Christopher Silvester, catedrático de historia en Peterhouse, Cambridge, durante más de 10 años trabajó como periodista para Private Eye, pero también colaborador de importantes medios y es responsable de Las grandes entrevistas de la historia, que comprende de 1859 a 1992.

Esta es la última parte y aparecen otros personajes tomados de su libro en un lapso bastante amplio. Persisten en la memoria. Dejaron huella.

Oscar Wilde (1854-1900). Entrevistado por Robert Ross. (St. James’s Gazette, 18 de enero de 1895).

Poeta y dramaturgo irlandés, Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde nació en Dublín. Su primer libro de poemas fue publicado en 1881. Escribió varios influyentes ensayos y artículos. Su única novela, El retrato de Dorian Gray apareció en 1890. Seguirían éxitos teatrales como El abanico de Lady Windermere, Una mujer sin importancia y La importancia de llamarse Ernesto, entre otros.

Se sospechaba que el propio Wilde había sido el autor de esta entrevista, que fue publicada anónimamente bajo el encabezamiento de “Mr Oscar Wilde on Mr Oscar Wilde; an interview”, pero el editor de las cartas de Wilde, Rupert Hart-Davis, cree que se trató de una colaboración de Wilde y Robert Ross, su secretario.

Ross preguntó si le complacía aparecer ante el telón tras la representación de sus obras. Respondió: “‘En absoluto. Ningún artista siente el menor interés por ver al público. Es el público el que está interesado en ver al artista. Personalmente prefiero la costumbre francesa, de acuerdo con la cual es el actor de más edad de los participantes en la obra el que anuncia el nombre del dramaturgo’.

“¿A qué atribuye el hecho de que aparte de usted sean tan pocos los hombres de letras que han escrito obras para su presentación en público? ‘En primer lugar, a la existencia de una censura irresponsable. Que mi Salomé no pueda ser representada es prueba suficiente de la insensatez de semejante institución. Jamás ningún arte ha sobrevivido a la censura; ningún arte podrá hacerlo’.

“¿Y el segundo motivo? ‘En segundo lugar, al rumor persistentemente difundido fuera del país por los periodistas durante los últimos treinta años en el sentido de que el deber del autor teatral es agradar al público. El arte tiene como objetivo tanto procurar placer como dolor. El objeto del arte es ser arte. Como he dicho anteriormente, la obra de arte debe dominar al espectador, no el espectador al arte’, ¿No admite usted excepción alguna? ‘Sí. Los circos, donde al parecer los deseos del público pueden quedar razonablemente satisfechos.

’ ¿Cuál sería para usted la crítica teatral ideal? ‘Por lo que a mi trabajo se refiere, la aclamación incondicional.

’” Stefan Zweig (1881-1942). Entrevistado por Robert van Gelder. (The New York Times Book Review, 28 de julio de 1940).

Biógrafo y novelista austriaco de origen judío, nació en Viena. Escribió populares biografías de Balzac, Dickens, María Estuardo y María Antonieta, y también novelas como Carta a una desconocida y Beware of Pity. Dos años después de esta entrevista, Zweig se suicidó en Brasil.

Le dijo al periodista: “La concentración del artista ha sido dañada –se golpeó el pecho con los nudillos de la mano izquierda–. ¿Cómo van a captar nuestra atención los viejos temas? Un hombre y una mujer se conocen, se enamoran, tienen una aventura: en otra época eso fue una historia. Volverá a serlo dentro de algún tiempo, pero ¿cómo vivir con entusiasmo en un mundo tan trivial como el de ahora?” También expresó: “Ni siquiera la primera Guerra Mundial supuso una crisis semejante para tantas vidas como este año. Jamás la existencia humana ha conocido las tensiones y los temores de hoy en día; demasiada tensión para disolverla en forma artística. Es por eso por lo que, en mi opinión, la literatura de los próximos años tendrá un carácter más documental que imaginativo o de ficción”.

Comentó que en tiempos había sido el “autor más traducido del mundo”. “Mis libros eran publicados en italiano, en japonés, en prácticamente todos los países del planeta. Tenían… como se dice… alcance universal. Cuando Hitler subió al poder, mis libros fueron prohibidos en Alemania. Hoy están prohibidos en Italia; la semana que viene tal vez lo estén en Francia. Pierdo un país cada quince días.

Comentó que la autobiografía que estaba escribiendo lo era como todo lo que escribe: “Cuatro veces más larga. La primera vez escribo por darme gusto. Incluyo todo lo que se me ocurre. Soy un escritor calmoso, capaz de trabajar todo el día y sentirme feliz. Así que mis primeros borradores son muy, muy largos. Por otra parte soy un lector nervioso. Me impaciento cuando un autor, yo mismo incluido, divaga. Así pues, cuando leo lo que he escrito, suprimo grandes fragmentos. Corto y recorto hasta que no queda ni una palabra de más, ni una frase de la que pueda prescindir.

Sammy Davis Jr. (1925-1990). Entrevistado por Oriana Fallaci, 1964. (Publicado en The Egotists: Sixteen Amazing Interviews, 1968).

Cantante y showman americano era hijo de una pareja de actores de vodevil. Hizo su primera aparición en el escenario a los dos años de edad. Perdió un ojo en un accidente de coche y decidió concentrarse en hacer carrera como cantante solista. Murió de cáncer de garganta. En una ocasión en que le preguntaron cuál era su hándicap de golf, respondió que, en su opinión, ser judío, negro y tuerto era suficiente hándicap.

La entrevistadora tocó un tema personal, muy conocido en esos días: “Vivían en aquel limbo porque ella era blanca como la nieve y él negro. Trajeron al mundo a una hija que no era blanca ni negra y adoptaron un hijo. Ella era Mai Britt; él Sammy Davis Jr.

“Al cabo de un rato llegó Sammy, el hombre más feo que he visto en mi vida. Tal vez verle junto a Mai, que era bellísima, le hiciera parecer más feo. Pero ocurrió algo muy extraño. Al transcurrir los minutos, las horas, cada vez resultaba menos feo, hasta que dejó de ser feo, y luego no era feo en absoluto, y después era casi hermoso, y después muy hermoso.

” Davis diría: “No me gustan nada los enfrentamientos. No soy nada peleón. Solo quiero vivir mi vida con arreglo a los valores que considero correctos”.

De Aguilar, publicado originalmente por Penguin Books. Primera edición: junio 2013.

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