En esta ocasión me gustaría hablar sobre una problemática que no se ve, o más bien resulta un antídoto sobre “lo cansado que pueden ser los hijos”. Antes de que me linchen por el entrecomillado, aclaro que es un sarcasmo.
Si bien es cierto que la mejor etapa para iniciar una educación artística y deportiva es la niñez, también puede resultar lo contrario al utilizar estas clases como centros de depósitos infantiles para que los padres puedan realizar otras actividades o simplemente para quitárselos den encima unas horas a la semana.
Las actividades artísticas y deportivas tienen como objetivo general acercar al niño al conocimiento y al lenguaje de la disciplina. Cada una de estas proporciona herramientas que llegarán a nutrir la capacidad de relación social, la capacidad de razonamiento, incrementar la capacidad de reacción, estimular la imaginación, aumentar la autoestima, así como en algunos casos ejercitar el cuerpo. Sin embargo, estas capacidades no serán alimentadas si los padres no se involucran con la actividad del pequeño (a). No habrá crecimiento si el padre no estimula la importancia del entrenamiento de la disciplina en su casa. Es más, lo que puede generar en el niño (a) es frustración y enojo al identificar que “la actividad cultural” es un mero pretexto por la “gran lata que representa tenerlo en las tardes en casa”. Más tarde, las clases de arte se convertirán en un mero hobby que no habrá representado nada en la vida del niño que crece. ¿Será esta una razón que se ha heredado de generación en generación, por la cual falta público en las actividades culturales de la ciudad? Las artes son más que un oasis en el desierto del ocio.
La disciplina en el arte no solo la debe tener el artista, no solo el profesor que la imparte, no solo el Estado y las instancias culturales que se encargan de volver accesible la cultura; en esta lista falta una institución fundamental en el crecimiento social: “la familia”.
Es de vital importancia que los padres estén sensibilizados sobre la clase a la que asiste el niño (a), en ello va el resultado del crecimiento del individuo.
Cuántas veces le ha preguntado a su hijo (a) si las múltiples actividades que realiza en la semana realmente lo (a) hacen feliz. O cuántas veces se ha preguntado si la clase a la que asiste es conveniente para él o para ella.
Ahora me iré a un extremo –extremoso pero verdadero–. No todas las clases de teatro van a aliviar a su hijo de esquizofrenia, de déficit de atención o de autismo, solo porque el psiquiatra lo recomiende. No funciona así. Es verdad que ayudan mucho, pero no sucederá en cualquier clase, ni con cualquier grupo y mucho menos si no le avisan al maestro la condición de su hijo…eso se llama irresponsabilidad familiar.
La cultura como una de las bases del desarrollo humano y social, debe tener la misma importancia que la salud. Debe ser tomado con la misma seriedad y con el mismo seguimiento de los padres, de otra forma, estamos forjando una sociedad de “niños abandonados” sin identidad ni autoestima, porque han representado un desvío de energía de los padres.
Disculpen pero no…manchen.
También he de mencionar que resulta muy grato ver cómo una niña de cuatro años, estudiante de preballet, ha modificado la rutina alimenticia de su familia, esta pequeña de cuatro añitos ha enseñado a comer sanamente a todos aquellos que se encuentran cerca de ella. Otro caso es el de cómo un niño de 12 años le ha mostrado a su abuela todas las técnicas de pintura por las clases que ha tomado… pero es más fascinante… ver cómo esta abuela puede llegar a cualquier galería de la ciudad y disfrutar de las exposiciones que se ofertan.
Esto sí es un oasis en el desierto de la desesperanza.

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