Inmediatamente después de la caída de la bomba atómica, Japón, la cultura que tras su desprendimiento de la milenaria China, de la cuna asiática de donde se desprenderían las cosmogonías más allá del hombre occidental, no solo cultivó buena parte del espíritu que hoy día compuso el paradigma de la restauración del que la misma China establecería su reconstrucción nacional, sino que en su momento, entre la tradición ancestral y la readaptación canibalizante, le dio al mundo narraciones sin paralelo que siguen vigentes.

Akira (1986), una de las obras maestras del manga que se harían inmortales a fuerza de no contar con paralelo alguno, en su momento pasó por una adaptación cinematográfica directa al anime que de haberse ejecutado con los recursos de una filmación con actores, habría sobrepasado en magnitud cualquier esfuerzo de Fritz Lang con Metropolis o de Ridley Scott en Blade runner.

Fastuosa a más no poder y la causa de una bancarrota tanto creativa como de producción, Akira sobrepasó las expectativas de todo cuanto se había hecho en el mundo de la animación e impuso cánones inexistentes, tanto en ambición de los futuros narradores como recursos estéticos que nunca se habían probado. No obstante, uno de los aspectos menos celebrados de la cinta fue la banda sonora que, además de funcionar a la perfección con la narrativa, hizo pública la existencia de Geinoh Yamashirogumi, cuya vida ya había rebasado una década y apenas se les conocía fuera de Japón.

Geinoh, en lugar de un ensamble o grupo compuesto por especialistas de un instrumento específico, en la práctica se constituyó por un ejército de decenas de intérpretes reunidos en un escenario, cuyas profesiones iban de abogados, secretarios, ingenieros, panaderos y cuantos oficios y especialidades cupiera suponer, reunidos por el propósito común de una obra titular, con intervenciones moderadas y siempre guiados por el espíritu de una temática.

Desde sus primeros álbumes Osorezan dou no Kenbai, Chi no hibiki – higashi yu-roppu wo utau (1976) y Yamato genjoh (1977), una de las características distintivas del sonido Geinoh fue su respeto a la tradición del Japón milenario, así como un respeto indiscutible a la naturaleza, que cuando ocupaba un lugar privilegiado de sus producciones fue en calidad de tributo a la obra maestra por excelencia de la naturaleza, siempre por encima de la humana en majestad y omnipotencia.

Gracias a que Akira parte de la aparición de un súper mutante psíquico capaz de destruir al planeta entero con un pensamiento, la cultura de supervivencia que representó salir de una civilización compuesta por tradiciones hacia otra dominada y regida por la tecnología, en permanente amenaza de la Tierra, cuando Katsuhiro Ôtomo eligió a un grupo que representase tanto la cultura cyberpunk como el contraste con ese Japón híbrido que había asimilado catástrofe y un mundo en permanente cambio, su elección de “espíritu” fue Geinoh Yamashirogumi.
Paradójico, cuando Akira vio la luz, si bien el mundo del anime ya estaba tachonado por la experiencia de la bomba como un aspecto central de todo cuanto fuese visto por un japonés, representó una marca central para la obra creativa de los creadores de casi todas las vertientes, ya que actuó como recordatorio histórico para revivir el tema desde casi todos los rincones de las diferentes posturas que asumían un interés por narrar o crear.

Precisamente el intersticio que medía 1948 y 1950 es la cláusula de la que parte Ishiguro para buscar en la obra de un pintor la importancia de la representación y cómo ella en sí misma constituye un dilema sujeto a interrogantes e integridad de la responsabilidad histórica a que se atiene o debería responder un artista.

Con un artista del mundo flotante Ishiguro elaboró esa interrogante que constituye observar el paso del tiempo y las decisiones que deberían conducir hacia una forma de reflexión más allá de las obviedades; precisamente lo que Ono, el protagonista del relato alcanza a expresar, parte de su experiencia en las zonas rojas donde habitan otros pintores y que confunden decadencia con grandeza, sin mencionar esa oscuridad hacia la que flota el grueso de la gente, a cambio de una vida diurna que alaba la grandeza.
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