QUINETOSCOPIO

El Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016) llegó este fin de semana al banquillo de los estrenos como un nuevo meteoro de antihéroes de la tradición cómic naturalizados al lenguaje cinematográfico y combinados en la confusión del tiempo de hoy, el de las tabletas y las app, el del terror internacional y el del asombro por la metahumanidad alumbrada con letras neón.
¿Quiénes son los buenos? ¿Para quién o con quién lo son? El fuego se combate con más fuego, las hojas de la moralidad prescribieron de este lado de la cronología donde todos tenemos cola que nos pisen aunque ya a nadie le importe. Hijos de la generación X confrontados a los desórdenes hormonales de la historia que escriben, en pleno cambio de milenio.
Y aunque el foco no está en su locura, mención merece la versión Leto del Joker heredero del trono púrpura. Actor y director hicieron un gran esfuerzo para crear sobre la enorme luz de su antecedente inmediato Heath Ledger, quien barrió en la trilogía de Christopher Nolan con la firma de una mente sabia desde el trastorno filosófico que cuestiona al bien y resignifica el valor de la justicia.
El joker de Leto predicó de una manera responsable la situación que le tocó, poco podía hacer para opacar al antecesor que enamoró a la audiencia al punto de la obsesión, sobre todo en una película que no fue hecha para él. Con la pequeña parcela de filme que ocupó, supo fabricar el monumento al millenial renegado, movido por el amor líquido en su liquidez y la liquidez del mundo.
He de confesar la rendición de mi corazón por Heath Ledger hecho Guasón, pero también descaro mi infidelidad fundada en la representación más reciente del Joker, al que conservaron al margen de un escuadrón protagonista.
Nada mejor que el Joker millenial para sostener un segundo plano de lujo y al amparo del reparto frontal. Ellos, los de enfrente, no tuvieron más que hacer lo suyo con este marco morado de sonrisa metálica y peinado radiactivo. Cuentan la crisis con la negrura de sus miradas, la sátira de su banalidad falsa, con la hermosura de un rostro mutado, las marcas del latino en llamas presidiario, con la desnudez de la debilidad humana, su rosado fetiche y desde la opresión de la mano poderosa.
Cuando las fronteras del realismo de las mujeres y de los hombres se diluyeron con los límites de lo sobrenatural y metahumano, no hay más remedio que recurrir al escuadrón suicida.
Que vuelva a sonar ya la “Rapsodia” de Mercury.

[email protected]
[email protected]

No votes yet.
Please wait...

Comentarios