Sobre el acto de escribir
¿De dónde proviene la materia prima con la que trabaja el escritor? ¿Es posible que, a estas alturas del siglo XXI, alguien pueda producir un texto verdaderamente original? Tales son las preguntas que formula Piglia y que trae a cuento Luis Frías en este Maldito Vicio, con pensamientos de escritores como Borges, quien suplica no entusiasmarnos pensando que producimos cosas nuevas “cuando en realidad no hacemos más que repetir”. El escritor, por otra parte, piensa Piglia, es antes que todo un lector. La subjetividad moderna, plantea, se construye a partir de cómo se lee. “Si somos modernos, sería gracias a que leemos”. Y para concluir con este Maldito Vicio un fragmento del Ulises de James Joyce. Una muestra de una de las fronteras de la escritura experimental.

Luis Frías*

…la creencia en lo que está escrito en un libro
permite sostener y reconstruir
lo real que se ha perdido…

Piglia, El último lector

Quiero traer a cuento la que me parece la grandiosa herencia con que me quedo del escritor argentino Ricardo Piglia (1940-2017). Comenzó a germinar en aquel libro fascinante suyo Crítica y ficción de 1986, pero fue tomando la forma de postulado propiamente en El último lector de 2005. La línea que conecta a ambos libros es la del autor preocupado por la literatura de cada época, por conocerla y entenderla a profundidad, a la vez de replantearla.
Crítica y ficción no es cualquier compilación de entrevistas y conversaciones; es una cuidadosa selección de luminosos diálogos imaginarios entre Piglia e inteligentes interlocutores que se habrían dado en periódicos, revistas o congresos literarios, en ciudades de Argentina y Estados Unidos, en los años de 1979, 1984, 1985, 1986, 1987, 1989, 1992, 1996, 1997 y 1999. Un maravilloso ejercicio de imaginación.
La cosa es que después, Piglia habría acomodado la selección de tal manera que, al leer las primeras entrevistas, parece que va a estar hablando nada más de sus libros y de su forma de escribir en relación con la obra de autores argentinos como Roberto Arlt, Macedonio Fernández o Borges; pero pronto van apareciendo frases llenas de luz como “la literatura trabaja con los límites del lenguaje, es un arte de lo implícito” o “cuando uno dice ideología en literatura, está hablando de formas, no se trata de los contenidos directos ni de las opiniones políticas”, con las que empieza a tejer una red que yace en el subterráneo de los temas de las entrevistas, o mejor dicho, empieza a jalar hacia el fondo todas las preguntas que le formulan sobre Borges y la literatura inglesa, o sobre Arlt y Los siete locos, o etcétera, de modo que termina trayendo hacia el centro de su propuesta todos o la gran mayoría de los temas; todo lo que le preguntan parecen cuestiones que navegan por una superficie y él las lleva al fondo, allí donde yace su propuesta, y desde donde obtiene respuestas que salen teñidas, selladas, de su planteamiento sobre la importancia del diálogo fecundo entre la obra literaria con las otras obras de su tiempo y con las literaturas que nos preceden en lo mediato pero también en lo más remoto.
Dice Piglia que “un escritor no inventa, está metido en la tradición y trabaja con lo que la tradición le da”, y más adelante lo precisa con un ejemplo: “Lo que dice Borges es que no seamos tan contemporáneos: no nos entusiasmemos tanto con la idea de que estamos todo el tiempo produciendo cosas nuevas cuando en realidad no hacemos más que repetir”. Bastaría con repensar estas dos afirmaciones una y otra vez, y veríamos que encierran el corazón de la propuesta de Piglia. La única originalidad a la que puede aspirar un escritor, lo parafraseo, es a la de tomar singularidades que forman parte de esta literatura o de aquel género, y fusionarlas.
¿El autor como un cuasi títere en manos de las pesadas relaciones entre las literaturas antecedentes y las series sociales (concepto que Piglia retoma del texto de 1927 “Sobre la evolución literaria” del ruso Juri Tinianov)?
La respuesta, afirmativa desde luego, está detallada en El último lector.
Es un libro de seis ensayos, dedicados principalmente a cómo configura un lector el acto de leer; Piglia se preocupa por ver a los escritores como lectores antes que nada.
Hace un recorrido por la forma en que Kafka leía y en consecuencia cómo fundía, dijéramos, las series literarias con las series sociales de su tiempo (series que entendía a partir de su propia experiencia), y cómo finalmente las mezclaba en sus libros. Habla también de Borges y de cómo hizo de escritor y crítico literario a la vez para construir el lector adecuado para su obra. Habla igual del Che Guevara… ¿Que qué hace él ahí? Piglia configura al guerrillero a partir de la forma en que leía. Llega a afirmar que el Che construye una nueva subjetividad, debido no tanto a lo que hizo con las armas sino a lo que hizo afuera de la batalla: en los momentos de tranquilidad de la guerrilla, cuando todos se echaban a dormir, él se apartaba a leer y a tomar notas de lo que veía.
Piglia deja para el final del libro, lo que no es casual, hablar de la lectura desde el punto de vista de la Anna Karenina de Tolstoi y del Ulysses de Joyce.
De sus consideraciones sobre Anna Karenina, quiero destacar el papel que Piglia encuentra que Tolstoi le atribuye a la lectura femenina, principalmente a la de novelas. A diferencia de la lectura femenina bovariana, que consiste en leer para creerse alguien distinto a quien se es, la lectura kareniniana se trata de leer para ampliar la visión del mundo, para viajar: ahí está el momento en que la protagonista se sube al tren y va leyendo una novela; es la metáfora perfecta de la lectura de novelas en Tolstoi: leer es viajar.
Ahora bien, es diferente lo que pasa con el Ulysses de Joyce. En ese ensayo, donde Piglia sigue el tema de la lectura femenina, hace notar que Molly es la mujer que engaña al marido con un amante, y toda ella encarna al tipo de lectora que fusiona la palabra con el cuerpo. Ella lee, desnuda o en calzones, acostada en la cama, noveluchas de pésima calidad y alta pornografía; y como se le olvidan los libros entre las sábanas, a la mañana siguiente aparecen tirados entre los calzones y el orinal de filo amarillento y pegajoso. Esa es la apasionante lectora femenina que plantea Joyce.
Pero Piglia resalta igualmente el otro gran elemento de la novela: el diálogo directo con la Odisea. Si en el origen del mito griego Odiseo es el héroe que viaja y Penélope es la mujer que espera, en Ulysses Bloom es el sujeto de la modernidad que no solo puede viajar a través de los libros, y Molly es la mujer que a través de los libros encuentra lo que en la vida no termina de satisfacerla. Esta gran novela que convierte el mito homérico en presente, es la demostración rotunda de la propuesta que Piglia reconstruye a partir de Tinianov y que expande como se ve en las entrevistas de Crítica y ficción y como queda de manifiesto en El último lector, una de cuyas premisas más interesantes es que una forma de construir la subjetividad moderna es a partir de cómo se lee.
Si somos modernos, sería gracias a que leemos. Y Joyce vendría a ser el gran el resumen del planteamiento según el cual el escritor no inventa, sino que recrea de la literatura precedente, y de que el escritor es esencialmente un lector. ¿Cómo se puede tomar esta o aquella serie literaria y social; hay alguna otra forma que no sea leyendo? La respuesta es evidente.
Este pequeño recorrido muestra lo espléndido que me parece lo que Piglia nos ha heredado, cuya propuesta no termina ni comienza, sino que obra con el ejemplo al dialogar, dialogar, dialogar. Ese es el último Piglia con que me quedo.

