K Dick tiene en su haber por lo menos 20 novelas que han trascendido en la historia: Los tres estigmas de Palmer Eldritch, SiVaInVi, Soñarán los androides con ovejas eléctricas, Los clanes de la Luna Alfana, Ojo en el cielo, Tiempo de Marte, El hombre en el castillo, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía… pero una de las que lo han hecho inmortal entre los creadores indiscutibles de la ciencia ficción, es Ubik.

A diferencia de la gran mayoría de las novelas de K Dick, que tienen por protagonista a un neurótico con rasgos paranoicos, a su vez consciente de que percibe la realidad de una forma que no corresponde con el resto de los mortales, en algún punto de la narración, invariablemente se presenta una circunstancia que mueve dicha particularidad aún más lejos y se vuelve un punto de inflexión sin regreso posible.

En el caso de Ubik no hay forma de saber a ciencia cierta qué está pasando, es más, apenas se puede decir que hay protagonistas. Con esa novela, en la que la realidad es una porción de lo que surge de un aerosol y sus efectos en los usuarios, es lo más cerca que K Dick estuvo de Stanislaw Lem, pero con la que desarrolla hasta sus últimos aspectos una de las premisas de trabajo que llevó hasta el final de su carrera.

Por una parte, que la normalidad y la percepción de la realidad humana no son otra cosa que una narración aristotélica ininterrumpida hasta el momento de la muerte, misma que se modifica en sus puntos más altos cuando en el curso de la propia vida de una persona se presenta un episodio que altera la estabilidad conocida y se desarrolla un acontecimiento con el que la experiencia cambia, el statu quo y todo cuando representa lo ordinario.

La genialidad de Dick consistió en generar una línea narrativa paralela, surgida de la nada, justo cuando los acontecimientos del relato parecían haber llegado a un punto insostenible y, en esa línea de abstracción, aquello con lo que se había conformado el argumento se transforma en un delirio calculado, sostenido hasta la aparición de una sustancia o una entidad inteligente que modifica la fantasía y saca de su ilusión al titular de la narración. Dicho sea de paso, cuando así sucede en casi todas las novelas antes mencionadas, el cambio es tan sutil y a la vez brutal, que la instalación de la lucidez se vuelve tanto infernal como desapasionada, sin gramo de drama alguno… como la vida misma, sin rastro de reacciones subjetivas.

Precisamente porque la vida humana se presentaría como un juego de azares sin ton ni son que solo el hombre es capaz de reducir a experiencias afectivas para darles sentido, cuando tales experiencias se neutralizan, ¿qué clase de percepción resulta de haber quitado a todo el espectro de la realidad aquello que le ofrecía ancla? Ninguna, pero es precisamente Dick, quien a pesar de haber emprendido una de las principales monstruosidades instrumentadas desde la aparición de Shakespeare, arrancarlo de cuajo de cualquier trazo de existencia ficticia, con Ubik llegó hasta su última expresión.

Debido a la creciente importancia del autor en el seno de Europa, llegó el momento en que los franceses Art Zoyd, abiertos amantes de una vertiente de oscuridad cuya música atonal no atenuaron hasta bien avanzada la década de 1990, con u-B-I-Q-U-e emprenden uno de los homenajes más explícitos al autor anglosajón.

Pese a sus ejercicios de musicalización de Häxan, Fausto y Nosferatu, al introducir música atonal para incrementar el efecto del expresionismo alemán, el grupo disminuyó la intensidad de sus creaciones, así como la regularidad de nuevas obras. Hasta podría decirse que uno de los mejores discos antes de instalarse en una especie de bloqueo creativo, es precisamente u-B-I-Q-U-e. Con ese disco se cierra el ciclo de interpretaciones que hizo el grupo, dedicado en exclusiva a la oportunidad de aportar a un concepto establecido lo que carecía de un sonido propio.

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