Ciudad de México.- Una pachuqueña levanta el puño, señal de silencio porque entre el cascajo de un edificio derrumbado permanecen personas atrapadas, y como ella cientos de voluntarios estiran su brazo, para rescatar de nueva cuenta a la Ciudad de México de otro terremoto.
Ilallalí Hernández Rodríguez, originaria de Pachuca, recorre el caos de la tarde en la colonia Roma Norte para entregar café caliente, chocolate duro, medicamentos y agua embotellada a los voluntarios que retiran escombros de los edificios derruidos.
Corren las ambulancias con su sonido de muerte o esperanza, hombres y mujeres cargan palas o picos, las patrullas y maquinarias pesadas hacen sonar sus motores que, potentes, cubren los gritos de ayuda.
Todos caminan, hablan, la mirada fija en cualquier punto. Aquí es imposible poner orden. Nublado, espeso, el cielo de la capital suelta las primeras gotas de una tormenta sobre las cabezas cubiertas por cascos de colores y chalecos fosforescentes.
Ilallalí estudiaba en la escuela de escritores de Mario Bellatín, por lo que tenía que viajar de Pachuca a la capital del país, donde después se quedó a trabajar en una biblioteca. Ahora tiene una agencia de contenidos y servicios editoriales en la colonia Roma Norte, donde la encontró el temblor la tarde del martes que dejó una nube de polvo, como una neblina profunda que cubrió las casas, recuerda.
Olió el gas de algún tanque, vio los coches que se movían sin motivo alguno y por un momento pensó en regresar a vivir a Pachuca, pero “ante los daños no puedes mantenerte indiferente”, cuenta en la sala de su casa que parece un salón de belleza.
“Cuando eliges vivir aquí, no es solo por los restaurantes o tiendas de moda, sino por su gente, es un barrio que se da a querer”, suelta antes de salir a repartir café caliente por las calles.

sismo¡Corro!

Corro, pero no sé por qué ni hacia dónde. Miles de jóvenes, a mí me parecen miles, van a mi lado, por una larga y ancha avenida sin carros.
Alguien dice que un edificio se vino abajo y que dejó gente atrapada, viva, quizá, y que es necesaria ayuda cuanto antes. Y pienso que por eso corremos, con la respiración entrecortada.
Veo a los soldados, a los policías que nos dan el paso y creo que lo que hacemos es importante, qué sirve para algo, aunque no sepa aún para qué corremos.
Pero al pasar un parque cuyo nombre desconozco alguien dice que ya no es un edificio que se desboronó, sino una fuga de gas y entonces apagamos los celulares, pero seguimos en nuestra carrera, como un maratón.
Parecemos hormiguitas que avanzan furiosas y pienso que la mayoría de nosotros apenas habíamos nacido cuando sucedió ese otro temblor, hace 32 años y que ahora, como a nuestros padres y madres, tíos y abuelos, nos toca poner la cara, demostrar que aún vale la pena vivir en esta ciudad. Y por eso corro más rápido.

sismoCadenas humanas

En un edificio de la avenida Álvaro Obregón están personas atrapadas entre los escombros, mientras los voluntarios esperan su turno para retirar piedras, recibir a través de cadenas humanas botellas de agua, alcohol, vacunas antitetánicas y reparten comida.
Llega un cargamento de vigas de madera, entre cartulinas que piden galones de gasolina, paracetamol, algodón, gasas, vendas, clavos, aspirinas, navajas y aceite quemado. Voces que piden mesas para material médico. Manos que elaboran botiquines. Estructuristas, médicos y psicólogos preguntan en qué pueden ayudar y los policías los dejan pasar.
Un soldado desde la azotea, entre montones de concreto y varillas, levanta el brazo y detiene el continuo movimiento en medio de un repentino silencio. Puños en alto, miradas incrédulas o esperanzadas. Encontraron a un hombre que rescatarán cinco horas después.

sismoEl sonido de las sirenas

En la noche pesa el cansancio. Ilallalí Hernández camina a lado de su primo José Carlos Garduño, quien carga una cafetera que ofrece a los soldados que cuidan la colonia Roma Norte, después de la lluvia. Yo voy detrás de ellos.
Xavi Rodríguez, novio de Ilallalí, me cuenta que es preferible repartir víveres durante la noche porque es cuando permanecen en las calles las personas originarias de la colonia cuyas casas fueron afectadas por el sismo.
Calma aparente: un edificio amenaza colapsar cerca de la fuente de Cibeles, donde instalaron un centro de acopio. Los policías y civiles cierran las calles.
La boca del lobo: en la noche de ayer algunas calles quedaron sin alumbrado público, sin semáforos, nada con que orientarse, solo el eco tétrico de las sirenas de los bomberos.

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