Antonio Madrid*

Ubaldo había sido un político de altos vuelos allá en su natal Huejutla. Llegó a ser presidente municipal. Poco faltó para que fuera diputado local, si no hubiera sido porque se le atravesó la desgracia de que muriera su padrino político y con ello también su grupo y con ello también sus ambiciones de llegar a ocupar una curul y otros cargos con los cuales soñaba en las calurosas noches huastecas.

Tras la aparatosa muerte de don Ponciano Farías Fayad en un accidente de helicóptero mientras viajaba con el señor gobernador por la zona de Apan, al poder arribaron los izquierdistas, “monos revoltosos que saben criticar, pero no gobernar”, les decía Ubaldo en cualquier oportunidad y oportunidades le sobraban. No estaba muy equivocado, la izquierda poco a poco fue mostrando el cobre de su ambición y su desvergüenza, así como de su inexperiencia por aquellos lares.

Pero Ubaldo ya nunca logró levantarse. Probó como periodista en la Bella Airosa. Después en la Ciudad de México. En ambos lados pasó las de Caín, comiendo poco y mal y hasta llegó a quedarse a dormir en las instalaciones de las radiodifusoras. Pero en ningún lado la hizo.

Terminó poniendo una pequeña ferretería en su natal Huejutla a donde regresó para decir que ahora se dedicaba “al empresariado”. Falso, era un comerciantucho y él lo sabía y de vez en vez –cada día con mayor frecuencia– ello le causaba una profunda depresión. No fueron pocas ocasiones en que se sentó a llorar en el patio trasero de su casa, mojando el adobe con sus lágrimas y el ambiente con sus lamentos.

Pero era dedicado. Eso que ni qué. Un día sí y otro también, acudía a su pequeño negocio muy temprano y ello le fue haciendo progresar. Pero si Dios perdona, el tiempo no. Y los años se pasan. Ahora tenía 50 años. Sus mejores tiempos de galán se le estaban pasando y se conformaba con ver pasar a doña Dianita, una señora chaparrita pero nalgona, que usaba regularmente pants ajustadísimos. Casi todos le decían la Chinita, no por ser asiática ni mucho menos, sino por su cabello endemoniadamente ensortijado, negro como ala de cuervo.

Los varones por lo regular le decían en secreto la Nalgoncita.

Esa mujer tenía enamorado hasta el tuétano a Ubaldo, que ya no veía la hora cuando ella pasara a dejar a sus hijos a la escuela o a comprar el mandado. Ella parecía darse cuenta y no parecía desagradarle. Al contrario, cada día con mayor frecuencia le salían motivos para pasar frente a la ferretera.

La mujer era joven. Su marido era un tipo con estatura de basquetbolista, que provocaba murmuraciones relacionadas con las posiciones sexuales. Todas las ignoraba Dianita. Todas. Ella era feliz con su poste andante.

Pero si a Ubaldo una desgracia trajo su debacle, otra vino a traerle la gloria. Una tarde, doña Dianita pasó llorando por la ferretera como una Magdalena. Todos disimuladamente salieron a ver qué pasaba, las mujeres por verdadera curiosidad, los hombres por verle las nalgas, como cada día. Ubaldo salió por las dos cosas.

Así se pudo enterar que el marido de estatura de basquetbolista había muerto en un accidente carretero. Manejaba un bocho rojo medio despintado modelo 1985 en el cual apenas cabía, haciendo repartos de papelería por la región. Esa vez, se le cuatrapearon los pedales y en lugar de pisar el freno pisó el acelerador y fue sacado de la cinta asfáltica por un microbús ruta Platón Sánchez-Tantoyuca. Su cuerpo aún fue llevado con vida al hospital, donde murió más tarde con los pies saliéndose de la cama por su descomunal altura. Lo mismo podría haber pasado con el ataúd. O le cortaban las piernas o hacían un féretro más grande. Se decidieron por eso último.

Ubaldo acudió al sepelio y le dio un fuerte abrazo a la viudita. Fue la primera vez que la tuvo entre sus brazos. Año y medio después la acurrucaba en su pecho lampiño mientras esperaban clientes en la ferretería La Chinita. Hasta el nombre le cambió a su negocio, pues doña Dianita, agobiada por los gastos de cuatro chilpayates, había dado su brazo –y todo su cuerpecito nalgón a torcer– a Ubaldo, además de que le fue agarrando cariño.

La gente de Huejutla se le fue encima. Que pinche viudita caliente, que pinche viejo aprovechado, que pinches calientes los dos. Nada detuvo a la parejita. “Después de todo, la gente no me dio ni un peso cuando caí en desgracia”, le decía Ubaldo a doña Dianita en las noches calurosas en que tras hundirse en el fango de la lujuria descansaban, él fumando un Marlboro rojo de cápsula y ella acomodándose sus caireles.

A mí tampoco, Ubaldo, a mí tampoco.

*Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa; ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna

Comentarios