Whiplash (2014) de Damien Chazelle, la película que se llevó tres estatuillas doradas por su excelencia en montaje, sonido y actor de reparto, es un concierto hecho cine para el amor y no necesariamente a partir de un ángulo romántico o de felices desenlaces.
El amor bruto que permanece en las esencias de las personas, el que coquetea a través de la delgada y peligrosa línea de la obsesión y la imposibilidad, queda manifiesto en un drama sobre la música y sobre las mentes que la forman.
El mundo marcha con la belleza de las melodías, en ellas nace, con ellas muere. En la música hallamos un paraje para hacer de nuestras depresiones un estado llevadero que fabrique vías para la restauración de un corazón; a partir de ella creamos inspirados y enamorados, viajamos, soñamos… establecemos puentes poderosos de magnetismo para pensarnos en la distancia necia.
Damien Chazelle, guionista y director, recurrió a la pasión que implica construir la magia que soborna al oído. Como Iñárritu (Birdman, 2014) transparentó su debilidad por los rituales de la batería en el mundo de la perfección, el campo de los deberes, seres que la academia estampa con sangre sobre jóvenes promesas al cobijo de un conservatorio de vocaciones.
La belleza cuesta y los anhelos, los sueños más deseados, se ponen frente a nosotros visibles, nítidos pero inquietos y escurridizos cuando uno quiere acariciarlos. Detrás de la pulcritud de un concierto de jazz, detrás de los aplausos, ante un público de pie, una historia sucumbe en el sensacionalismo.
El camino de la genialidad (o la felicidad) es inversamente proporcional al resultado deseado, es una escalera insegura construida con cuerda, expuesta al viento y cuestionada por las alturas. ¿Es posible alcanzar la cima con estos recursos?
Miles Teller interpreta a un joven baterista y el veterano actor JK Simmons hace a la pesadilla que, quizá, le muestre el truco para tentar la utopía, o, en su opuesto defecto, la trampa para contemplarla desde el fondo de un pozo hueco.
El hilo conductor de Whiplash avanza con el tiempo que marca una mano caprichosa, facultada para silenciar el sonido con el puño cerrado. Se perfila a cerrar con el desafío de un pulso insolente negado al no, aferrado tal vez con el maravilloso deseo de fundirse en el recital que pensó para el clímax de su vida, donde tocará para siempre aunque en la silla no aparezca su nombre.

Vea Whiplash

@AlejandroGASA

Comentarios