El teléfono de la casa suena. Un tono, dos.
Yo estoy sentado en el baño, disfruto las mañanas de domingo porque puedo cagar sin prisa.
Tres tonos.
Lo sabe Maricela, ¿por qué carajo se tarda en contestar?
Cuatro tonos.
El único día de la semana que no debo salir corriendo para iniciar un largo recorrido a la oficina, el único día que me puedo tardar el tiempo que quiera en el baño, mi templo de inmundicia, mi refugio de absoluta soledad. Cinco tonos. Aquí donde estoy yo conmigo, donde no le debo dar cuentas a nadie. Seis tonos. Domingo en la mañana, el único día en donde puedo cagar a plenitud.
Siete tonos.
—¡Contesta! —le grito furioso.
Deja de sonar.
Seguramente Maricela me hizo caso.
Comienza de nuevo.
Un tono.
—¡Contesta!
Dos tonos.
Me decido a salir, pongo un cuadro de papel de baño como separador del libro.
Tres tonos.
—¡Carajo, Maricela! —salgo del baño y azoto la puerta.
Cuatro tonos.
¿Dónde carajo está el aparato?
Cinco tonos.
¿Quién chingados llama al número local?
Seis, siete tonos.
No está el aparato, ni la pinche Maricela.
Deja de sonar.
Termino de abrocharme el cinturón, regreso al baño a recoger mi libro y a rociar el líquido de flores que me obliga a usar la pinche Maricela. Un tono.
—¡Maricela, con un carajo!
Dos tonos.
¿Habrá salido? Ella sabe que necesito este espacio en mi vida, no se iría así como así.
No veo el aparato.
Tres tonos.
—¿Maricela? —Le grito extrañado.
Cuatro tonos.
Comienzo a buscarla en el estudio. Cinco tonos. También intento encontrar el maldito aparato.
Seis tonos.
Entro a la recámara de huéspedes, incluso me inclino a buscarla bajo la cama. Cuando juega a esconderse de mí, ahí espera paciente a que pase cerca para sostener con su mano mi tobillo, se ríe con cada uno de los insultos que escupo para maldecirla a ella, a su madre, a su genealogía entera. Siete tonos.
Deja de sonar.
Cierro la puerta tras de mí.
Comienza a sonar.
Aguanto la respiración para saber de dónde viene el sonido, lo escucho lejano, pero suficientemente fuerte para que se encuentre dentro de casa.
Dos, tres, cuatro, cinco tonos.
El cubo de la jardinera es lo que trae el sonido.
Seis, siete tonos.
Debe estar abajo.
Deja de sonar.
Cuando llego a la cocina la veo, está ahí, Maricela sentada en el comedor, tiene los ojos llorosos, en una mano el teléfono y en otra el arma que guardo en mi buró.
—¿Qué pasa? —Comienza a sonar el teléfono—, contesta —le digo en un tono que pretende ser conciliador.
Dos, tres tonos.
—No pueden ser buenas noticias —me dice.
—¿De qué hablas?
Ella está nerviosa, sus manos trémulas sostienen teléfono y arma.
Cuatro tonos.
—Dame el teléfono, Maricela —le digo acercándome a ella.
—No —responde tajante, mueve con torpeza el arma y el teléfono.
Cinco tonos.
—Maricela, dame eso.
Seis tonos.
Ella contempla sus manos.
—No son buenas noticias.
Dispara el arma.
Siete tonos.
Deja de sonar.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.