El concierto empezaba a las 9 de la noche, pero desde las 8 y cuarto la gente se fue acumulando en una fila interminable y nerviosa. Todos querían estar ahí y no perderse la actuación del siglo que, todos los medios de comunicación habían promocionado hasta la saciedad y de una manera grosera, convenciendo a toda aquella masa de que no debería estar en otra parte y hacer otra cosa que no fuera esa. Yo, claro está, estaba dentro de esa especie de convencidos que hacía lo que tenía que hacer para no perderse tan magno acontecimiento.

Cuando se abrieron las puertas el orden desapareció y fue una batalla campal por entrar los primeros y situarse cerca del escenario, es decir de los ídolos de los que éramos fanáticos a rabiar.

El hecho, de que no hubiese lugares reservados facilitó la avalancha, que los servicios de orden no supieron parar y los patrocinadores no supieron prever a tiempo. No hubo desgracias de milagro, aunque sí alguna lipotimia que impidió al propietario de un preciado boleto estar en el concierto.

Tras muchos empujones y alguna que otra saliva ajena en la nuca, mi amigo y yo logramos entrar y tener una buena posición para ver a las estrellas y, sobre todo, escucharlas al volumen ensordecedor que nos gustaba.

A las 9 de la noche el estadio estaba a reventar, no cabía ni un alma de alfiler. La banda salió puntual y ya desde la primera canción prendió al público, que de por sí ya estaba dispuesto a incendiarse a las primeras de cambio.

Los músicos y el cantante, excepto el baterista que se movía sentado, dieron unos cuantos brincos por el escenario mientras cantaban sus canciones más conocidas, que todos entonábamos al unísono junto a ellos.

Después de dos horas y media terminó el espectáculo dejándonos la sensación de que habíamos presenciado algo único que recordaríamos toda la vida y que formaría una parte importante de nuestra generación.

Pasamos unos días hablando del evento sin parar, no había otro tema de conversación. Pero después de un mes, tras el anuncio de otro concierto del siglo nos olvidamos del anterior y empezamos hacer planes para acudir al que se publicitaba. Esta vez sí iba a ser la actuación única e irrepetible que nos haría entrar en la historia.

Años después, pensando en todos los festivales de música y actuaciones a las que había ido de joven, en aquel entonces no me perdía ninguna, llegué a la conclusión de que lo efímero y fugaz suele ser lo más longevo, permanente e importante de nuestras vidas.

Comentarios