Prometeo responde desafiante a los dioses: “Convertí a los hombres de niños tiernos en seres racionales. Veían sin ver, oían sin oír. Todo les ocurría por azar y lo ignoraban todo. Yo les descubrí los astros, los números, la ley, la escritura y la memoria”. La historia prometeica ha sido como los rostros de Jano, de la vida y la muerte. Múltiples momentos en los que la humanidad se ha propuesto encontrar el progreso y la mejor forma de organización social: la democracia. La lucha entre las ideas es un rasgo distintivo de todos los tiempos. Por ejemplo, los griegos describían a los no griegos como bárbaros; el bárbaro era el forastero, o como ahora se le caracteriza, el otro. La ruta hacia el progreso-bienestar, el ethos democrático, ha sido compleja, contradictoria, de suma y resta.

El siglo XX está cargado de esa fragmentación y polarización política, de autoritarismo, crisis y el holocausto. En ese periodo la institución democrática ha sido sobrecargada de expectativas que le han hecho perder autoridad, credibilidad, confianza. Esa desconfianza la ha debilitado, erosionándola hasta, incluso, colapsarla (por ejemplo, en la Europa negra del nazismo). La disputa entre la democracia liberal y el populismo continúa viva. El mayor peligro del populismo es, quizá, dar la impresión de cumplir las promesas de la democracia, en ese propósito le resulta muy útil la voz: ¡que el pueblo gobierne! La idea de pueblo único, con rostro homogéneo, poseedor de la verdad, es un planteamiento poco responsable; para Jürgen Habermas, el pueblo “solo se presenta en plural. Y es una fantasía peligrosa, porque los populistas no solo prosperan en el conflicto y alientan la polarización: a cualquiera que se les interponga en el camino lo tachan de ‘enemigo del pueblo’”. Es necesario precisar que el conflicto tiene un significado para los populistas y otro, muy distinto, es el sentido para los demócratas. Para Sartori, “la democracia no requiere consenso sino conflicto, que la democracia se maximiza y se enriquece con el conflicto”. En política es inevitable, legítimo y necesario el desacuerdo. El asunto es “como se trata a quienes no están de acuerdo, y si el proyecto político que tienes obedece fundamentalmente a un impulso negativo, es decir, que se opone a otros, en vez de ofrecer una visión positiva”, Jan Werner Müller. Cuántos estadistas populistas son la voz y/o hablan en nombre del pueblo; por ejemplo, Maduro en Venezuela, o el presidente turco Tayyip Erdogan que declara: “nosotros somos el pueblo” para luego increpar a sus críticos: “¿ustedes quiénes son?”

Uno de los mayores conflictos y riesgos que hoy puede enfrentar la democracia es el populismo. La democracia requiere pluralismo y “el reconocimiento de que es necesario encontrar términos justos para convivir como ciudadanos libres e iguales, pero también irreductiblemente distintos”, Jan Werner Müller. La línea que separa claramente el populismo de la política democrática es que esta última sujeta y defiende con firmeza las instituciones electorales, su autonomía, legalidad, legitimidad, decisiones y resultados. La política democrática no convierte el conflicto en una bandera personal ni en un asunto moral contra lo inmoral, como sí lo hace el populismo, quien además sataniza a sus opositores como “enemigos de la patria”. La paradoja del populismo es que se presenta como una alternativa democrática, es la democracia iliberal. La mejor respuesta que puede dar la democracia al populismo es ser defensa de la pluralidad, la libertad, la diversidad, el diálogo, el reconocimiento por el otro. Quien discute de “democracia acaba discutiendo de soberanía popular, de igualdad y de autogobierno… La democracia se basa en la competencia entre partidos, de la misma forma que la economía de mercado se basa en la competencia entre productores”, Giovanni Sartori. En el caso específico de México, su transición ha consolidado la alternancia electoral, un logro significativo para su democracia. Hoy la incertidumbre sobre quién triunfará en las siguientes elecciones es regla. Avanzar en la construcción de esa historia prometéica debiera ser compromiso y obligación de todos: partidos y sociedad. Como también debiera ser un propósito fundamental demandar a los partidos y sus actores (la clase política) un discurso que se corresponda con la legalidad, la honestidad, la ética, la transparencia. Es decir, que la política y los políticos recuperen ética y credibilidad. Cuando Winston Churchill, durante la segunda Guerra Mundial, dirigió un discurso memorable a los ingleses, ofreció de manera ética, honesta y creíble tres compromisos, que sobradamente cumplió: sangre, sudor y lágrimas, eso le valió, al también premio Nobel de la Literatura, ser reelecto. La política democrática, particularmente en México, el discurso de los políticos debiera corresponder a la realidad social. Es la única manera de volver a creer en ellos y sobre todo de cancelar el fantasma del populismo (de derecha o de izquierda). Volver, pues, a la parábola prometéica.

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