Una comida macabra

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Arturo Moreno Baños

Después de que el país tuviera lo que se conocería como una paz posrevolucionaria surgen nuevos problemas en el avistamiento de lo que sería la forja de una nueva nación, lo que antes se había tomado como la bandera de lucha al proclamar la no reelección ahora se tornaba paradójicamente en una búsqueda por el poder.
El caso de Álvaro Obregón, presidente que se reelegía por un periodo más para llevar al país a lo que pensaba, sería el logro revolucionario por excelencia, sin embargo el destino tenía planeado algo totalmente distinto a lo que el insigne revolucionario buscaba y planeaba. Llegaba el momento de pagar deudas contraídas con las múltiples muertes que debía durante la Revolución y la vida misma se encargaría de cobrar la factura aquel 17 de julio de 1928.
Después de su arribo a la capital, el general Obregón estuvo en las oficinas del Centro Obregonista de la avenida Juárez. Pasado el mediodía del 17 de julio, el general Obregón y un grupo de acompañantes abandonaron su casa de avenida Jalisco para dirigirse al restaurante La Bombilla, en San Ángel, a un banquete ofrecido por los diputados de Guanajuato. Durante el trayecto Obregón hizo gala de su humor: “Si alguien pretendiera quitarme la vida con una bomba, esta tendría que ser pequeña, pues estaremos en La Bombilla”.
Pocos minutos antes de las 14 horas el general Álvaro Obregón llega a La Bombilla. Con amplia sonrisa saluda a periodistas y fotógrafos: “No por favor, no tomen fotos. Vine a comer no a que me retraten. Van a ver que buenas van a resultar las fotografías al terminar la comida”.
Al dirigirse a la mesa de honor, le comenta a uno de sus ayudantes que consiga boletos para el tren de esa noche con rumbo a Sonora. (Música de fondo “Pajarillo barranqueño”, interpretada por la orquesta de Miguel Lerdo de Tejada). Una vez sentado, Obregón revisa el menú y elige cabrito enchilado para comenzar. Después de los primeros bocados comenta con ironía.
“Los que estamos aquí sabemos comer sin música. Últimamente he ganado algunos kilos y si sigo comiendo no voy a caber en el frac durante la ceremonia de la toma de posesión y en lugar de la banda presidencial me van a tener que envolver en un sarape.”
Durante la comida, un hombre de traje café claro se encuentra frente a la mesa principal haciendo algunos dibujos de los comensales y levantando las sospechas del general Topete, quien pide a un mesero que investigue de quién se trata. “Es un caricaturista”, le informan. (Música de fondo “El limoncito”: Al pasar por la ventana me tiraste un limón; el limón me dio en la cara y el zumo en el corazón).
Pasado un rato el dibujante se posa a espaldas de Obregón y pensativo le enseña su caricatura. “Este es el último dibujo de mi vida, dentro de poco estaré muerto”, piensa, y en un instante extrae un pistola de su cinturón y vacía su carga contra el general Obregón, quien se desvanece y cae debajo de la mesa.
El 17 de julio de 1928, desde temprana hora, José de León Toral se apostó en la calle en que se encontraba la casa del general Obregón. Durante la espera fue a una farmacia y compró un cuadernillo de dibujo. Hacia el mediodía, observó la llegada de varias personas. No pasó mucho tiempo para que de la casa saliera escoltado el caudillo. Se repartieron en dos autos e iniciaron la marcha. Toral tomó un taxi y exigió que siguiera los vehículos.
Desde lejos Toral vio a Obregón y a su comitiva entrar al restaurante La Bombilla, “especialista en carne asada”. Después de un rato se acercó a la puerta, aduciendo que tiempo antes había sido contratado para hacer caricaturas del evento. La inocencia policíaca se convirtió en el pasaporte de la muerte o en el trato de la complaciente conspiración.
En un instante Toral era parte del repertorio de invitados. Haciendo y mostrando caricaturas de los comensales, pudo llegar a la mesa principal donde se encontraba el invicto general. Toral sintió las miradas de desconfianza de los que se encontraban al lado de Obregón. Los nervios estaban a punto de traicionarlo. Pero de pronto escuchó la voz de su “ángel tutelar” que le decía: “no puedes quejarte; te he puesto muy alto, pronto nos veremos”.
Toral empezó a caminar por detrás de los comensales. A cada uno de ellos fue mostrándole su retrato en caricatura. Primero a Topete, líder de los diputados a favor de Obregón, luego a Aarón Sáenz. Comenzaba a esbozar las barbas del diputado Aurelio Manrique, cuando de pronto tenía encima la persona del general Obregón. Nerviosamente trazó los rasgos del general. De pronto Toral cambió de mano el cuaderno de dibujo intercambiando una sonrisa comprometedora con el ya presidente electo del país. El manco pidió ver su retrato y la mano temblorosa de Toral arrimó sus trazos. Con sonrisa despectiva Obregón dio su anuencia al trabajo del caricaturista. De pronto, humo y fuego. Toral sacó una pistola, disparando en cinco ocasiones contra el héroe sonorense, dejando una bala para la inmolación.
Obregón semimuerto, extrañamente fue llevado de regreso a su casa de la avenida Jalisco, donde murió desangrando. Una autopsia apócrifa acusa el fallecimiento del caudillo, distintamente de la que la historia nos hace creer. Toral disparó en cinco ocasiones. Sin embargo, el cuerpo del sonorense, velado en el Palacio Nacional, presentaba 13 orificios, siete de entrada y seis de salida. Estudios e interpretaciones han comprobado la conspiración contra el “que mandara en México”.
Obregón murió y la Revolución se convirtió en obra. El gobierno se institucionalizó sin que el proyecto de nación fuera un proyecto. Años antes, en 1920, cuando el intelectual español Vicente Blasco Ibáñez visitó el país para entrevistar a Obregón, le cuestionó acerca del final de sus días. El general respondió dónde y cómo moriría: “¿Dónde? En mi patria, ¿cómo? Me es indiferente”.

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