Hace 50 años, el 30 de enero de 1969 en el número tres de Saville Row, la calle donde se ubicaba la oficina de la marca discográfica Apple, la población inglesa fue testigo de un concierto original, provocador y memorable de The Beatles; fue la última vez que cantaron en vivo, juntos, su último concierto.

Podemos atestiguar ese momento porque fue filmado y formó parte de su película Let it be, un filme conmovedor porque nos permite espiar la manera en que el grupo estaba cambiando, los momentos en que pese a la magia ya no coincidían, ya estaban agotados de sí mismos, pero a la vez deseaban seguir expresando su sentir a través de sus composiciones.

Inolvidable ese Paul McCartney con su barba pidiendo regresar, la maestría de George Harrison en el bajo y esos pantalones verdes, hoy de moda. El ritmo de la batería de Ringo Starr, cuyo bigote se movía al compás de su tamborileo. El maestro Lennon y ese amado perfil mientras hacía los coros en “Get back”. Todavía veinteañeros, habían transformado completamente su aspecto de “niños buenos” y sus cabellos largos representaban su rebeldía y hasta su hartazgo latente.

Nunca dejo de emocionarme cuando pasan las escenas de la gente que caminaba por las calles y empieza a reconocer los acordes, a voltear para todos lados para tratar de descubrir de dónde viene la voz, su manera de correr, de señalar hacia arriba, sí, The Beatles están tocando cerca. Poco a poco se arremolinan a la entrada de la oficina de la compañía. Poco a poco algunos corren, la voz se corre, todos dejan lo que hacían, caminan de prisa para escuchar y desbordar sus pasiones beatlemaniácas. Al poco rato ya era una multitud la que estaba parada en las calles, deteniendo el tránsito, sonriendo por la gran oportunidad de escuchar a sus ídolos, ellos interpretaron: “Get back”, “Don’t let me now”, “I’ve got a feeling”, “One after 909”, “Dig a pony” y, otra vez, “Get back”.

Los policías, siempre torpes e insensibles; la forma en que suben a buscarlos e intentan detener ese concierto gratuito, genuino, genial. Por eso, solamente duró 40 minutos, lo suficiente para hacerlo inolvidable, para reafirmar la rebeldía, para insistir en que nos dejen ser, sí, tal cual coreaban los cuatro músicos: “Murmura palabras sabias: Déjalo ser”.

Era un día muy frío, tan frío que John y Ringo piden prestados a sus esposas sus abrigos. Para evitar que el viento arruine el sonido colocan medias femeninas en los micrófonos. Antes de bajarse de la azotea, Lennon alcanzó a decir: “Me gustaría dar las gracias en nombre del grupo y de nosotros mismos, y espero que hayamos pasado la audición”.

Tan la aprobaron que a 50 años de ese concierto los seguimos admirando y disfrutando; se copia o se reproduce en diferentes espacios. Ahí están “Los Simpson” recreando la escena en su quinta temporada. Nadie ha escapado a esa sensación de hacer un concierto en la azotea y provocar la sorpresa, el azoro popular, el momento memorable, las voces que no se olvidarán, desde U2 hasta Alejandro Sanz, pero nadie, pero nada como ese 30 de enero de 1969, ese día que Paul, John, Ringo y George firmaron con su música su inmortalidad.

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