Recuerdo a nuestra familia, la que fuimos hace tanto. Mi hermano y yo íbamos a cumplir 12 años y de regalo conoceríamos la playa. Hubiera preferido morir antes de ser quien tendría que contar la historia.

Teníamos una descolorida vajilla de melamina decorada con un explorador en la selva. Sentados ante la mesa comíamos un cereal redondo sabor harina endulzada.

–Yo me iba a casar con alguien rico, nuestras vacaciones serían en lugares así –iniciaba mi madre. Mi hermano y yo imaginábamos el viaje al sitio repleto de animales que solo conocíamos por la visita al zoológico; soñamos que, abrazados al lomo de grandes gorilas, trepábamos a las copas de los árboles y la infinitud se alzaba a nuestros pies. Si tan solo nuestro padre hubiera sido ese antiguo novio de mamá… Ensoñados vestíamos ropa color caqui, corríamos cerca de los monos, mi padre explorador tenía la piel bronceada, mi madre un enorme sombrero que a penas dejaba espacio para ver sus facciones alegres (porque en esas fantasías ellas siempre sonreía y la arruga que partía su entrecejo nunca se asomaba siquiera). Revolvíamos el cereal de harina endulzada como si con la cuchara pudiéramos remover también las ramas.

Mamá gustaba de encender velas y colocar imágenes por toda la casa, en ocasiones le pedía a los arcángeles por la cura de un resfrío, en otras quemaba especias y papeles en las velas de colores para que no llegara alto el recibo de la luz. “Con todos hay que estar bien”, decía a manera de explicación, “cuando los rezos no sirven sigue la magia blanca”, pero cuando alguien la hacía enojar profundamente (como la vecina que robó del tendedero las mejores toallas) la única opción era la magia negra (a los pocos días de la discusión, y tras un ritual de humo y cantos, la vecina resbaló y se fracturó la cadera). Mamá tenía pequeños altares en diversos puntos de la casa, en el baño, debajo del trastero, cerca de su mesa de noche. Cada fuerza encontraba su propio lugar, algunos ocultos, otros visibles. Papá le suplicaba que dejara esas cosas, como respuesta ella perdía su mirada en las azoteas de las casas idénticas a la nuestra que se multiplicaban por la zona.

Mi padre caminaba orgulloso rodeando la cintura de mi madre quien apuraba el paso para alejarse de él y sujetarnos a mi hermano y a mí, uno de cada mano, con fuerza. Ella con sus vestidos amplios, tacones como palabras largas caminaba con prisa marcando el tlac tlac.

Ese sábado decidí acompañar a papá al taller mecánico para que revisaran el viejo Camaro que nos llevaría al mar, mamá insistió que me quedara, “en lo que lleva esa chatarra a arreglar, vámonos en serio a nuestras vacaciones”, dijo refiriéndose a nuestros ensueños de la selva. Yo comenzaba a sentirme cansada de las fantasías, no hice caso a su petición.

–Este carro me lo dio tu abuelo, mi padre, cuando estaba estudiando la universidad –dijo papá para sorpresa mía, mi madre siempre había dicho que ese carro era una herencia de sus parientes ricos. Papá nunca hablaba de su familia, no conocíamos a nadie– pero nunca es tarde, también tú tendrás un carro y estudiarás la universidad, verás.

Ese día ocurrió el incendio, lo recuerdo entre espacios nebulosos. No tardamos ni veinte minutos en regresar y con impotencia miramos las llamas que salían de nuestra cocina, papá quiso entrar pero fue inútil. Las horas que tardaron los bomberos en sofocar el fuego también nos abrasaron el alma. Entramos a las habitaciones encharcadas y sucias con vestigios de nuestro hogar. El lugar aún olía a humo y algunas partes de la casa se encontraban con la pintura desquebrajada, en la cocina un plato retorcido de nuestra vajilla. Papá guardó el plato y cerró tras de sí, definitivamente, la puerta de nuestro hogar, desde entonces se volvió un ser sombrío.

El peritaje informó que la causa del incendio había sido desconocida. No encontramos los cuerpos de mi madre y hermano, cuatro años más tarde nos entregaron las actas de defunción como la marca de su paso por la vida.

Nos mudamos, con solo la ropa que llevábamos puesta, a casa de mis abuelos paternos, quienes vivían en un pueblo cercano en un enorme rancho. He tenido una vida tranquila, nostálgica pero tranquila. Mi padre se hizo cargo del próspero negocio familiar y amasó una gran fortuna. Mi madre fue un tema que los abuelos evadían y a mi padre nunca lo molesté con impertinentes preguntas.

Pasaron muchos años hasta que mi padre enfermo me pidió que abriera el cajón donde guardaba su bien preciado, el plato descolorido. Entre un delirio febril me pidió que lo viera con atención, en un principio, solo aprecié los dibujos tenues de la selva fantástica, tardé un rato en descubrir que, acompañando a un explorador encorvado, se encontraba una figura femenina y un hombre muy parecido a mí, pero envejecido. Los tres rostros cansados, miraban con una súplica. Cuando mi padre notó mi sorpresa asintió con su rostro enfermo y descarnado “déjalos ahí”, pudo pronunciar con dificultad, “déjanos ahí”, corrigió.

Los meses siguientes, mientras mi padre agonizaba, noté con sorpresa que los dibujos del plato cambiaban de posiciones, a veces se sentaban sobre el piso, en otras se veía humo entre los árboles, lo que anunciaba un campamento. Busqué liberar a mi madre y hermano de ese lugar, consulté con una hechicera que me tomó por loca; con un sacerdote que me sacó a empellones del templo; con un chamán que habló en una lengua desconocida y se quedó dormido. Fui a mi vieja casa, a esa casa clausurada, donde se mudaron enredaderas y la basura de los años, algunos vagos usaron la sala como su baño particular, la peste del abandono me hizo cubrirme la nariz. Ahí, donde todo había empezado, decidí liberarlos de las aventuras de ensueño, le prendí fuego al plato viejo, la melamina se retorció, los árboles chirriaron, las hojas de la selva se agitaron y los orangutanes gruñeron. Quedó sobre el piso un cumulo de brazas ardientes que son tal vez, los restos mortales de esos tres exploradores, porque mi padre, también desapareció esa noche.

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