Suspiraba por lo perdido, por algo que creyó tener pero que en realidad nunca tuvo. Se engañaba a sí mismo creyendo en una malograda posesión. El suspiro lo definió.
¿Qué significaba?, ¿qué significaba para él?
Sería demasiado decir que ahí estaba su ser, su yo auténtico o lo que él quisiera que fuera, que tampoco estaba muy claro. Pero, entonces, había algo que lo hacía trascendente.
El sentimiento estaba ahí y se expresaba a través del aire que inhalaba hasta llenar los pulmones y exhalaba hasta vaciarlos. Todo ello muy al borde del paroxismo al que tan propenso era K en esos momentos que otros creían de meditación, aunque solo fuera el resultado de un recuerdo confuso de pérdida.
Ahí estaba el viento caliente saliendo de la boca, el propio que antes había entrado frío dentro del cuerpo que lo había recibido con un pequeño estremecimiento de malestar. Estaba claro el sentido indeterminado del asunto.
Ahora lo recordaba perfectamente, tan diáfano como si lo tuviera delante y le hablara de nuevo con aquella voz semejante a la de Willy, el compañero de mil aventuras de la abeja Maya.
Lo que no lograba oír eran las palabras Por lo tanto, no podía saber si eran importantes o no en el momento de ser dichas o lo serían después. Las referencias exteriores que veía tampoco le servían de mucho: estaba en el aula, en un receso, con varios compañeros que hablaban entre sí. Otros los rodeaban y oían su conversación.
Quizá si encontrara a su interlocutor o alguno de aquéllos otros que habían asistido a la conversación podrían decirle. Pero lo más seguro es que nadie estuviera ya al tanto de palabras tan envejecidas como ellos mismos. Seguramente tampoco debieron ser tan importantes como para que subsistieran en el tiempo.
Entonces, ¿por qué le hacían suspirar?, ¿se referían realmente a una pérdida enorme e irrecuperable acaecida en su vida? Quizá fueran una advertencia de lo que tendría que llegarle, algo destinado a disminuir un dolor insufrible.
Inútil intentar recordar, la memoria se negaba a darle más que imágenes vagas. Poca cosa en verdad, pero suficiente para que se iniciara en K un amago de miedo que precedía a la angustia devastadora que tanto temía.
Intentó tranquilizarse mediante la música clásica que le gustaba. Sonaba un piano que era la remembranza exacta de un mar en calma, con olas que se mecían en la arena con ritmos cadenciosos y cálidos. Los clarinetes hacían alusión a la brisa suave que acariciaba la piel del único bañista que en aquella hora del atardecer refrescaba sus pies en el agua.
Su intranquilidad permaneció y la misma imagen sin voz se repitió una y otra vez en su mente, produciendo el mismo efecto de suspiro, aunque cada vez más prolongado y con un sentimiento de angustia mayor.
Le daba demasiada importancia a conocer las palabras exactas de aquella escena solo visual. ¿Por qué se la daba? No podía explicárselo y, desde luego, sin conocer a qué se referían tampoco podía ir más allá de especulaciones que en nada disminuían su pésimo estado de ánimo.
El teléfono sonó. Se sobresaltó, pero igual lo tomó con la precipitación de quien quiere terminar pronto con una molestia. Era una voz del pasado que lo citaba en una cafetería de la ciudad a la que había dejado de ir hacía más de 30 años, cuando era un joven estudiante de tercero de derecho.
Dijo que acudiría, pero al colgar el teléfono no estaba tan seguro de que lo hiciera. A pesar del tiempo reconoció a su interlocutor. Era el mismo con el que había mantenido la conversación que no podía recordar y que lo tenía ansioso. ¿Qué querría decirle después de tanto tiempo?, ¿tendría relación con aquélla plática?

(Continuará)

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