No, la niña Elvira jamás salió a marchar con los jóvenes estudiantes ni tampoco fue a Tlatelolco ese 2 de octubre que no se olvida. Pero, aunque solamente tenía seis años, recuerda, evoca, siente y palpa esos meses, esos días de 1968.

Yo vivía en la Ciudad de México, en la colonia Algarín, en un pequeño departamento de la calle Bernardo Couto. Mi papá decía con mucho orgullo que trabajaba en Sears. Mi mamá nos llevaba al colegio 18 de Marzo y le encantaba que siempre nos dieran un diploma por aplicaditas. Ernesto, mi único hermano machín, desde entonces era ya original: ponía a los Beatles, se creía Elvis Presley y juraba que Rocío Dúrcal era su novia. Mi hermana Isabel comparaba a escondidas la fotonovela “Chicas” para soñar con el amor. En tanto, Flor quería ser monja y rezaba mucho. Mientras Elina, la más pequeña, era bien latosa. Yo, desde entonces, ya mostraba mi personalidad, me vestía de llanera solitaria –una de mis tías me decía la Llanera Loquitaria– y todos los días ponía discos de Angélica María. Nuestro hogar estaba lleno de música, risas y mucho amor.

Pero, en esos meses, en nuestra escuela empezó a correr el rumor de que podían llegar los estudiantes, que eran malos y, lo peor, se robaban a las niñas. Mi pobre madre corría por nosotras a la hora de la salida para cuidarnos. Yo siempre imaginaba que por el viaducto podían aparecer esos muchachos, con su suéter de universitarios, para asustarnos.

Y justo en esos días en la casa pasó algo “especial”, mi papá y mi mamá, que no se habían casado por la iglesia –con razón no había fotos de mi madre vestida de blanco como en las casas de mis amigas–, se habían decidido a hacerlo, el día de la boda: 2 de octubre de 1968.

Una ocasión, mi mamá y mi papá repartían las invitaciones. De pronto, al camión en que íbamos se subieron unos muchachos. Dios, eran los estudiantes. Mi madre nos abrazó con todas sus fuerzas. Casi nos asfixiaba. Mi papá nos pedía calma. Los muchachos llevaban pancartas y hablaron y hablaron. Pedían que no nos asustáramos, que no iban a hacernos daño, al contrario, querían ayudarnos. A mi edad, comprendí poco, sin embargo, recuerdo muy claro que en su discurso hablaron mucho de la libertad. La tensión que se sentía en el autobús poco a poco se transformó en calma, mi papá hasta les dio la mano y mi mamá depositó dinero en un botecito que ellos llevaban y les dijo muy bajito: “Que Dios los cuide”.

Y en la tarde del 2 de octubre de 1968, en la iglesia de Coyoacán, mi papá y mi mamá se casaron en esas bodas colectivas y cuando dijeron sus nombres, toda la familia aplaudió. Les aventamos arroz, les pedíamos que se besaran. Sin embargo, en casa de mi tía Anita, donde fue la cena, yo vi a los adultos charlar en un rincón, rostros preocupados, algunas tías asustadas con la mano en la boca como si no quisieran gritar, mi mamá lloró un poquito abrazada a mi papá. Sospeché que algo malo pasaba, pero niña al fin, luego corrí a jugar. Fue mi tío René el que a los pocos días nos platicó lo que pasó. Yo me acordé de esos muchachos que habían subido al camión, de sus palabras de amor y libertad. Esos muchachos, que 50 años después seguimos recordando. Dos de octubre, no se olvida.

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