A las tres de la tarde del domingo previo a la cena de Navidad –un día gélido en el cual atisbaba apenas un Sol tímido y apocado–, Ulises Armenta se dio cuenta de que pasaría solo la Nochebuena. El frío apretaba en la ciudad. Regresaba de dejar a su hijo en el aeropuerto, quien viajaría a Canadá a cerrar un acuerdo de negocios para la empresa en la cual trabajaba. Su hija saldría al día siguiente al Caribe con la familia de su esposo. “Ven con nosotros, papá”, le había invitado, más por compromiso que por convicción. A Ulises le aterró la idea. Sus consuegros eran, en una definición, insoportables. Recordó fugaz la desagradable escena de la Navidad pasada cuando, bebido como pirata en altamar, el consuegro lo cogió por la espalda y comenzó a bailarle, como si fueran un solo cuerpo. Se zafó codazo de por medio mientras la consuegra, con su voz de urraca, reprochaba a garganta abierta: “¡Solo está jugando… es muy juguetón mi viejo!” Jamás volvería a cometer lo que catalogó –le comentó a su novia entonces– el octavo pecado capital: no convivirás con tus consuegros en cualquier festividad.

–Gracias, hija, pero tengo invitación a cenar… –¿Seguro? Yo te lo digo de corazón–, punzó en una frase desabrida y fría.

–Seguro. Gracias por la invitación… Mentía. No tenía invitación de nadie y ya estaba el tiempo encima para tratar de acomodarse en la mesa de algún amigo o amiga. Pensó en Rebeca, su expareja. Mmm. No. No sé si resultaría… No sé… Enfiló, en automático, hacia casa. Vivía solo, en medio de la tranquilidad bien lograda. Su trabajo como escritor le había ayudado a alcanzar cierta holgura financiera. Aún no era, ni mucho menos, un consagrado de las letras, a pesar de sus 10 libros publicados, pero tampoco debía quejarse. Las regalías anuales le habían sacado en más de una ocasión de algunos apuros, como pagar las colegiaturas privadas de sus hijos, por ejemplo. Combinaba su oficio de escribidor con las asesorías políticas y conferencias sobre marketing político-electoral que le eran bien pagadas y que constituían su principal fuente de ingresos. Desde su divorcio hacía 10 años –le había comprado un departamento a la exesposa para resolver cualquier deuda moral–, vivía solo y con una apacibilidad que no pocos amigos le envidiaban.

–Eres un solitario–, le decían entre broma y puya.

–Solitario, sí, pero no vivo en soledad. Son dos cosas distintas…muy distintas–, solía responder.

Llegó a casa y se preparó un emparedado. Coca light. Lo devoró. Engulló una gelatina mientras revisaba sus redes sociales. Lo de siempre: las malas noticias por encima de las buenas: el gobierno que todo quiere socializar, el presidente mentira tras mentira, todos peleando contra todos. En fin. Todo en orden. “Tenía razón Umberto Eco: las redes son el pozo de las inmundicias”, musitó. Le llamó la atención, sin estar consciente de por qué razón, un tuit en el cual un doctor sin trabajo ofrecía consultas a domicilio a precios módicos. El costo del desempleo, se dijo. Se levantó del comedor, tiró el pequeño envase y subió hacia su recámara. Sin forzarlo, dormitó un par de horas.

Se despertó sobresaltado. Una manaza invisible le apretó el corazón. ¿Sería alguna inquietud relacionada con el vuelo de su hijo? Checó su Whatsapp. Desconectado desde hacía casi tres horas. “Ya se reportará”. La aflicción le seguía incomodando. Se levantó y permaneció sentado un par de minutos al borde de la cama.

Entonces volvió, con pesar, el pensamiento que lo asaltó de regreso del aeropuerto: iba a estar solo en la cena de Navidad. Solo y sus recuerdos. Solo y su imaginación. Pensó en llamar, nuevamente, a algún buen amigo, pero se detuvo. Se imaginó patético al decirle: “¿Me invitas a cenar a tu casa el 24?” No. No hubiera sido él. Lo descartó de inmediato. Orinó. Al regresar a la recámara revisó por inercia las redes.

Entonces –tal y como repentinos y abruptos le brincaban episodios o personajes en sus novelas–, le llegó la idea, vinculada con el ofrecimiento del doctor a domicilio.

***** “Cenaré solo esta Navidad. Mis hijos fuera de la ciudad. Si tú también estás solo esa noche, ofrezco mi casa. Cada quien aportaría algo para cenar. Solo acepto personas reales y fiables al 100. NRDA…” Lo leyó. Lo releyó. No era cursi. En lo absoluto. Le gustó su originalidad, algo que apreciaba siempre en algunos escritores, incluido él. “Ser original es el primer paso para escribir un texto…”, solía recomendar en sus conferencias. Podrá gustar o no el tema, pero la originalidad no estaba a discusión. Y aquel párrafo podría ser calificado de loco o de atrevido, pero no de falto de originalidad.

