El “trumpismo” sigue vivo: gana cuatro elecciones consecutivas al Partido Demócrata en desasosiego

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Alfredo Jalife Rahme

Cómo puede ser que un presidente tan impopular e impugnado como Trump, con un nivel muy bajo de aceptación (37 por ciento) –según encuestas poco creíbles–, obtenga durante su acrobático cuan caótico mandato (cinco meses) cuatro triunfos electorales / locales consecutivos frente al desplome del Partido Demócrata (PD) que goza del apoyo casi monopólico de los multimedia controlados por sus enemigos, tipo George Soros, que lo abominan.
De dos cosas una: o, en la fase tecnológica de Internet, las redes sociales son más efectivas e influyentes que los otrora legendarios multimedia tipo The Washington Post y The New York Times, o existe un genuino trumpismo, con o sin Trump, o quizás las dos opciones sean válidas.
Un trumpismo sin Trump sería un escenario digno de ser ponderado en caso de que sea defenestrado el polémico presidente empresario –sea por colusión con potencias foráneas, sea por obstrucción a la justicia, siempre y cuando avalen las dos terceras partes del Senado, hoy en manos del Partido Republicano, la sesgada y cantada sentencia judicial maquinada por los aparatos legaloides de los Clinton y Obama quienes, han puesto en alto riesgo al PD que se ha clavado en su patológica obsesión monotemática por el Russiagate y se ha olvidado de la agenda de los ciudadanos comunes, quienes les han volteado las espaldas en las recientes cuatro elecciones locales que han perdido en forma estrepitosa.
En espera de la defenestración de Trump, o de la incitación a su asesinato, como en México ha propalado un presunto agente de George Soros y hasta el actor Johnny Depp, quien luego se retractó –alucinantes escenarios manejados por un PD nada ejemplar–, vale asentar uno de los principales axiomas siquiátricos de la salud mental: el principio de realidad que demuestra que el supuestamente insano Trump ha descolgado cuatro triunfos electorales consecutivos.
La muy sarcástica Maureen Dowd, consagrada articulista del NYT, expone que “Donald propina una paliza a los demócratas” y comenta que el Anticristo (sic) Trump puso en ridículo al PD en la reciente elección de Georgia.
Según Dowd, el grave error del PD es pensar que la locura (sic) de Trump es suficiente para salvarlos.
El congresista del PD Tim Ryan, de Ohio, expresa su malestar: hemos de estar haciendo algo mal aquí, porque primero, Trump es el presidente, y segundo, seguimos perdiendo frente a sus candidatos. Ryan fulmina que la marca (sic) de los demócratas es tóxica (sic) y en algunos lugares es peor que Trump.
Dowd comenta que el masivo apoyo de Hollywood no benefició para nada a Jon Ossoff, perdedor del PD en Georgia, donde gastó la mayor cantidad de dinero en la historia de una elección especial.
Otros errores del PD fue haber proclamado la victoria de Ossoff antes de haberla obtenido y haber convertido la elección especial en un referendo contra Trump, lo cual hubiera catalizado su impeachment.
Que conste que Ossoff era un excelente candidato, a mi juicio, pero el problema hoy del PD es que se ha confinado a exorcizar a sus enemigos –desde Trump hasta Putin– bajo la premisa inexistente de su inmanente superioridad moral, y se ha olvidado de la agenda ciudadana, como en forma estupenda la ha explotado el británico laborista Jeremy Corbyn en Gran Bretaña (GB).
El PD neoliberal se ha olvidado de que la imagen de los Clinton es execrable y que no se trata de demostrar si son mejores o peores que Trump en el noveno círculo de los avernos dantescos.
Sin duda cuenta la personalidad agradable de los candidatos, pero en época de crisis cuenta más la agenda programática y la confiabilidad en quien tenga la capacidad de implementarla.
El primer problema del PD y de los Clinton en colusión con Obama (uno de los presidentes más fariseos del planeta, quien mientras te saluda con una sonrisa te apuñala por la espalda) fue haber robado la elección a Bernie Sanders, admirable judío progresista antisionista, y haber desdeñado a la notable senadora Elizabeth Warren.
Si las recientes elecciones en GB sirven de ponderación, por los lazos noratlánticos con su antigua colonia, el PD para regresar a la ruta elusiva del triunfo, frente a una agenda tan avasallante y distópica como el trumpismo –que ha sacudido las despreciadas entrañas rurales de EU, lejos de las costas y las megalópolis: desde el “cinturón bíblico (Bible belt)” y el “cinturón industrial (rust belt)”–, deberá imitar más a Corbyn y mucho menos el travestismo fallido del neoliberal / laborista Tony Blair.
Bruce Reed y Rahm Emanuel (anterior jefe de gabinete de Obama y hoy fracasado alcalde de Chicago) aducen que el PD debe encauzar su rabia y basarse más en la crítica de los actos de Trump y no en su impeachment.
Breitbart, uno de los pocos portales favorables a Trump, diagnostica que sus triunfos electorales, en especial, el más reciente en Georgia, “demuestran que EU se pronuncia en favor de la agenda para crear empleos del presidente”.
Según Amie Parnes, del portal The Hills, después de las cuatro derrotas consecutivas, el PD enfrenta una crisis de identidad cuando los votantes blancos (¡supersic!) de la clase trabajadora abandonaron al partido para irse con Trump.
En un EU fracturado, el PD busca encontrar la cuadratura del círculo: atraer tanto a los votantes blancos de la clase trabajadora y al electorado progresista.
A mi juicio, el caduco neoliberalismo de los Clinton y Obama se agotó y está llevando a su ruina al PD, que se obstina en operar con los mismos parámetros monetaristas y financieristas en un entorno totalmente antagónico y dislocado.
Parnes juzga que existe un movimiento en el seno del PD de cesar de acusar a Rusia (¡súper-sic!) por la pérdida de la elección presidencial en 2016.
David Brooks, veterano columnista del NYT proclive al PD, sentenció que la derrota en la elección especial de Georgia fue mayúscula y que la representante Nancy Pelosi, líder de la minoría demócrata, es un lastre. Añadió que existen límites de ser anti-Trump y que “el fenómeno Trump no es meramente casual, sino que está basado en algunas profundas cosas estructurales (¡supersic!) en la economía (sic) que llevan a la gente a apoyar al Partido Republicano, algunas cosas estructurales profundas en el país (sic), que la sociedad es extremadamente desconfiada del gobierno y de Washington”.
Brooks no dice nada sobre la desconfianza a los multimedia y sus fake news: el síndrome Televisa del México neoliberal itamita.
El PD y sus comentaristas / periodistas adscritos, han caído en las provocaciones tuiteras de Trump, en lugar de enfocarse en las verdaderas preocupaciones del ciudadano común estadunidense.
Suena paradójico que el escatológico (en su doble significado) ambiente escandaloso, plagado de anatemas y exorcismos contra Trump y Putin de los multimedia que favorecen en su mayoría al PD, no tenga resonancia en las urnas. Algo no cuadra en su propaganda de fobias.
El trumpismo, con o sin Donald Trump, es estructural.

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