Un poco de retraso

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Victor Valencia

–Sale hamburguesa refresco café y rebanada de pastel clin cling.
Rodolfo acomodó la nota en una esquina de la bandeja y se olvidó del pedido. Bajó al mínimo la llama de la plancha; aunque la tarde estaba floja sin vista a mejorar, la mantendría caliente, “igual que el horno de una buena máquina: listo para arder y arrancar de inmediato”, como rezaba su dicho predilecto.
No había trastos sucios, más carne que aplanar, no gustaba de platicar con el jefe, solo quedaba esperar clientes. Cruzó los brazos recargado en el fregadero de la pequeña cocina, en la barra ya no estaba la bandeja, el nuevo mesero la habría retirado para despacharla, solo esperar. Buen momento para encender un cigarro.
Echó la cabeza hacia atrás y suspiró. Del delantal sacó un empaque empezado de palillos, lo agitó y sobresalieron sus puntas, tomó uno para mordisquearlo e inhaló el sucedáneo, pretendiendo humo. Qué tiempos tan difíciles, se dijo.
Recordaba épocas cuando era posible fumar en restaurantes, salas de espera, en sus queridos vagones. Épocas mejores, ahora todo valía un cuerno. Ahora los vagones eran remodelados en cafeterías para que vinieran parejas y admiraran fotografías en blanco y negro de trenes en los que nunca viajarán, venían a platicar entre sí y ver su teléfono, a llenarse el estómago después de sacarles fotos a su comida, y más mirar sus teléfonos, cuando deberían venir con solo un boleto de ida y sueños de fuga en los ojos, y quizás una maleta, como hace…
– ¡Pedido!
El grito rompió los recuerdos de Rodolfo. ¿Grito? ¿Acaso el nuevo me gritó? Ya le demostraría a quien le acaba de gritar, pero primero el trabajo. Se sacó el palillo, sin notar las marcas de mordidas ansiosas. De la barra tomó la nota, 2230 localidad 17… ¿Qué cuernos?
–¡Ey! ¡Nuevo!– llamó, el mesero apareció con nerviosismo juvenil –¿Qué pusiste aquí?
–Dos capuchinos de vainilla, unas crepas de cajeta y un sándwich de jamón serrano.
–¿Todo bien?– preguntó el jefe desde su inamovible asiento frente a la caja.
Nueva lectura, el muchacho tenía razón. –Todo bien jefe– . Miradas suspicaces, y Rodolfo echó el jamón a la plancha. Un desperdicio, no vale subir la flama, tanto calor silo para dos rebanadas, ¿por qué había leído esa hora?, masa a la crepera que siempre había odiado, una estufita sin carácter para un platillo sin carácter, era la hora en la que debí tomar mi tren, una carga de café, vapor a presión sacando espuma de leche fría sobre saborizante y otra vez, la espuma sube con el café y canela, pero mi tren nunca llegó, queso crema y voltear la masa y otra vez voltear, rejas de cajeta adorno de chocolate líquido con una frambuesa, entonces me quedé solo y solo con mi maleta, voltear el jamón, rebanadas de verduras sobre pan con aderezo y a calentar, entonces me quedé sin futuro, todo junto sobre la bandeja incluida la nota releída, salen dos capuchinos crepas y sándwich clin cling.
El mesero trajo la bandeja con el servicio anterior y retiró la reciente, falsos candelabros en el vagón y tubos fluorescentes en la cocina imitan luz mortecina. Rodolfo puso los pocos trastos sucios en el fregadero, la bandeja en su sitio, no le alcanzó el tiempo para llegar a ser maquinista, con años ascendió hasta boletero mientras estudiaba y desvelaba los arcanos prodigios del control de la locomotora, luego ya es un transporte en desuso y el último viaje es mañana, y mañana será el día en que me vaya con mis sueños, tenía el boleto y el equipaje pero no pasó, se suponía que era el último pero no pasó…
–Pedido– sin gritar.
