El hombre pequeño se sienta ante un escritorio que ocupa la mitad de la habitación, frente a él y sus interlocutores siempre se encuentra el monitor de una computadora que le impide ver a quien está del otro lado, nadie sabe si está escribiendo un importante informe o consultando su Facebook. Se sienta en la cómoda silla de piel y sus pequeñas piernitas se balancean, pero nadie lo nota, porque el escritorio de mármol alcanza a cubrir su pequeño cuerpo. Es un hombre pequeño que disfruta vestir con camisas en donde la marca sea muy notoria, especialmente nombres italianos, aunque su gusto para elegir telas es terrible, no se alcanza a comprender cómo las marcas de nombres italianos compuestos pueden tener semejantes telas en su catálogo, los cotilleos de sus empleados dicen que tal vez compra los descuentos que generalmente son los errores que las marcas italianas de nombres compuestos rematan. Pero eso no importa, puesto que el hombre pequeño disfruta mostrar su camisa, aunque los cuadros de su tela sean tan de mal gusto. Un par de defensoras de su aspecto consideran que, tal vez, es culpa de su esposa, que ella le busca camisas de marca italiana de nombre compuesto pero que ella en realidad tiene mal gusto, aunque su deseo verdadero es mostrar que el hombre pequeño, su marido, es exitoso por vestir su camisa italiana de nombre compuesto. Dicen que su mujer es muy grande, nunca hemos entendido a qué se refieren, si a lo alto, a lo ancho o a ambas cosas, en realidad no dudamos que sea muy grande, pues las hijas gemelas del hombre pequeño son mucho más altas que él y no han cumplido ni los 12 años. De algún lado deben venir los genes grandes de esas niñas rollizas que se sonrojan cuando suben escaleras, como si el esfuerzo que hacen para realizar cualquier actividad física les impidiera que la sangre de su corazón les bombeara a través de todo su cuerpo infinito. En realidad, los contrastes de ese pequeño hombrecito no importan, porque él se asume como alguien muy grande, lo demuestra en sus títulos que cuelgan detrás de él en gruesos marcos, su gran portafolios de piel, su coche grande que conduce un chofer delgado y cetrino, y su deseo por hacer esperar casi dos horas a todas las personas que tienen una cita con él.
Al final del día, el hombrecito duerme en su enorme cama, abraza a su mujer grande y sueña que es enorme, va subiendo una montaña hecha con el cuerpo de toda la gente a la que despidió y cada vez que pisa una cabeza, un brazo o una pierna va alimentándose una fuerza suprema que le permite crecer. Pero por la mañana, sigue siendo un pequeño hombrecito a quien se le dificulta mirarse al espejo para ver si sus camisas de marca italiana tienen el cuello bien acomodado y no importa todos los esfuerzos que haga, pues al final, su vista está al ras del suelo y sigue teniendo que levantar la cara cuando sus jefes le llaman para pedirle cuentas, entonces une sus pequeñas manitas, suda copiosamente y moja el cuello de su camisa de marca italiana de nombre compuesto, tartamudea y la voz se vuelve apenas un hilito inaudible y lastimero.

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