En la obra de Virginia Woolf permea un espíritu que además de reflejar la única e incuestionable facultad para construir una forma de literatura por completo ajena al carácter de la época y que así sea en estado embrionario, la denominada “corriente de pensamiento” (stream of consciousness), pese a tener un origen conformado en escuelas de corte filosófico, determinante para el carácter de su obra, también es cierto que posee un atributo marcadamente musical, por elección y esfuerzo de la autora.
Integrante de los planos de debate en que participaron Russell y Wittgenstein, Woolf conformó buena parte de lo que habría de determinar escuelas de pensamiento, no porque el foco de atención de los filósofos conformaron desde la perspectiva de una escuela de pensamiento a partir tanto de su obra como los intereses en que delinearon su sistema de abstracciones, sino la forma en que después de Proust y Joyce, el proceso de construcción de la realidad literaria bien podía ser y estaba definido por una multitud de posibilidades a las que apenas se estaba accediendo, desde aquellas aportaciones que se consideraban únicas y exclusivas del pensamiento racional para él mismo.
La obra de Woolf, desde distintas trincheras, asomó intereses creativos y astucias que no se habían intentado, como hacer del monólogo no un recurso que rompiese el ejercicio de la voz hablada, un narrador omnisciente articulando desde su percepción los acontecimientos externos o, en el peor de los casos, una vía autocomplaciente para ejercer un juicio de valor acerca de lo humano. Woolf cambió la lógica de la literatura desde el momento mismo en que ese espacio, al que afectuosamente llamó A room of one’s own (una habitación propia), es el área donde el propio pensamiento, caprichoso, esquivo, desarticulado, en realidad es una oportunidad para que la esencia del propio sujeto fluya sin límites.
Gracias a eso y para disgusto de todas las escuelas formales, lejos de haber un estado de pureza y plenitud racional, dicha manifestación del ser se mostraría con más lagunas, así como aspectos inclasificables, que una oportunidad para un orden arbitrario, regular. Lamentablemente, allí, en dicho escenario fuera de toda norma, fue donde Woolf reinó con toda su capacidad, pero aquejada por episodios de una depresión patológica y en una época cuando sus aportaciones, si bien fueron celebradas, no se apreció el valor de una prosa casi dictada por una mano más de poeta que narradora, de la misma forma que se desconoció la desmesurada presencia de la música para inculcar orden en su construcción.
Más allá de un sistema creativo con el que estableció su identidad, así como la facultad de Woolf para convenir una suerte de estado creativo que maduró pronto y sostuvo hasta la última etapa de su obra, el fragmento que dedica a Judith Quiney en calidad de hermana de Shakespeare y quien por su condición de mujer e hija menor del autor consagrado, aunque cuenta con sus facultades y talentos, no goza de las libertades ni oportunidades profesionales a los que William padre accedió, incluso que Judith Quiney debió vivir sin el reconocimiento paterno, es además de ensayo, una creación literaria que bien puede aproximar la creatividad de lo que hoy disfrutamos como documental en el cine, ya que se asociaría con facilidad a la novela, pero por tratarse de un texto con un interés muy delimitado, le abrió desde sus vertientes un rubro enorme al debate feminista.
Esa desmesurada facultad creativa, que también asoma en Flush, acerca de un perro cuyo propietario decide investirlo con la facultad de una biografía desde la que el perro experimenta la realidad, pero de antemano se sabe que es la dimensión del humano, alcanza también otra estatura en términos del rompimiento de un contrato por la ficción, a sabiendas de que desde el principio es la autora quien evita una narración antropomórfica, falseada.
En su momento y gracias a que Woolf goza de un lugar predilecto en las letras inglesas, The Smiths dedicaron “Shakespeare’s Sister” a Virginia Woolf, en Louder than bombs, y le rindieron un espacio especial a la transición de la década de 1970 hacia la de 1980, con esa especial dedicatoria a la población femenina que apenas empezaba a conquistar lo que ya había logrado la autora, pero en el contexto de una música punk que estaba determinada la mayoría por mujeres de talento indiscutible.
No transcurrió demasiado tiempo antes de que el dueto compuesto por Siobhan Fahey y Marcella Detroit se autodenominaran Shakespeare Sister, en doble costura por la autora, así como esa canción, “no tan lograda”, pero representativa de los Smiths, en gratitud a uno de los momentos que abrieron la discusión de las mujeres y sus derechos en la cultura.

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