Aquella mañana K miraba el cielo azul quemado por el Sol. El viento apenas rozaba sus labios. Sonreía y entre sus dientes sentía la brisa caliente. En esos momentos su imaginación estaba llena de esos detalles que recordaría años después ante un suculento desayuno en su restaurante favorito.
Cerró la ventana para evitar que las sensaciones lo acabaran por invadir y entonces ¿quién sería? Una parte ínfima del universo, al que pertenecería solo como una minúscula porción indiscernible del resto o, peor aún, una molécula sin importancia que quedaría excluida a la mínima oportunidad, que no tardaría en darse.
Con esos pensamientos, un tanto oscuros, volvió a su mesa de trabajo y respiró hondo nada más sentarse en su cómodo sillón. La pantalla del ordenador era un bello paisaje de un río entre montañas que estaba surcado por globos de colores que chocaban unos con otros para salvar la pantalla.
Soñó, en ese instante, con los ojos abiertos. Su sueño lo distrajo algunos minutos de su arduo quehacer. Estaba metido en uno de aquellos globos y rezaba para que los otros no lo reventaran y acabara como burbuja explotada, es decir, en caída libre por el paisaje del sueño, que no era otro que el río entre las montañas.
Lo despertó de su duermevela el ruido de la puerta del garaje. Era su esposa que llegaba de hacer la compra en el supermercado. Enseguida oyó su voz: “Querido, ya estoy aquí”. Era evidente que estaba ahí, no hacía falta proclamarlo a gritos. Esa manía suya de presentarse y despedirse con la voz alzada, desde cualquier parte donde se encontrara, le irritaba profundamente.
Le contestó por costumbre: “Sí, querida, te escuché entrar”. Ella, a su vez, le dijo por mero hábito aprendido en los muchos años de convivencia que llevaban: “Voy a meter la compra en la despensa y en el refrigerador. Si no estás muy ocupado puedes venir a ayudarme”.
K sabía por el tono de su mujer que aquella mañana no era admisible que siguiera trabajando, y que la posibilidad de escabullirse con la excusa de terminar su labor, siempre perentoria, no sería aceptada y traería consecuencias serias. Así que dejó que las burbujas se destrozaran unas a otras y se fue donde M con premura y diligencia.
Al verlo tan sofocado ella sonrió y a él esa sonrisa se le metió entre los dientes, como momentos antes se le había metido la brisa caliente de una mañana de cielo azul quemado por el Sol.
La mujer le alargó una bolsa llena de latas que K metió una por una en la nevera, luego le dio una caja de sopas instantáneas que acomodó en el cajón de abajo de los cubiertos, recibiendo una reprimenda por ello. “¡Qué haces!, ¡ahí no va eso!, ¡quita, quita, qué no sabes hacer nada bien!”
El hombre se puso de malhumor por las palabras y el tono empleado al pronunciarlas, y ya estaba a punto de irse con las burbujas estalladas cuando sintió el beso en la mejilla de su mujer, que se reía con ganas de su reacción.
No tardaron en terminar de colocar la compra en los lugares de siempre. La verdad es que juntos hacían todo rápido y bien. Se compaginaban de maravilla en las tareas del hogar y se las alternaban para no aburrirse de la monotonía que producían. De hecho, un día el uno barría y la otra lavaba la ropa y otro día era al revés, así con todas y cada una de las labores domésticas.
Cuando terminaron K le hizo un café a M y los dos se sentaron en la mesa de la cocina con los ojos llenos de buen humor. “¿Viste qué maravilla de mañana? Preguntó. Desde luego, desde luego. Fue la respuesta lacónica de su mujer, más preocupada por saborear el café, junto a sus propios pensamientos, que por las disquisiciones matutinas de su marido.
Ahora tocaba ir a trabajar un rato en el ordenador, romper las burbujas y dejar paso a la pantalla blanca que iría llenándose de palabras en el procesador de textos; palabras exigentes que ordenaban apartar la vista de la ventana, palabras que serían el pan del mañana y que por eso anulaban el hoy, esclavizándolo.
Levantó la vista de las palabras y miró por la ventana. La mañana se extinguía, caía por la canícula del mediodía. Escuchó la puerta del garaje abrirse y al auto arrancar y alejarse, pero no la voz de su mujer despedirse. Era la primera vez que eso sucedía. Se alarmó.

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