La credibilidad de un gobierno es fundamental para ganar la confianza de la población y para que esta atienda sus indicaciones, como se observa en otros países en tiempos del Covid-19. En México las cosas a este respecto están mal. Si bien Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones con una votación copiosa, la proclividad a la mentira, característica de su gobierno, ha mermado significativamente la confianza de que gozaba como candidato y en los inicios de su administración. La Segunda Encuesta Nacional Covid-19, de Buendía y Laredo es elocuente: 80 por ciento opina que el gobierno federal no siempre dice la verdad en relación al coronavirus y 56 por ciento piensa que “a veces” dice la verdad. Respecto a resultados de la 4T, 48 por ciento respondió que su situación económica “está peor que hace seis meses y 21 por ciento que está igual de mal”. Entonces, ¿de dónde aquello de que el pueblo está feliz, feliz, feliz? Es solo una más de las fabulaciones del presidente.

El escepticismo popular no es nuevo; sus raíces son históricas. El pueblo no cree en el gobierno porque siempre lo han engañado, “los de antes”, sí, y también “los de ahora”. Forma parte de la tradición en la desvirtuada democracia mexicana que los candidatos engañen, prometan lo que suena bien y “jala votos”, pero que ellos mismos no piensan cumplir. Luego, tras la ilusión masiva viene el desencanto. Ya en el poder olvidan sus promesas, e incluso hostilizan a quien les exige cumplir; así era antes y así es ahora.

Comparto con usted, amable lector, algunos ejemplos de esta perniciosa práctica, tan floreciente hoy como nunca. El 9 de julio de 2018, López Obrador dijo en un foro de industriales: “No hemos crecido adecuadamente en los últimos 35 años, tenemos una tasa promedio del 2 por ciento, y esto ha impedido que se puedan crear empleos en el país […] Nuestro propósito es crecer en el sexenio, en promedio, 4 por ciento, el doble de lo que se creció en el periodo neoliberal”. Todavía este 13 de marzo, con la pandemia a las puertas, dijo a los banqueros que, en México: “Hay condiciones inmejorables para crecer a pesar de las circunstancias”. ¡Inmejorables! ¡Qué aplomo! Pero las cosas distan mucho de ser como él imagina, ajustadas a esquemas que construye como lechos de Procusto.

A estas alturas, la dinámica de los acontecimientos deja claro que tales promesas son irrealizables: en todo 2019 el PIB cayó, aunque ligeramente, y en el primer trimestre de 2020 se redujo en 1.6 por ciento respecto al anterior, su peor caída desde 2009 (Inegi). Ante el fracaso el gobierno se sale por peteneras y en vez de admitir su ligereza, mejor dice que el PIB no sirve y que usará “otros indicadores” en los que “ya está trabajando”. E inmune a la autocrítica, el 24 de mayo dijo: “tan bien que íbamos y se nos presenta lo de la pandemia”. No es cierto que sea esa la causa original; es un agravante, y en verdad fuerte. El freno en el crecimiento ocurrió antes de los estragos del Covid-19, que empezaron a manifestarse a finales de marzo. Después, entre abril y mayo se perdieron un millón de empleos, pero, el presidente afirma que ya tiene listo un plan para crear ¡2 millones más! Ninguna razón convincente de cómo obrará tal milagro. Los pobres primero, dijeron, pero el desempleo los daña a ellos, y mientras se asignan jugosos contratos a corporativos empresariales, se niegan despensas alimenticias a los más humildes y apoyo real a pequeñas empresas en inminente quiebra. Según pronósticos serios, habrá millones más de pobres en este país.

El tema central de AMLO: acabar con la corrupción, respondía acertadamente a una profunda y añeja molestia social. ¿Pero en qué ha quedado su realización? Este gobierno va de escándalo en escándalo de corrupción entre funcionarios de alto nivel y sus familias, y la cruzada se ha dirigido a perseguir enemigos políticos. Hoy estamos peor. El 21 de mayo, el Inegi publicó su Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2019, donde registra que, respecto a 2017, el año pasado los casos de corrupción gubernamental aumentaron: de 25 mil 541 por cada 100 mil habitantes a 30 mil 456; el costo económico subió en 64.1 por ciento.

Además, la gente deja de creer en el gobierno porque este no se da a respetar; lo suyo es la frivolidad y la indolencia, como exhibe su respuesta a la pandemia. Mucho tiempo tardaron en la negación y luego minimizando el peligro, aconsejando prevenirlo con amuletos. El 28 de febrero, al conocerse los primeros casos, AMLO declaró que el virus “no es, según la información que se tiene, algo terrible, fatal, ni siquiera es equivalente a la influenza”. Ya propagado el mal, machaconamente decretan aplanada la curva de contagios y muertos; está horizontal, dijo el presidente, y el 26 de abril declaró que ya “habíamos domado la epidemia”; pero la realidad es más terca, y en el recuento del 25 de mayo, México es noveno lugar mundial en fallecimientos (Universidad Johns Hopkins); la tasa de letalidad, número de defunciones respecto a casos confirmados, es 10.9 por ciento mientras que la media mundial, 6.4. Un día después, los contagios confirmados aumentaron 4.9 por ciento, hay 3 mil 455 nuevos casos y 501 defunciones, y esto dando por válidos sus datos, pues es vox populi que se están manipulando. Extraña forma de aplanarse una curva. Y así pretenden, criminalmente, reanudar actividades normales. Dijo también el presidente que afortunadamente la pandemia nos halló preparados, con los hospitales públicos equipados con todo lo necesario; el mentís lo da la realidad: diariamente vemos en los noticieros personal médico denunciando fallecimientos de compañeros por falta de equipo y exigiendo se les dote de lo necesario.

Otros temas donde igual se miente sin recato. AMLO dice que exageran quienes hablan de violencia contra las mujeres; pero reportes especializados lo desmienten. Abril fue el mes con más feminicidios desde 2015: entre enero y abril aumentaron 11.65 por ciento respecto al año pasado (Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública). Finalmente, en la campaña presidencial se prometió que la 4T nos traería la paz, pero el 23 de abril la Secretaría de Seguridad Pública reportó que marzo fue el mes con más homicidios en 20 meses: 3 mil víctimas, 8.4 por ciento más que en febrero.

En fin, mucha falta hace, más en estos tiempos, un gobierno confiable, preocupado por la gente más que por sus propias vendetas; que respete la ciencia como guía, que no mienta, que sepa rectificar, y que escuche con respeto opiniones diferentes en lugar de emplear ejércitos de bots para acallar y difamar a quienes difieren, como ha trascendido en escándalos recientes. El pueblo mexicano merece un gobierno mejor, y para lograrlo debe elevar su educación política, ardua tarea, cierto, pero realizable si se pone empeño. Y, por paradójico que parezca, las mentiras y atropellos gubernamentales tienen su lado positivo y harán su aportación: el gobierno de la 4T, exhibiéndose solo, seguirá dando evidencia de que no es popular ni de izquierda; lecciones vivas que ayudarán, por propia experiencia, al despertar popular.

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