El guerrero miró al fuego y sonrió. No era una sonrisa maliciosa, tampoco había en ella asomo de duda o asombro alguno. Era, en cierta manera, una sonrisa bondadosa; aunque también había en ella cierta malicia traviesa que delataba al personaje como alguien acostumbrado a jugar con cierta ventaja sobre sus adversarios.

Sus ojos se apartaron de la leña que ardía al oír los conocidos pasos del escudero, al que llevaba un buen rato esperando al amor del fuego. “¿Y bien?”, le preguntó. El joven se aclaró la garganta y guardó un respetuoso silencio, que duró algunos segundos, antes de contestar. Luego dijo: “Todavía no hay novedades. Los mensajeros que envió a la corte todavía no han regresado”.

El guerrero hizo un ademán con la mano derecha y el escudero se retiró sin darle la espalda y haciendo una inclinación a cada dos pasos, lo que daba cuenta de la calidad nobiliaria de su señor.

“¿Dónde se habrán metido?” se preguntaba el caballero, aunque sin preocupación alguna. Después recordó súbitamente el tiempo que había transcurrido desde la partida de sus mensajeros. Esto le produjo un ligero escalofrío que le recorrió el espinazo. Sintió como si le hubiesen pasado nieve por la espalda.

Llamó a un sirviente y le pidió que le preparasen la comida de una vez, pues tenía que salir y era seguro que volvería tarde. El sirviente dio las órdenes oportunas y al poco tiempo una fuente de carnes y frutas adornaba la larga mesa del salón.

El guerrero comió presuroso, dando solo un bocado a cada manjar y tirando el resto a los mastines que estaban a sus pies. Bebió, sin embargo, una enorme cantidad de vino con grandes tragos que dejaban la copa vacía. Poco después, armado hasta los dientes y acompañado de su escudero y de 10 de sus guardias, salió del castillo en dirección a la corte.

No había recorrido todavía ni cinco leguas cuando en una taberna escuchó unas voces y risas que le parecieron conocidas. Entró en ella y allí se encontró a los mensajeros, que había estado esperando toda la tarde, bebiendo y cantando alegremente, sin más preocupación que la de divertirse.

Se enfureció de tal manera que los pobres hombres temblaron de miedo y suplicaron de rodillas por sus vidas. Le dijeron que estaban arrepentidos de su comportamiento y le juraron que le servirían bien de ahora en adelante.

El guerrero fue calmándose poco a poco, sobre todo por las buenas nuevas que aquellos trúhanes le traían. Todo estaba preparado para que en unos pocos días el rey lo visitara en su castillo y le anunciara que lo iba a casar con su hija mayor, la bella Agnés.

El guerrero se infló de orgullo y lejos de castigar a los malandrines los premió con dos bolsas llenas de oro, una para cada uno de ellos. Luego se volvió a su castillo y se puso a esperar a las insignes vistitas.

Así pasó 20 años, transcurridos los cuales se dio cuenta del engaño de los mensajeros, a quienes hacía ya mucho tiempo que no veía. Había perdido aquella partida. Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque pronto volvió a sonreír con la misma sonrisa de siempre. En el mundo sobraban los reyes; y él, aunque más viejo, seguía siendo un buen partido.

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