Otra noche de copas. Olvidar al ritmo que bailo. Ya no extrañarte si otro me enreda entre sus brazos. Caer en brazos de un desconocido. No hablar, no sentir. Piso las mariposas que revolotean al ras de la pista de baile. Manoteo para alejar a esas luciérnagas que me persiguen. La noche es maldecida por cada rayo que arroja esta tormenta infernal que hace vibrar todo el ventanal. Oler el perfume de otra piel. Rodar en otra cama. Cierro los ojos. Despertar y no recordar nada, nada de ayer.

Mis ojos recorren la habitación mientras me pregunto dónde estoy. Todo está en total penumbras. Palpo mi cuerpo y descubro que estoy desnuda. La sábana que me cubre se convierte en una sombra gigantesca, no parece envolverme, pareciera querer amortajarme. Mi cabeza da vueltas, gira y gira por el gran esfuerzo de recordar cómo llegué aquí. La oscuridad me impide reconocer algo, encontrar una señal. Un desamparo total empieza a invadirme.

El silencio es sepulcral. ¿Estaré muerta? ¿Será otra pesadilla? ¿Mi voz se ha desvanecido? Nadie responde. Ni yo misma. El silencio es mortal.

Siempre he creído que el miedo tiene el color de la noche. Sí, oscuro como la campana de barro que presiente las tragedias y ahoga su tañer. Tenebroso como el bosque donde cuelgan cabezas de muñecas viejas con bocas remendadas. Lúgubre como el pozo donde mueres ahogada. Y yo aquí, sin recordar cómo llegué a esta habitación de oscurecido paisaje.

Tiemblo ligeramente.

El cuerpo empieza a dolerme, como si hubiera rodado por unas escaleras de espiral infinita. La piel me arde, soy una bruja que no sucumbió en la hoguera, pienso. El malestar en el cuello aumenta, alguien quiso estrangularme.

Amortajada en la cama, los latidos de mi corazón advierten que sigo viva. ¿O imagino esas pulsaciones? ¿Y si estoy muerta? ¿Enterrada viva? Intento mover los dedos de mi mano, no responden, están totalmente inertes. Mis pies están congelados, fríos e inmóviles. Las rodillas parecen dos agujeros negros, mi ombligo un pozo sin fondo. Mis pechos, girasoles deshojados. Mi pubis, luna rasgada.

Todos mis pecados llegan de golpe, lenguas de lumbre que prometen el infierno. Quizá ya estoy en el averno. Mala hija, solterona amargada, puta arrepentida, hierba mala sin arrancar. De niña escupí la imagen de un santo, en esa iglesia donde años después me abandonaron vestida de novia. Le prometí a Lucifer mi cuerpo, si me volvía despreciable e insensible. Juré retozar en cada llamarada, desollar amantes ingenuos y arrastrarlos conmigo a lo más profundo del infierno.

De pronto, escucho un largo gruñido. No es un gemido ni un quejido. Es un gruñido. Creo que un perro rabioso está cerca de la cama. Que una criatura deforme está a punto de tragarme. Imagino que un rostro desfigurado me acecha escondido en un rincón. Un demonio sanguinario me ha secuestrado… ¿Por qué no puedo moverme? Otra vez, un gruñido, lo escucho más cerca, demasiado cerca. Alguien está a mi lado, de verdad. Él o eso es quien ha gruñido como si fuera un animal. Bufa como para intimidarme, para que palpe toda mi fragilidad, lo efímero de mi vida.

Detengo la respiración por un instante. Maldigo a mi corazón porque empieza a latir muy fuerte. Cállate, estúpido, baja el volumen de tus sonoros latidos, le digo. Tres gotitas de sudor empiezan a rodar muy lentamente hasta mis labios. ¿O son lágrimas? Cierro fuerte los ojos, tan fuerte que me duelen los párpados, siento un vacío en el estómago y aprieto con tal fuerza el puño de la mano izquierda que creo quebrar las líneas de mi palma.

Unas afiladas uñas comienzan a rasgar mi muslo derecho, poco a poco se encajan como mil colmillos de vampiros. Me recorren como si desearan tatuar en mi piel todos los signos malditos del infierno. Bajan lentamente para llegar a mi tobillo y jalan bruscamente la pulsera que lo envuelve, la rompen. El sonido de las perlitas que caen al piso parece replicar los gritos que no puedo emitir.

Los dedos de esa cosa vuelven a subir por mis piernas, a detenerse en mi muslo, lo aprietan con brusquedad. No, no puedo moverme. No tengo fuerzas para rechazar esos toscos manoseos. Pero cuando quiere separar mis piernas, logro apretarlas como cuando fui una niña buena. Las mantengo cerradas como una tumba. Atrancadas como las puertas del castillo de la princesa más virginal. Mi resistencia parece inútil, eso no se da por vencido, insiste con violencia, con una brutalidad que jamás había sentido.

Entonces, un cuerpo sudado cae encima de mí. Es un cuerpo seboso, pareciera ungido de vómito. Me aplasta como si fuera una piedra enorme. Estruja mis latidos que se aceleran más y más.