*Luis Frías nació
en Ciudad Sahagún.
Cursa la maestría en letras modernas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México; actualmente dirige un documental sobre las personas del Valle del Mezquital que van a los estados y luego regresan a hacer nuevamente sus vidas.

Ulises (fragmento)

James Joyce*

[…] no me importa lo que nadie diga, sería mucho mejor que el mundo estuviera gobemado por las mujeres que hay en él, no se vería a las mujeres matándose unas a otras ni aniquilándose, cuándo se ha visto alguna vez a las mujeres dando tumbos borrachas como ellos hacen o jugándose hasta el último céntimo y perderlo en los caballos, sí porque una mujer haga lo que haga sabe dónde parar, seguro que no estarían en el mundo si no fuera por nosotras, no saben lo que es ser mujer y madre, cómo podrían, dónde estarían todos ellos si no hubieran tenido una madre que los cuidara, cosa que yo nunca tuve, por eso es por lo que supongo que anda como loco ahora saliendo por las noches abandonando sus libros y sus estudios y no viviendo en casa porque es la típica casa de tócame roque; bueno, supongo que es una pena lamentable que los que tienen un buen hijo como ese no estén satisfechos y yo ninguno, no fue él capaz de hacerme uno, no fue por culpa mía, nos arrimamos cuando yo estaba mirando aquellos dos perros encima y por atrás en plena calle, ya ves aquello me descorazonó completamente, supongo que no debí enterrarlo con aquella chaquetita de lana que yo le hice, de punto, llorando como estaba sino habérsela dado a algún niño pobre, pero sabía bien que nunca tendría otro, era nuestra la muerte, además ya no fuimos los mismos desde entonces. Oh, no me voy a poner triste ahora, por eso me pregunto por qué no se quedó a pasar la noche, pensé todo el tiempo que era algún extraño que había traído en lugar de andar vagando por la ciudad tropezándose con quién sabe Dios, trasnochadores y rateros, a su pobre madre no le habría gustado eso si estuviera viva malográndose de por vida, quizás de todos modos es una hora bonita.

*(Dublín, 1882-Zurich, 1941)
Escritor irlandés en lengua inglesa. Su consagración literaria completa le llegó con la publicación de su obra maestra, Ulises (Ulysses, 1922). Sus innovaciones narrativas, entre ellas el uso excepcional del “flujo de conciencia”, lo hacen uno de los novelistas más influyentes y renovadores del siglo XX.

TUITIZALOCA
Sabes que has leído un buen libro cuando volteas la última página y sientes como si hubieses perdido un amigo. #Lectura

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DIRECTORIO MALDITO

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial
Diseño: Cuauhtémoc Ríos

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