La ciudad barroca

Durante las primeras décadas del siglo XVII, la Ciudad de México fue víctima de severas inundaciones que dañaron muchos de los edificios construidos durante el siglo anterior. El suelo fangoso de la capital dificultaba aún más el trabajo de ingenieros y arquitectos, quienes debían enfrentar los hundimientos de los edificios.

Una de las más graves inundaciones fue la que duró de 1629 a 1634, pues durante esos años la ciudad quedó totalmente anegada. Palacios, templos y casas quedaron aislados en un mar de agua estancada; la catedral no fue la excepción, el edificio iniciado en el siglo XVI, tuvo que cambiar de ubicación al lugar conocido como la Isla de los Perros. El ambicioso proyecto de siete naves tuvo que reducirse a cinco y orientarse de norte a sur, contrariando la norma.1 La construcción se volvió interminable.
A finales del siglo XVIII, la catedral continuaba inconclusa, por lo que el cabildo catedralicio convocó a un concurso para realizar el diseño de las torres, el campanario y la fachada principal, el cual fue ganado por José Damián Ortiz de Castro.

José Damián Ortiz de Castro

Nació el 28 de septiembre de 1750 en Coatepec, hoy estado de Veracruz. Su padre fue don José Martín Ortiz, maestro de arquitectura, y su madre fue doña Albina María Zarate. Se sabe que tuvo al menos dos hermanos: Francisco, quien también fue un distinguido arquitecto del que se conservan algunos diseños en el archivo de la Antigua Academia de San Carlos, y Pedro Antonio.
Se conoce muy poco de su vida antes de su llegada a la Ciudad de México. En 1772 comenzó a trabajar como ayudante del capitán de ingenieros y brigadier Miguel Constanzó en las obras de la ampliación de la Casa de Moneda, y en 1779 participó en la construcción de la fábrica de pólvora de Santa Fe.

Además de estar al frente de todos esos proyectos en la capital novohispana, al fundarse en esa ciudad la Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos, el 4 de noviembre de 1781 el ingeniero español, don Miguel Constanzó, fue nombrado director de arquitectura de esa institución. A partir de entonces, José Damián Ortiz de Castro colaboró también como ayudante del entonces profesor de arquitectura y geometría.

En 1783, José Damián ganó un premio de siete pesos que le otorgaba la academia por sus trabajos en la sala de principios.2
Gerónimo Antonio Gil, director de la academia, lo mencionó en su informe de 1785 como ayudante de Constanzó e hizo notar que cumplió “asimismo con su obligación bien y exactamente bajo las órdenes del referido don Miguel, ayudándole a demostrar las lecciones de geometría”.3

En 1788 presentó el proyecto para la reedificación de la iglesia de Tulancingo, con el cual obtuvo el grado de maestro de mérito de la Academia de San Carlos. Años antes había obtenido también el nombramiento de maestro mayor de la Ciudad de México.
Don José Damián obtuvo todos los reconocimientos a los que un arquitecto novohispano podía aspirar y, en opinión de Manuel Toussaint, fue el más notable arquitecto de su época.4

A pesar de todo eso, solo se conocen dos proyectos que realizó de manera individual: el proyecto de la parroquia, hoy catedral de Tulancingo, y el blasón que conmemora la caída de Tenochtitlán, ubicado en el atrio de la iglesia de San Hipólito.

Referencias

  1. Martha Fernández.
    De puertas adentro: la casa
    habitación, pp 47,48
  2. Archivo de la Antigua Academia de San Carlos. Borrador de la lista general que se remitió a España
  3. Archivo de la Antigua Academia de San Carlos, 1785, documento No 149
  4. Manuel Toussaint, Arte colonial en México, pp 219

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