Durmió de madrugada viendo la última temporada de “House of cards”. ¡Cómo hace falta Frank Underwood! Es como intentar ver “24” sin Jack Bauer. Claire es majestuosa, primorosa, pero le hace falta Clyde. Son como Bonnie and Clyde. Despertó, frotó sus ojos, cogió su móvil y se incorporó de manera brusca al descubrir la generosa cantidad de mensajes que habían llegado a su solicitud de formar una versión moderna del “Lonely Hearts Club Band”.

Aunque le sorprendió en principio, le agradó en el fondo las respuestas que le decían, entre muchas otras cosas: “…sería un honor compartir la cena con un escritor tan distinguido como usted…”, o bien, “…sería un privilegio ser aceptado en su selecto grupo de comensales…” Leyó cualquier número de propuestas, desde un hombre otoñal –como él– que le proponía “para mayor intimidad humana”, pasar por él e irse a su casa en Acapulco a recibir la Navidad; o la de “Conejita Rebelde” que le enviaba su WA para “pasar juntos una deliciosa noche con tarifa navideña especial, y yo pongo el postre”. Al desayunar, hizo una depuración rápida y precisa, y eligió a sus seis comensales cuyas referencias, fotografías y contenidos tanto en Twitter como en Facebook, lo convencieron de entrada, siempre consciente del riesgo que implicaría recibir a desconocidos en casa.

Ordenado hasta la obsesión, dedicó el día a dibujar menús y responsabilidades. Los contactó vía mensaje privado. Les llamó por teléfono. Preguntó algunas cosas para medir terrenos. Les propuso, a manera de ordenanza, lo que tenían qué aportar para la cena, calculó posibilidades, regateó algunas sugerencias y cerró la lista. Les envió su dirección y recibió llamadas y mensajes de sus hijos, de algunos amigos, de su hermana, que en síntesis le recriminaban: *¿¡Acaso te volviste loco!? ***** El doctor fue el primero en llegar. Puntual, como en cirugía. “Enrique Ruiz de Chávez”, le dijo afable y despreocupado. Traía buen talante. “Yo soy Ulises…”.

Luego llegó la abogada. “Clara Manjarrez. Es un gusto conocerte…” Después, el actor de teatro, de marcados gestos amanerados, aunque sin llegar a lo afeminado. Cultísimo. De mundo. “Jacinto Rodas…” La cuarta fue la bailarina Abigail Rosado, enfundada en un vestido rosa mexicano ceñido al cuerpo bien esculpido por el ejercicio y el baile. Enrique y Ulises la admiraban de reojo.

Casi enseguida, el arquitecto Hugo Norten. ¿Pariente de don Enrique?, preguntó Ulises. “Sí, somos primos…” La última fue la administradora Elizabeth de la Flor. Uber de por medio. Desde que salió a recibirla dentro del fraccionamiento privado en el que vivía, quedó prendado de ella. Enormes ojos cafés. Nariz respingada. Boca pequeña. Menuda. El cabello largo que le caía, como cascada, más allá de la cintura. Olía delicioso.

–Un placer, Elizabeth.

–El placer es mío, Ulises… Apenas habían entrado a la casa, extrajo de su bolso dos novelas de Armenta.

–Mira lo que traje. Me fascinaron. Vengo por mi dedicatoria, ¿eh? Ulises rio complacido. Nada como el ego acariciado por la mano suave de una mujer.

***** Fue una noche deliciosa. Buena charla, anécdotas, risas, cada quien respetando su ámbito sin impertinencias ni mucho menos caer en el insano ejercicio del cretino: yo, yo, yo. Las bebidas generosas corrieron a cargo del anfitrión. Del estupendo anfitrión.

Bien entrada la madrugada, el doctor se ofreció llevar a Abigail, quien complacida aceptó “porque aprovecharé el viaje para hacerte una consulta, por supuesto…” La abogada se colgó del brazo del arquitecto. Rodas se marchó detrás de ellos.

De manera deliberada, Elizabeth pasó al tocador mientras los demás se despedían. Cuando salió, Ulises la esperaba sentado en un mullido sillón de la sala. Se miraron por algunos momentos. Sonrieron. Sin consultarle, le sirvió una copa mesurada del vino tinto chileno que a ella le había gustado. Le entregó los libros autografiados. Sus manos se rozaron. “Gracias…”, deslizó tenue, con su voz de hembra. Volvieron a sonreír. Bebieron con la calma de dos seres que se encuentran por primera vez pero que, sin saber cómo o por qué, sentían que se conocían desde hacía mucho tiempo atrás.

–¿Te pido un taxi…? –Sí, pero no ahora… –Tú me avisas… –Más tarde, como al mediodía estaría bien… De fondo, sonaba con volumen bajo la súper banda Chicago y la voz de Robert Lamm. “Only the beginning, of what I want to feel forever…Only the beginning…Only just the start…” Comienzos… La tomó de la mano y la condujo, escaleras arriba, a la habitación desde donde verían el nuevo amanecer.

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