Diez días intensos dieron vida a la Feria Universitaria del Libro (FUL) que, a sus 30 años de edad, lució como nunca pero cuando la vives por dentro, muy dentro, se vuelve más entrañable, memorable, admirable y querida.
Fui elegida como coordinadora de la sala Agustín Ramos. Pasar 10 días en un sitio con el nombre de un escritor hidalguense amigo y muy querido me dio un cobijo gozoso. Por eso, cada mañana del 25 de agosto al 3 de septiembre que metía la llave a la chapa y abría la puerta azul de ese pequeño cautiverio, me sentía lista para penetrar en un escenario impreso de obras y autores. Prender la luz y de inmediato la escenografía color verde pistache, que servía de fondo a cada presentación, brillaba como nunca. Las dos sillas de inmediato me exigían colocar la etiqueta con el nombre de quien en 50 minutos exactos contaría la historia de su obra impresa. ¡Qué difícil reseñar en esta pequeña columna cada uno de los textos presentados! 63 libros, tantas personas con esa sonrisa tan especial al decir: “Mi libro que hoy presento”.
De las 10 de la mañana a las 7 de la noche, el ritual siempre fue representado con respeto y admiración. Mi voz trataba de enfatizar cada logro atrapado en sus semblanzas: pertenece al Sistema Nacional de Investigadores nivel 3, es el escritor más joven y destacado de Hidalgo, es mi amiga además de gran escritora, tiene doctorado, es promotor de cultura, poeta, mediador de lectura, canta huapangos, investiga variaciones de clarinetes… tantas vidas, tantos logros.
Siempre me sentí la villana de la historia, yo y mis tarjetitas de quedan 10 minutos, cinco minutos, cierre, ¡ya! Pero en cada presentación recibí un cálido abrazo, la pregunta clásica (¿puedo tomarme una foto con usted, doctora?), la felicitación honesta. Estoy segura que encontré nuevas amistades, que hice lindas alianzas. Yo no tengo privilegios, pero tampoco paso vergüenzas, ser coordinadora de esta pequeña sala llamada Agustín Ramos fue un honor que me meció en poemas inolvidables y en temas que desconocía totalmente (la tecnología del frío o el uso de micrositios). Descubrí el gran carisma de personas como el periodista Juan Carlos González Alarcón y de Natalia Toledo, encantadora de poemas. Lloré abrazada con la mamá y el papá de Ramsés Salanueva, poeta cuyo hermano y amigos presentaron su obra póstuma.
La FUL, “La feria de todos”, mi feria, representó el espacio para confirmar el compromiso de gente invaluable en mi universidad, desde Alvarito hasta las señoras de intendencia, Rosy y sus resguardos. La calidad humana de Mauricio Ortiz Roche y Raúl Arenas. Mis niñas comprometidas Luz y Erin. Mi vecino de sala, el ingeniero Rogelio. Siempre cerquita Lydia, Toño y Paty, responsables de las otras salas.
El saludo cariñoso del secretario general, el doctor Agustín Sosa: “¿Todo bien? ¿Qué necesitan?”. Amaba cerrar este ritual con una frase que repetí 63 veces: “Firma esta constancia nuestro rector, el maestro Adolfo Pontigo Loyola. El presidente del patronato, el licenciado Gerardo Sosa Castelán. El presidente de la FUL, el licenciado Marco Antonio Alfaro. Amor, orden y progreso, la Feria Universitaria del Libro, ‘La feria de todos’, agradece su presencia”.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.