Vuelve a gruñir, ahora tan cerca de mi oído. Su aliento huele a podrido. Su barba raspa como millones de alfileres puntiagudos. No deja de intentar abrirme las piernas, con sus manos, con su pene erecto.

Un escalofrío sacude mi cuerpo, el miedo aprieta mis ojos y al mismo tiempo el terror me hace abrirlos. Siento hundirme en tinieblas. Jamás había sentido un miedo tan atroz. Los momentos de silencio me abruman, pero si eso vuelve a gruñir, me aterro. Ráfagas de demencia azotan mi espalda. El peligro amenazante respira junto a mí. La desesperanza total desata un largo suspiro.

La muerte sonríe.

Intento golpear su espalda, pero sujeta mis muñecas. Las aprieta como si quisiera exprimir su pulso, como si quisiera desbordar de ellas los ríos más rojos.

Forcejeo con toda mi alma, lucho porque sé que es el último día de mi vida. Me culpo tanto, qué estúpida soy, me repito, yo me busqué estos segundos del infierno más temido, invité al demonio a poseerme.

Ni siquiera puedo rezar, he blasfemado tanto. No recuerdo el “Ave María”, no he perdonado a quienes me ofenden, solamente repito por mi culpa, por mi culpa, por mi maldita culpa. Que me convierta en estatua de sal como la mujer de Lot, por desobediente. Que un volcán en erupción me entierre bajo sus cenizas como le pasó a Drusila, sorda de fe. Que por embustera caiga muerta como Safira.

Ninguna virgen me salvará, he renegado tanto de su abnegación y de su pureza. Mi alma está más que perdida. No estoy llena de gracia. El perpetuo socorro me ignora por haber cedido a todas las tentaciones. Si una de esas santas me está mirando ahora, no puede sentir compasión, me deja a mi suerte porque no soy nada. Su mirada llena de pureza no puede conmoverse ante la perversión que cubre a mi piel.

¿Y si me secuestraron? Hombre o vampiro, zombi o monstruo. No importa qué. Ninguno tendrá misericordia. Seré mordida por colmillos venenosos. Seré golpeada con puños de odio. Seré quemada con flamas vengativas. Seré violada mil veces, no sentiré mi alma, quedarán girones de mi piel.

¿Quién me encerró en esta habitación? Un corazón de roca que me trata como desecho. Una mano diabólica me ha botado aquí como basura. Callo mis súplicas, segura que aquí está alguien sin oídos para escucharme. Para esta alma hueca son una cosa desechable. Qué desgraciada me siento, qué soledad tan tenebrosa me cubre.

Esa cosa sigue aplastándome, sigue estrujándome sin piedad alguna. ¿Quién está encima de mi cuerpo? ¿Un violador que como siempre quedará impune? ¿Un asesino con el alma hueca? ¿El demonio más cruel? ¿Lucifer y su infierno tan temido? Madre, perdóname. Todos, púdranse. Maldito cielo, ¿por qué están tan lejos? Y si grito, ¿alguien podrá ayudarme? Y si me defiendo, ¿saldré viva de aquí? Y si me lleno de coraje, ¿viviré otro día más? Toda mi fe y mi poca fe. Todo mi llanto contenido y mi aridez empapada. Toda la rabia ante esta orfandad. Mi débil temple toma aire. Invoco a mis propios demonios. Abofeteo a mis cobardes ángeles guardianes.

Los segundos transcurridos me vuelven un kamikaze. Las horas olvidadas, heroína sin orgullo. Mi ayer, en villana. Y este ahorita, despierta a la bruja que dormita dentro de mí, la mujer que no morirá esta noche maldita.

Entonces, siento que la mano izquierda de esa cosa se enreda en mi mano derecha. Sus dedos asfixian mi muñeca. Forcejamos, intento zafarme, ofrezco toda la resistencia posible. Me aprisiona con verdadero odio, quiero liberarme con toda la vocación por vivir. En eso, de reojo, advierto que la mano derecha de ese demonio se ha descuidado, o no es tan fuerte, logro zafar mi mano izquierda de sus dedos y lo único que se me ocurre es persignarme. Lo hago con torpeza, aterrada, convencida… Dios padre, ¿estás ciego? Dios hijo, ¿eres sordo? Dios santo, ¿mataste al espíritu? Un remolino me envuelve, caigo en un hoyo negro, caigo.

.

. Empiezo a abrir los ojos con sumo cuidado, alcanzo a ver que está amaneciendo. Un trino en la lejanía. Siento como si el aleteo de palomas que sueltan el vuelo se uniese para despertar a mi cuerpo. Logro incorporarme, entre desquiciada y lúcida. Lo hago a toda velocidad, pero también como si lo hiciera en cámara lenta. Me siento en la orilla de la cama. Mi mano en el pecho que está a punto de estallar.

Volteo para todos lados. Nadie, nadie está en la habitación. Tomo aire, exhalo como si quisiera exorcizarme a mí misma con mis propios suspiros.

Al bajar la vista, advierto en mis piernas pequeños rasguños y en cada herida brotan hilitos de sangre, su tono rojo trágico se desvanece cuando mis lágrimas caen sobre ellos, una a una.

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