Qué tienen en común Francis Fukuyama y David Harvey. Uno politólogo, el otro economista. Los vincula una preocupación común: ¿cómo se puede alcanzar un crecimiento ascendente, incluyente y que, sobre todo, sea capaz de redistribuir la riqueza? Fukuyama aspira a un modelo donde la economía mantenga una relación virtuosa con la democracia liberal. Ese es el anhelo del politólogo. Sin embargo, la ruta se encuentra rodeada por diversas dificultades.

En 1992, el politólogo publicó un texto titulado El autoritarismo blando que “existe en Japón, Singapur y otros estados con economía vibrante en la región”. Para este estudioso, el éxito económico del Asia de la posguerra es el principal legitimador del autoritarismo blando basado en la tecnología al promover una fuerza de trabajo altamente educada y disciplinada. Afirma: “Cuando maduran económicamente, los países tienden a producir una clase media cada vez mejor educada que se conecte con el mercado mundial de las ideas”.

El autoritarismo fue acuñado por el fascismo, “con la derrota del fascismo y del nazismo, el autoritarismo se convierte en un término peyorativo que significa ‘mala autoridad’, un abuso y un exceso de autoridad que aplasta la libertad… autoritarismo se corresponde más con libertad que con democracia” (Giovanni Sartori).

A pesar de todo, ese modelo japonés no ha logrado resultados económicos sobresalientes, de manera que para 2017 su economía alcanzaba un producto interno bruto (PIB) per cápita de 39 mil 11 dólares –en México es apenas de 8 mil 910–. El crecimiento del PIB para 2019 será de apenas 1.3 por ciento, con una inflación de 0.5 por ciento y una severa deuda pública de 237.

6 por ciento del PIB. Ese país es el tercer mayor productor mundial de automóviles y el segundo de barcos. De esa economía de claroscuros, Fukuyama anticipa: “La alternativa asiática no parece ser exportable fuera de las regiones de cultura confuciana”.

Por su parte, David Harvey en un largo artículo publicado a finales de la década de 1990 señala con obviedad que “el capitalismo versa siempre sobre el crecimiento, no importa cuáles sean las consecuencias ecológicas, sociales o geopolíticas. Siempre sobre cambios tecnológicos y de modelos de vida. El capitalismo genera mucha inseguridad, siempre es inestable y propenso a la crisis”. Ese comportamiento cíclico provocó, durante la década de 1990 y los primeros años del nuevo milenio, que la política obrera se mantuviera a la defensiva a medida que se incrementaba el desempleo y la inseguridad en el trabajo; por su parte, el crecimiento económico mantuvo altibajos, la borrachera crediticia fue una constante y la ilustra la crisis en vivienda que vivió Estados Unidos durante 2008-2009.

El otro proceso que enfrentó el modelo fue el desmantelamiento del Estado benefactor. Estos años fueron definidos también por un acelerado proceso de innovación tecnológica, el Internet, la nueva alfombra mágica, como la define Raúl Trejo Delarbre. La pobreza –mundial–, la concentración del ingreso, la desigualdad, continúan siendo el rostro cotidiano de esta economía.

Pensar en el capitalismo desde una perspectiva ética parece una utopía, pero quizá sea a partir de esta lógica filosófica que se puedan encontrar nuevos caminos. Así lo propone el filósofo japonés Tetsuro Watsuji, quien afirma que la ética no debe verse desde la perspectiva individual, sino más bien desde la óptica interpersonal. Watsuji ha formulado un sistema filosófico que se concentra en las relaciones de la familia, la nación y la sociedad. La creencia fundamental es que la ética no se origina en los individuos, sino en la comunidad. Con este enfoque coincide nuestro economista Harvey, quien de manera irreverente y fresca reconoce que “el capitalismo ha transformado la faz de la Tierra a un ritmo acelerado los últimos 200 años. No puede verosímilmente continuar así durante otros 200. Alguien, en algún sitio, debe pensar qué clase de sistema social debe reemplazarlo. No parece haber alternativa más que construir una política cuyo motivo central sea la pregunta: ¿cómo sería la vida si ya no dominase la acumulación de capital? Esa cuestión merece la mayor atención. La(s) respuesta(s) no puede(n) esperar. El futuro nos alcanzó.

Comentarios