Es bueno, incluso ideal, que busquemos sacar al libro de su condición de ser mercancía. En efecto, podemos leer un poema de Octavio Paz en un blog, incluso sin su título, y aún obtendremos de él alguna abrupta experiencia de lo auténticamente poético en sus figuras, imágenes y sonidos. Pero, ¿podríamos reducir el arte a su solo deleite? Ese es el riesgo de la propagación, la banalización.

Visto de ese modo, la lectura del texto por sí solo ha sido también el motivo de la “exquisitez del intelectual” (Alfonso Valencia), cuya lógica estriba en una distancia artificial con el objeto presuntamente de interés a la experiencia estética humana, a saber, un poema, por ejemplo.

Supone que hay algo de “superioridad” intrínseca, extrañezas inexplicables, en el solo hecho de llamar a alguna cosa “poema”, categorialmente, en sentido formal unívoco –categorías presupuestas, necesariamente–, con sus metros y ritmos, e incluso sus rupturas y vanguardias, generalmente émulos o covers de otros tiempos. La lectura, cualquiera, se convierte en una revelación a los elegidos, lectores que son legión: elitismo.

Aquí nos encontramos, aunque muchos no quieran verlo, con la forma capitalista de consumo: el principio de la mercancía es la sustitución de lo material por lo abstracto: uno compra Coca-Cola por la “felicidad” –“destapa la felicidad”– no por el líquido negro, de procedencia cuestionable, de índices nulos nutrimentales, etcétera. Sabemos que es una bajeza material, pero no es por ello que la consumimos: aquí se encuentra la simulación. Estos objetos, las mercancías, nos permiten simular realidades.

La propagación del texto nos permite sustituir lo material en la lectura por una categoría, una idea básica, fácil de consumir: el intelectual, artista, lector, etcétera, reducidos a su condición mercantilizada. Por tanto, he ahí la paradoja: el hecho de buscar la propagación masiva del texto, por sí solo, crea a su vez hegemonías.

Es de mi consideración personal que el libro es el objeto en donde podemos enfocarnos con éxito y tomar postura ante este grave problema de la ideología.

Incluso la obra, la expresión en sentido de lo creado, de la configuración nueva del lenguaje, se reduce a la repetición e imitación burdas. ¿Cómo podemos construir una tradición cuando el poeta es más bien una simulación? Simulación del tiempo “que nos tocó vivir”.

Por eso es pertinente repensar nuestro concepto de lectura. Antes de enarbolar preceptos o axiomas artificiales éticos, morales e incluso civiles, como el que presupone que la lectura –del texto escrito– hace mejores a los ciudadanos.

Quizá por eso Ulises Carrión pensaba que si hubiese un “arte nuevo”, en la literatura, el autor tendría que transitar el proceso mismo de la producción editorial, la manufactura del libro. Hay una propuesta crítica desde el inicio, desde la elección de los autores en el catálogo editorial: “En una lista, lo primero que se nota son las omisiones”, dijo alguna vez Jorge Luis Borges.

Por supuesto, al respecto habrá opiniones muchas veces antagónicas y diversas –¿Qué debe durar, qué no? ¿Cuáles serán las obras que antologará nuestra generación? ¿Quiénes son, por qué y cómo, los “grandes” escritores de nuestra época?– pero siempre con la mirada firme ante la tradición y los cánones del relato que nos precede, inscrita además en el hilo de nuestras obras, como puentes y comienzos.

La atención de los editores y revisores que se reúnen a proponer y corregir los textos, cualquiera que sea el género, se enfoca –o debería, no estoy seguro de que aún lo hagan– tanto en el contenido como la manufactura del libro. Buscamos literatura, no objetos lindos que nos permitan simular que somos lectores.

De ello dependen las decisiones ortotipográficas, el material, la forma, incluso el color del libro. La tipografía vale tanto como el título mismo de la obra, cuando se mira el libro en sentido global. Cada detalle es crucial, cuando dejamos de fingir.

Por esa razón, “hacer libros” no es una simple tarea de encuadernación. Aprender a “leer libros” va más allá de leer su contenido, significa abrirse a la contemplación de sus elementos.

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