Kevin Carter, de 33 años, había ganado, en 1994, el premio Pulitzer por su fotografía: Famine in Sudan. cuatro meses después este artista de la cámara, se suicidó. La fotografía era una imagen terrible, dolorosa, retrataba la desesperanza, el contagioso dolor de una niña africana que apenas sobrevive, se encuentra en posición fetal con la frente pegada al suelo. Atrás hay un buitre, frío, calculador, que espera la hora de la muerte. Al fondo, unos árboles y troncos fuera de foco; no hay nada más en la fotografía. La imagen pronto se convirtió en la metáfora perfecta de la situación de guerra y hambruna en Sudán, (fuente: Rodrigo Salido M, revista Nexos).

El hambre es una expresión de la desigualdad, de la injusticia social, es el camino corto al desamparo, a la oscuridad, al silencio que sepulta la esperanza; a su alrededor solo hay tumbas, cascajo, la sombra oscura de la historia. La pobreza, el hambre, la guerra han sido el paisaje de horror y dolor de Sudán, también el rostro que ha acompañado a América Latina, durante muchas décadas. Ese horizonte ha dado lecciones negativas de la llamada izquierda de este continente. Por ejemplo, en Cuba, el nombramiento de Ernesto, Che Guevara, como presidente del Banco Nacional de Cuba, fue el inicio del gran desastre que ahora es ese país. En Venezuela, Hugo Chávez se convirtió en el padre de la hambruna y la tragedia. Para el exjefe guerrillero salvadoreño y hoy asesor del gobierno de Colombia para el proceso de paz Joaquín Villalobos, entre los muchos aprendizajes negativos que la izquierda ha aportado, destacan, afirma, tres “la voluntad convertida en culto a la ignorancia; el Estado tomado por militantes partidarios; y, ante el problema de seguridad, la creencia de que la prevención sirve para evitar lo que ya pasó. Esos errores tienen orígenes ideológicos, pero en la vida real sus consecuencias han sido fatales”. Estas advertencias de Villalobos parecen caer en el vacío en el continente latinoamericano, por ejemplo, la afirmación simplona y temeraria que asegura que el talante de los servidores públicos debe estar constituido, en 95 por ciento por honestidad y 5 por ciento capacidad. La idea de que la voluntad es más importante que el conocimiento, la inteligencia y la experiencia ha sido una receta para el fracaso en todas partes. Sin duda la voluntad puede ser importante, pero sin inteligencia, sin pensamiento vital, sin conocimiento, sin proyecto de nación, es simplemente ingenuidad, pasaje al infortunio. Para alcanzar una democracia liberal sólida, es imperativo que esa reconozca sus errores, para volver a ser guía de una sociedad de derechos; la democracia no requiere de fidelidad, sino del cumplimiento de la ley. Sin embargo, en los populismos autoritarios la lealtad es más importante que la inteligencia. La explicación ideológica de este problema, corre nuevamente a cargo de Villalobos, afirma el exguerrillero “el reconocimiento a los pobres como clase acaba convertido en culto a la ignorancia y a la pobreza como valores permanentes, más que en estados de atraso que deben superarse. Se trata de una visión religiosa aparentemente inocente y compasiva, pero que le sirve perversamente a un proyecto político que requiere obediencia total. Esta obediencia es incompatible con la naturaleza crítica, por lo tanto, el talento es considerado peligroso […] el culto a Chávez sería el ejemplo más reciente y la santificación del Che Guevara el caso más clásico”.

Los espejismos, las utopías, la frivolidad, las prisas por cumplir promesas de campaña, los mitos, hicieron que los nuevos aprendices de brujos de la izquierda naufragaran en el caos, los ejemplos sobran: Fidel Castro en Cuba; Juan Velasco Alvarado en Perú; Evo Morales en Bolivia; los Sandinistas en Nicaragua; El Farabundo Martí en El Salvador; Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela. Este desastre social y económico es reflejo directo de la demagogia, el autoritarismo. Los cataclismos financieros, inflacionarios, escasez de bienes y servicios, desinversión, desequilibrios macroeconómicos, gasto excesivo, fuga de capitales, pobreza, desigualdad, violencia, ese mapa global de la economía, muestra que gobernar no es fácil. Instrumentar políticas públicas que promuevan la distribución del ingreso, la inclusión social, lograr reformas como la fiscal, financiera, judicial que permitan el fortalecimiento del liberalismo democrático, son la ruta, lejana pero urgente para enfrentar los problemas más acuciantes. La otra travesía, es ser la imagen en el espejo del buitre, la desesperación, el camino a la muerte, la pesadilla demagógica y populista de un mundo frágil, el miedo a quedar atrapado, el miedo que no dice dónde ir, ni qué hacer.

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