Para saber si aún estaba vivo, Raniero solía caminar por la llanura de los perros guardianes. No tenía que esperar tanto, las jaurías no tardaban en reaccionar cuando un muerto marchaba sobre sus dominios, de hecho, cuando la persona sin vida apenas se aproximaba, los caninos comenzaban a aullar de manera incontenible, en un esfuerzo colectivo para ahuyentar a la entidad. Y si la señal no era suficiente para el visitante incómodo, se le lanzaban ya con el colmillo pelón; no lograban herirlo, pero sí hostigarlo para que se apartara del llano.

En aquellos días, una extraña epidemia de muerte comenzó a propagarse entre la gente de la Costa Platónica. En un principio, todo el mundo pensó que no era más que una treta que la naturaleza soñadora de esa tierra había jugado a sus naturales, pues de un momento para otro, sin el menor síntoma previo, los más jóvenes comenzaron a morir. Y no lo hacían de la manera en que todos lo acostumbraban, es decir, un giro drástico a la ausencia total, que lleva al cuerpo a no ser más que una cáscara sin fruto. No, ellos no se entregaban a la ausencia por entero.

El mentor de Raniero murió así, justo cuando repasaba con él las lecciones de tempología y tempotecnia. El maestro del tiempo se quedó mirando los apuntes de tiza que preparó sobre el muro para su único alumno. Raniero pensó que estaría meditando, pero después de esperar demasiado, se acercó a él, que le daba la espalda, y vio cómo el líquido de sus ojos comenzaba a secarse, como cuando el Sol evapora las charcas que dejó la lluvia. También notó cómo la sangre de sus venas comenzaba a desplazarse hacia algún lugar al interior de su cuerpo, al grado de quedarse frío. Parecía como que algo succionara desde sus entrañas cada gota de vida.

Alarmado, Raniero lo agitó, para que saliera del estancamiento que lo mantenía de pie, fijo como una estatua frente al muro de tiza, pero el maestro puso su palma frente a su alumno para pedirle que parara. Raniero lo llevó con él al Conservatorio de la Salud Pública, y fue allí donde determinaron que el maestro, como una centena de personas más en la Costa, no presentaba signos vitales.

Dos días después, el Zar médico procedió a la declaratoria de emergencia sanitaria por la propagación de la muerte incompleta, así se llamó la peste que infectó a los platónicos a un ritmo exponencial. Las personas que vivían en soledad, y que resultaban infectadas con la muerte incompleta, continuaban con su rutina diaria, sin darse cuenta que ya estaban vacíos de espíritu, era una cuestión, dijeron los científicos, de reflejos.

A Raniero, quien desde la muerte de su mentor se resignó a vivir sin compañía, le aterraba morir sin darse cuenta, o peor aún, sin que nadie lo advirtiera, quedando condenado a la voluntad de sus reflejos, quien sabe por cuánto tiempo. Por eso iba y venía de la llanura de los perros guardianes.

Hasta que un día, como ya lo esperaba, escuchó el aullido intenso de sus cómplices mientras se acercaba a la visita diaria. El llanto canino no parecía incomodarle, como se supone que debería pasarle a una persona muerta, así que, con esperanza, pensó que podría tratarse de otra persona. Mantuvo su marcha hacia la llanura, pero apenas pisó el primer tramo, los perros ya lo esperaban con el colmillo pelón, para repudiar la muerte que llevaba dentro. Las jaurías se lanzaron contra Raniero, que ni siquiera podía sentir asombro por lo que pasaba, estaba muerto. Los perros enardecidos lo llevaron al extremo, hasta que el cuerpo inerte de aquel hombre se quedó de pie frente a la Costa Platónica, donde esperó la noche, hasta que la marea se apiadó de él.

@AlejandroGasa

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