Se secó las manos en el delantal, leyó la nota, leyó la nota, las manos otra vez a secar. Por encima de la barra:
–Disculpe jefe, ¿qué dice aquí?
–Un refresco y una milanesa con papas. ¿Tienes problemas para leer Rodolfo?
–No jefe, todo bien. Gracias jefe.
Jefe, tiene la mitad de mi edad y tengo que llamarlo jefe. Si la vida… si mi vida hubiera seguido su curso ahora él me llamaría señor, sí señor, qué tal el viaje señor, le traje un café señor, por lo menos ahora poco de más calor, milanesa del refrigerador a la plancha, y los meseros son más niños todavía, las papas también al fuego aunque insisten en el horno de microondas para mayor velocidad y ahorro de gas, niños que no saben lo que es la velocidad de toneladas de metal movidas por un corazón abrazador, voltear y remover, a boletero y nada más, aunque había respeto siquiera en la campanilla, con el segundo timbrar ligeramente distinto al primero, únicamente escuchabas la diferencia cuando tenías oído, voltear y remover y servir y una botella con vaso, en cambio esta es un engaño, sale milanesa y refresco clin cling.
Primera clase viaje directo solo ida, había leído dos veces en la nota… y todas las noches en la memoria desde hace 29 o 30 años, 30, ayer se cumplieron 30 de esperar en el único andén donde ahora reposa este apéndice turístico de segunda clase y músculos desenganchados, bajar la llama, otro palillo, 30 años de velar y barrer la estación por unos pesos y seguir esperando que arribe el pasado y llega recuperación de espacios con pintura y una cocina diminuta por los mismos pesos, y llegan dos bandejas con trastos sucios para lavarlos junto con la hora de cerrar ya de noche.
2230 localidad 17 primera clase viaje directo solo ida, el último tenía que ser en primera por supuesto, aunque se fueran, se fueron, los ahorros con solo la mitad en devolución, sin devolución a la promesa. 2230…
–Las nueve y diez, vámonos Rodolfo– el jefe asomado en la barra, el nuevo terminando de barrer.
–Disculpe, jefe, cree que… –¿que qué?–, ¿cree que pueda quedarme a cerrar? Olvidé comprar la cena, y a esta hora solo hay chatarra mal cocida por la calle, deje me preparo una milanesa, ahí me lo descuenta. Ya he cerrado otras veces.
–Mmm… Una nada más, y limpias, y apagas la plancha. Cierras bien.
Hacia el refrigerador por la cena, metálico sonido de desconfianza al comprobar la cerradura de la caja registradora, como si me importara el dinero, la carne a la plancha siempre caliente, la luz, mitad apagada, y después la puerta principal cerrándose, demasiado fuego para tan poco, jamón y chuleta y papas y aroma de comida decente, con café cargado, todo a la charola por costumbre, la flama baja pero nunca apagada.
Rodolfo elige entre las mesas que por ingeniera naturaleza no deberían existir, dispone el servicio cerca de la ventana, claro que cerca de la ventana, localidad 17, come con fruición parsimoniosa mientras contempla el presente que debió ser por la ventana, deja un bocado de papas para el último mientras las manecillas del tiempo en un reloj que no porta avanzan rechinando hasta estacionarse, sorbe el café, se decide.
De paso clin cling.
Sin pensar o con tres décadas de pensamiento va a la caja registradora, la tantea en el vagón semi iluminado, las encuentra.
Toma una nota limpia, regresa a su café y enciende un cigarro como debe ser, fuma hasta lo profundo de sus pulmones, abandona el delantal y deja la nota en medio de la mesa, a la vista, sin necesidad de leerla.
Un poco de retraso, pero justo a tiempo, el cuello de Rodolfo fue tironeado por el enganchamiento del vagón. La plancha sigue prendida, “igual que el horno de una buena máquina…”

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