Fidel Velázquez es uno de los grandes mitos de la historia mexicana contemporánea. Su larga vida y su participación por muchas décadas en el escenario político de nuestro país, lo mismo que sus anécdotas, su control sobre los trabajadores y su inconfundible figura –un banquete para los caricaturistas–, lo señalan como uno de los más importantes actores del sistema encarnado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), del que don Fidel fue uno de sus más destacados miembros y quizás el más representativo por su longeva marrullería, que lo llevó a convertirse en el símbolo de una época.
En efecto, quizá nadie como él puede sintetizar en una sola persona todos los vicios y defectos del gobierno del PRI, a partir de 1940 y hasta el 2000, en que la derrota del antiguo partido oficial sobrevino poco tiempo después de la muerte de este hombre, quien en lugar de luchar por establecer la dictadura del proletario, prefirió ser todo un dictador.
Desde 1950 hasta 1997, Fidel se reeligió seis veces sin oposición alguna. Era un personaje camaleónico por excelencia. Cuando nació la CTM, su lema era: “Por una sociedad sin clases”. Fidel asumió una posición izquierdista e hizo suyo ese discurso. “No soy comunista, pero admiro a los comunistas porque son revolucionarios como yo y como todos los miembros de la CTM”, expresaba. Incluso, durante la presidencia de Ávila Camacho pidió reanudar relaciones con la URSS. Sin embargo, la expulsión de Lombardo le permitió quitarse la careta y mostrarse como un anticomunista, discurso que mantuvo durante varias décadas, hasta modificarlo un poco en los últimos años de su vida, cuando confesó que “en algunos momentos he llevado a cabo acciones con base en las teorías de Marx”. En 1968, empero, había acusado a “los agitadores profesionales de los más variados matices, que obedeciendo consignas extrañas, solamente persiguen alterar el orden público y minar la autoridad del gobierno”.
De la misma forma, en 1972 hizo una protesta contra el obispo de Cuernavaca Sergio Méndez Arceo en la capital morelense. En esa década, la del nacimiento de la guerrilla e intensificación de los movimientos sindicales independientes, Velázquez tuvo una actitud de lucha en contra de todos ellos e incluso del presidente Luis Echeverría quien, se rumoraba, quería hacerlo a un lado.
En 1979 recibió la medalla Belisario Domínguez otorgada por el Senado de República. Eran los tiempos de cosechar los servicios prestados al gobierno. El dictamen señalaba que se le otorgaba por “su lealtad revolucionaria, materializando siempre la identificación y solidaridad de la CTM con los regímenes de la Revolución, de tal manera que esta central es una aliada permanente en las causas que la nación demanda”.
Cuando todo el mundo pensaba que sería su despedida, Fidel, un octogenario entonces, se lanzó a un nuevo periodo como secretario general, hasta 1986. Los senadores y la clase política aplaudieron a ese hombre que había logrado mantener el control de la clase obrera durante medio siglo. Pero ahí no paró todo. En 1986 volvió a reelegirse y después para el periodo 1992-1998, el cual no logró terminar porque murió un año antes.
Desde 1950, Fidel Velázquez había logrado contener el sindicalismo y se había mantenido como una esfinge, con las mismas características, incluidas sus gafas negras. En 1997, un mes después de su muerte, el viejo sistema comenzó un declive al perder las elecciones del gobierno de la capital del país y, tres años después, la presidencia de la República.
Actualmente no existe un líder tan longevo, reconocido por su entrega al poder y servilismo político como lo fue Fidel Velázquez. En plenas elecciones la carencia de un cabecilla como este es fundamental para el gane electoral ya que la manipulación de los agremiados sindicales bajo sobornos y amedramientos son una estrategia electoral bastante conocida y común en el país.
Actualmente, las altas cúpulas del poder argumentan que con el apoyo sindical y sin el de todas formas el pueblo de México ha entrado a una madurez política en la cual sabe y conoce que ruta tomar al elegir a los gobernantes más idóneos, sin chantajes, amenazas y miedos. ¿Tú lo crees?… Yo tampoco.

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