezuela y la incrustación simultánea de Colombia a la OTAN–, mientras opera reajustes dramáticos a nivel global en sus tortuosas relaciones con China –donde destacan sus “guerras tecnológica y financiera” detrás de la cortina de humo de su “guerra comercial– y, sobre todo, con Rusia en la fase de parusía del zar Vlady Putin quien el primero de marzo exhibió su presunta superioridad militar con su panoplia supersónica de ensueño que parece haber conseguido la paridad militar con Estados Unidos (EU).
La panoplia supersónica rusa es negada como bluff por los legendarios propaladores de fake news The New York Times y The Washington Post, en contraste a la docta opinión del general John Hyten del comando estratégico de EU (Stratcom) quien advirtió que “había que tomar en serio (sic) las nuevas armas hipersónicas de Rusia”.
Mike Pompeo, secretario de Estado y exdirector de la CIA, comentó que la cumbre entre Trump y el zar Vlady podría concretarse después de la visita a Moscú del megahalcón John Bolton, asesor de Seguridad Nacional de Trump.
Ya Trump había adelantado que tenía la intención de reunirse con su homólogo ruso en julio, en el intermezzo de su visita a Gran Bretaña (GB) y a la cumbre de la OTAN en Bruselas.
Más precavido, Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin, indicó la probabilidad de la visita de Bolton a Moscú, sin precisar si sería recibido por el zar Vlady y, mucho menos, sin definir la próxima cumbre entre los mandatarios de las dos superpotencias geoestratégicas.
No se puede soslayar la frase trascendental de Trump para dislocar al agónico G7 en su cumbre en Canadá donde exhortó al reingreso de Rusia al G8, lo cual indispuso a GB: “Rusia debería estar en esa reunión, ¿Por qué tenemos una reunión sin Rusia? Les guste o no, y puede ser políticamente incorrecto, pero tenemos un mundo que administrar”.
El verbo “administrar” es clave: sin Rusia, no se diga China, no puede existir “administración” del mundo.
Uno de los máximos kremlinólogos, el académico estadunidense Gibert Doctorow (GD), interpreta los alcances de la cumbre que detectó sea muy posible de celebrar debido a dos indicios: 1. La sede en Viena, donde gobierna Sebastián Kurz y cuyo euroescepticismo es apreciado por Trump y Putin; 2. La visita de incognito a Moscú de Henry Kissinger en esa fase sensible, con el pretexto del mundial de futbol, cuando se ha posicionado como el principal consejero tras bambalinas de Trump y a quien le ha urgido “acomodarse con Rusia por una variedad de razones estratégicas geopolíticas”.
Si la reunión se celebrase antes de la cumbre de la OTAN sería un golpe brutal de Trump, similar a la humillación que le asestó al G7.
Según GD, el principal objetivo de Kissinger radica en “desacoplar la incipiente (sic) asociación estratégica de Rusia y China que ha deshecho todo lo que Nixon y Kissinger consiguieron en la década de 1970”. También GD reconoce que Putin no es muy dado en traicionar a sus aliados, como es el caso del mandarín Xi Jinping.
El problema es que los geoestrategas de EU siguen obsesionados con un elusivo G2 cuando el mundo ha asentado sus reales en un G3: EU/Rusia/China.

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