Pasó la noche en duermevelas de tiempos superficiales que buscaban la profundidad del subconsciente en los mares abismales del sueño. Sobresaltado y sudoroso, sin atreverse a abrir los ojos. No fuera a quedar atrapado en el anochecer de aquella ciudad, la más abandonada de la Tierra.
Al amanecer, no podía levantarse. El día gris asomaba entre las espesas cortinas que filtraban la luz sucia de un cielo envenenado por millones de tubos de escape y por chimeneas que exhalaban su polinización de humo negro. El chorro a gas de las máquinas subía a las alturas para bajar en forma de lluvia ácida.
Se bañó con el agua helada y marrón que salía de la regadera a presión. Lejos de sentirse limpio y reconfortado por la ducha se halló más sucio y con mayor sensación de malestar en el cuerpo. El secarse con una toalla limpia y mullida le produjo un bienestar que agradeció en su fuero interno.
El despertador seguía sonando en la habitación, se había olvidado de apagarlo. No importaba, la sintonía le agradaba. Se aseó a profundidad, su cita era muy importante para él. ¿Qué aspecto tendría el que había sido su mejor amigo en la universidad?, pero, sobre todo, ¿de qué querría hablarle después de tantos años sin trato?
Las imágenes del día anterior se le presentaron de improviso, volviéndole a causar ansiedad. Su respiración se alteró y empezó a sentir un ahogo procedente de la velocidad con la que intentaba hacer llegar aire a sus pulmones. La tranquilidad le llegó al enjabonarse la cara con el jabón perfumado que usaba para afeitarse.
Se demoró más de lo que solía en vestirse y desayunar sus huevos revueltos con tocino y jugo de naranja, que siempre comía y bebía a las ocho en punto, ni un minuto menos ni un minuto más, con puntualidad kantiana. Aunque ese día ya eran las ocho con 22 minutos y todavía se estaban cociendo los huevos y el tocino. A las ocho con 27 se sentó en la mesa con atraso y malestar.
La cita era a las 10 y el lugar estaba como a una hora, así que comió, contrariamente a su costumbre, con prisa. Le empezó a doler el estómago y la cabeza le ardía. Tomó dos pastillas para aliviarse, pero no lo consiguió. Salió de la casa con precipitación para volver a entrar minutos después. Se le habían olvidado las llaves del auto viejo que poseía.
De camino al carro fumó cuatro cigarrillos, dos más de los que solía. El humo ocultaba su rostro y lo deformaba. Su amigo del pasado no lo reconocería con aquella careta.
El camino se le hizo eterno, había mucho tráfico y fue a vuelta de rueda en varios tramos. Temía llegar tarde y que no le esperaran, pero a las 10 menos cinco estaba aparcando en la cafetería.
Su amigo ya estaba allí. Se saludaron fríamente y se miraron con confusión. No se reconocían, ambos eran máscaras de tiempo perdido y rencor. Empezaron a hablar del pasado con desilusión, del presente con frustración y del futuro con desesperanza.
Ambos indiferentes, ambos incómodos por la presencia del otro: una sombra que alguna vez fue fraternal, pero ya no. Empezaron a mirar al café y al reloj de la pared, rehuyéndose los ojos y sin atreverse a hablar del motivo del encuentro.
“Te cité porque me están asaltando unas voces sin imagen, en la que tú y yo hablábamos de algo, pero no logró establecer el entorno visual de esas voces. Quizá tú puedas decirme dónde estábamos.
“Es curioso –dijo K– a mí me pasa exactamente lo contrario que a ti. Puedo recordar perfectamente las imágenes pero nada de lo que se dijo, y creo que debe ser importante para ambos, pues se nos ha venido al mismo tiempo ese momento.”
“Lo que escucho es lo siguiente: Si la situación lo permite, entonces actuaremos en consecuencia. Si la situación no lo permite, esperaremos lo que sea necesario. Por más que se demore el momento, no lo hará tanto para que no podamos provocar una reacción que detone el cambio esperado. Lo que veo: dos jóvenes hablando con pasión en un salón de la universidad”.
La voz del pasado se había completado, pero todo seguía igual. Se despidieron con alivio. El ruido ensordecedor de la calle no les dejó oír sus últimas palabras.

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